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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: “Foto quemada”

La foto quemada es una técnica por la cual se le eliminan todos sus matices intermedios quedando la imagen solamente en sus negros y blancos. Su utilización en diseño gráfico puede dar un interesante tono estético a un poster o una portada.

Utilizar la misma técnica y presentar todo en blanco y negro en política sin embargo, puede llevar a visiones marcadas por el dogmatismo, la ignorancia y en el peor de los casos, puede tener desastrosas consecuencias.

La incapacidad de ver los tonos grises, ese entramado de matices que siempre se da en toda situación que tenga cierta complejidad, ha sido probablemente uno de los más antiguos problemas que se ha tenido que enfrentar en la toma de decisiones, políticas o de otro tipo. Esta incapacidad para ver los matices a su vez ha tenido consecuencias muchas veces serias.

Cuando un grupo de generales atenienses en el año 406 a. C. victoriosos en una batalla naval, se vieron sin embargo impedidos de rescatar a sus sobrevivientes debido a una feroz tormenta, en una arranque de lo que pudiera llamarse “justicia de patota”, la asamblea ateniense decidió sentenciarlos a muerte a pesar del éxito militar que habían logrado para su ciudad-estado y a pesar de las circunstancias que los forzaron a no cumplir con la estricta regla de rescatar a sus sobrevivientes. Sólo el filósofo Sócrates hizo su defensa, aunque no logró convencer a una asamblea de ciudadanos cautivada por el impulso irracional, vengativo, castigador y – sobre todo – incapaz de ver el contexto, los matices de la situación.

En tiempos medioevales fue el imperio de la Inquisición el que de una plumada suprimía toda posibilidad de ver ese contexto y matices de una situación. En su intento de controlar el modo de pensar de la gente se estaba a favor o en contra de las enseñanzas y doctrina de la Iglesia. ¡Y pobre de los que se consideraba estar en contra!

Aunque pueda parecer increíble, después de siglos todavía estamos debatiéndonos en este simple empeño de ver las cosas de un modo racional, el análisis concreto de la realidad concreta, como decían los viejos maestros de la dialéctica.

No cabe duda que el fascismo en sus diferentes expresiones, llevó a un mayor extremo esa modalidad de imposición de pensamiento en términos de blanco y negro, bueno y malo. Los patriotas contra los cosmopolitas y “extranjerizantes”, se diría en los tiempos de Hitler y Mussolini, el mismo discurso aunque con pequeñas variantes, sería adaptado y repetido ramplonamente por dictadores como Pinochet en Chile o Videla en Argentina. Los que están con nosotros (los buenos) versus los que no (los enemigos a los que hay que hacer desaparecer, literalmente…)

Uno sin embargo se estaría engañando si concluyera que este modo de catalogar y ver las cosas, en blanco y negro, fuera privativo de la derecha y el fascismo. Del lado de la izquierda, esto es de quienes queremos transformar el mundo, también se da este tipo de categorizaciones torpes, producto a mi juicio de esa inhabilidad para ver los matices; el análisis político o social que debería tratar de reflejar los variados tonos de la realidad que se trata de ver y entender (requisito esencial para cualquier intento de cambiarla) queda reducido a una “foto quemada”. Con ello se pierde la riqueza de la realidad que se quiere comprender, se sacan conclusiones apresuradas, impulsivas, no se va más allá de un consignismo fácil y superficial, y en el peor de los casos – cuando gente que así “piensa” y actúa llega a tener posiciones de poder – incluso se puede llegar a ejercer cierta “justicia de patota” como la que sufrieron los generales atenienses a manos de sus conciudadanos de la “democrática” ciudad-estado (recuérdese al dirigente político y poeta salvadoreño Roque Dalton, “ajusticiado” por su propio movimiento; o a los numerosos dirigentes revolucionarios súbitamente “convertidos” en traidores y ajusticiados por la policía de Stalin; o a los intelectuales que por el sólo hecho de serlo pasaron a ser sospechosos a los ojos de Pol Pot y sus ultra revolucionarios del Khmer Rouge).

Por cierto no puede pasarse por alto factores que de algún modo explican, aunque de ninguna manera justifican, ese modo de reaccionar, tan elemental y rudimentario: si uno enfoca el entorno en el cual se mueve la izquierda y la derecha, particularmente cuando uno considera ciertos antecedentes históricos, centrémonos en esto sólo en el caso de la izquierda chilena, es evidente que hay un sentimiento de frustración mucho mayor en la izquierda que en la derecha. Esta última puede refocilarse en lo que pueden llamar el “éxito” del modelo económico que los interpreta, que en primer lugar les ha dado fortuna a la mayor parte de sus integrantes y que se mostró tan durable y resistente que – fuera de introducirle cambios cosméticos que no alteraron su esencia – los veinte años que el gobierno estuvo administrado por sus adversarios políticos no le hicieron mella, al punto que cuando ahora vuelven a sus puestos ministeriales, pueden continuarlo y repetir lo de Fray Luis de León: “como decíamos ayer”.

Claro que hay frustración entre mucha gente de la izquierda, para mi generación por ejemplo, ver nuestros sueños destruidos ese 11 de septiembre de 1973, para otros ciertamente algo mucho más serio en lo personal: la muerte de seres queridos; luego por 17 años el darse contra una suerte de muro representado por la brutal opresión, por la incapacidad de decir lo que uno quería, a veces más básicamente, la imposibilidad de encontrar un trabajo o continuar su educación. Sin duda se ha tratado de 17 años que han sido traumáticos. A lo que se vino a sumar 20 años de gobierno de transición que – y aquí les recuerdo eso de los matices – no fueron ni pueden seriamente ser considerados similares a los años de la dictadura. Decir que el gobierno de Michelle Bachelet y el del ex dictador Pinochet hayan sido la “misma cosa” es simplemente “quemar la foto”, evitar ver los grises que hacen al final la diferencia. (Y aclaro, para los que sólo ven en blanco y negro, que no estoy haciendo aquí una defensa de ese gobierno u otro de la Concertación, simplemente trato de apuntar a que se vean los matices en el análisis). Que la Concertación no fue lo que se esperaba ¿a quién le puede caber duda? Pero partir con una premisa que iguala Concertación y dictadura lleva inexorablemente a un análisis cuyas conclusiones son el aislamiento político o la caída en un tipo de accionar disparatado o derechamente idiota que puede llegar a hacerle un servicio a la derecha. Con las diferencias del caso, cabe hacer notar que también en los tres años de la Unidad Popular hubo quienes querían denunciar al gobierno de Allende por “reformista” y para poner a prueba su tesis de que tal gobierno se comportaría como un gobierno burgués más y reprimiría a los “auténticos revolucionarios” estuvieron dispuestos a montar acciones totalmente desquiciadas. ¿No recuerdan acaso el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic por ese grupo de despistados, pero que se creían iluminados, y que se hacían llamar la Vanguardia Organizada del Pueblo, VOP?

Hay frustración, desengaño y muchos sentimientos de esta índole en la cultura de la izquierda de estos días, a veces ello lleva a un proceso de aceleración mental causado más por deseos que por una consciente comprensión de la realidad. Ello de ninguna manera justifica cambiar el diálogo por la descalificación – sobre todo cuando esta última se hace desde el punto de vista de la ignorancia – ni mucho menos justifica esa obstinación en ver las cosas en blanco y negro.

Señalaba de paso la ignorancia, aunque tal problema daría para un artículo por si solo, es uno de los factores hoy día que lleva a esa visión limitada de la gente que tiende a ver todo en blanco y negro. Por ahora sólo diré que a la idiotización masiva que realizan los medios de comunicación comerciales y al deterioro de la educación general, se debe agregar la casi total carencia de educación política por parte de los sectores de la izquierda. En parte por carencia de medios para ello, pero también porque sus dirigencias probablemente no ven el tema como prioritario.

Esto vale para el análisis concreto de todas las situaciones que hoy enfrentamos, sea puntos de largo alcance como si seremos capaces de construir una alternativa de izquierda válida o si debemos simplemente tratar de refaccionar o reconstruir la Concertación, si debemos poner como punto central en la agenda política el tema de una nueva constitución o no; hasta las pequeñas cosas de este aburrido mundo cotidiano: si vale la pena dedicarse a discutir la Teletón o lo que ocurre en la ANFP, si al gobierno de Piñera hay que enfrentarlo levantando políticas alternativas viables e inteligentes capaces de ser entendidas por la gente o si nos debemos dedicar a la pequeña política de zancadillas insustanciales como negarle presupuesto a una ministra que les cae mal a nuestros parlamentarios o por pánico atacar la imagen de un ministro que súbitamente se ha hecho popular y que igual puede dejar de serlo sin que tengamos que hacer nada para ello. En fin, muchas situaciones concretas en la gran y pequeña política que aguardan un debate sustancial, sostenido por buenas premisas y argumentos, pero sobre todo, un debate en que se pueda ver claramente que la realidad está muy lejos de la foto quemada. Sin duda cualesquiera sean mis lectores, podrán discrepar de muchas cosas que haya escrito aquí. Al fin de cuentas siempre se trata de perspectivas diferentes y por lo tanto debatibles. Lo que por cierto nadie puede negar, a riesgo de estrellarse contra un muro, es que la realidad – cualquiera ella sea  – no puede reflejarse ni mucho menos entenderse sólo en blanco y negro.