Estas elecciones son diferentes. Por primera vez las fisuras hacen mella dentro de la candidatura que gobierna en Chile desde las primeras elecciones libres, que no democráticas, si nos ajustamos a los procedimientos electorales binominales. Candidatos y candidaturas con cientos de miles de votos no obtienen representación parlamentaria. El domingo 15 de enero, en segunda vuelta se enfrentarán la médica socialista Michelle Bachelet y el empresario Sebastián Piñera.
Pareciera ser que el guión está dentro de los cánones previstos. La candidata de la Concertación, mantiene una diferencia a su favor que la aúpa al sillón presidencial.
Sin embargo, las distancias se acortan y todos los votos son necesarios. El trasvase de unos o la incorporación de otros puede decantar el resultado. En esta dinámica, el candidato Sebastián Piñera no desagrada ciertos sectores de la democracia cristiana, los mas apegados a las tradiciones doctrinarias e ideológicas anti-comunistas, los mismos que conspiraron contra la Unidad Popular y el gobierno de Salvador Allende. Así, varios de sus dirigentes piden su voto abiertamente, incluso no temen ser expulsados del partido. Ya se han producido varias y entre ellos altos cargos. Incluso se descubren reuniones clandestinas y se hacen saber los vínculos familiares y las viejas relaciones entre los Piñera y la democracia cristiana. Mensajes Asubliminales para un electorado, el demo-cristiano, confundido, cuando no en franca escapada. En esta dinámica, no podemos olvidar que la Concertación, es una coalición fundada para disputar el poder político a la derecha pinochetista.
Unión contra-natura de partidos históricamente enfrentados. La Democracia Cristiana ocupó un lugar privilegiado en la estrategia de acoso y derribo del gobierno constitucional en 1973. Su cúpula dirigente apoyó el golpe militar. El 22 de agosto de 1973, por primera vez en la historia parlamentaria de Chile, sus diputados negaron al Presidente de la República los poderes para decretar el Estado de Sitio facilitando así las maniobras de las fuerzas armadas y los grupos sediciosos que terminan el 11 de septiembre bombardeando La Moneda. Igualmente, aportó funcionarios para la administración de la tiranía. Y no olvidemos que mientras los partidos de izquierda eran declarados ilegales, decomisadas sus propiedades, encarcelados, torturados y asesinados sus militantes, la Democracia Cristiana no sufre persecución, salvo a título personal, nunca como organización.
Hubo de pasar un lustro para que las desavenencias con la tiranía ubicase a la Democracia Cristiana en el campo de los demócratas, factor que modificó el mapa político en la década de los años ochenta. Viejas heridas se aparcan bajo la necesidad de acabar con la tiranía. La campaña del No en 1988 y el referéndum ganador impiden a Pinochet mantenerse en el poder hasta el siglo XXI, y facilitan la creación de una alianza para gobernar. El 14 de octubre de 1988 se da vida a la Concertación de Partidos Políticos por la democracia. En principio, un acuerdo para enfrentar las elecciones de 1989. Patricio Alwyn coordinador del Comando por el No y Demócrata Cristiano fue el candidato. Contará con todos los parabienes, había sido acérrimo enemigo de Allende y un conspirador. Su currículum no merece dudas a las fuerzas armadas ni a Pinochet.
La izquierda , el partido socialista, la socialdemocracia, y la mayoría de quienes vuelven del exilio lavan la cara a la Democracia Cristiana. Las afrentas históricas y su traición al país, se revierte como un servicio en el restablecimiento de las libertades políticas y los derechos humanos. Como partido puede dormir tranquilo desde 1988. Gobernará en compañía de sus victimas, el perdón político se consigue. Pero en estos veinte años han pasado muchas cosas. Pinochet esta casi muerto y sus apoyos políticos se desvanecen. El mapa político cambia. La Democracia Cristiana debe soltar lastre. Hoy se considera perjudicada ante una candidata cuyo partido, el socialista, no representa más del nueve por ciento, mientras ellos constituyen un veinte por ciento y pueden tener vida propia. Su futuro se puede hipotecar.
Una coalición anti-Pinochet no tiene sentido, tras haber dejado atrás a sus representantes en lo político y en lo social. Lavín su máximo exponente pierde peso y Sebastián Piñera, el dirigente de una derecha moderna y sin aquerencia pinochetista llegó incluso a proponer el No en el referéndum, todo un “demócrata”.
Renovación Nacional no es punto de partida para construir un nuevo Chile. Piñera es una derecha con la cual establecer puntos de acuerdo en las formas de gobernar. Una etapa se abre en el medio plazo. Quedarse en la Concertación puede ser una elección nefasta para los intereses de la Democracia Cristiana en el medio y largo plazo. Su espacio político y electoral coincide con el discurso de Piñera en lo económico y en lo político. Su tendencia natural les lleva a considerar una alianza estratégica para refundar su organización y abrir un Chile post-Pinochet donde desaparezca la Concertación y la Democracia Cristiana adquiera todo el protagonismo durante décadas, gobernando sin contrapeso alguno. Ni los partidos de la izquierda, ni la derecha mas recalcitrante, UDI, tendrían opción de gobierno en un escenario de este tipo. Pero antes, la Democracia Cristiana, debe inmolarse y posteriormente resurgir como el ave Fénix de sus cenizas.
