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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: Caridad, solidaridad y otras palabrejas terminadas en “dad”

Las habitualmente sosegadas aguas de la colonia de exiliados chilenos en Montreal se han visto súbitamente agitadas por el anuncio hecho por la Asociación de Chilenos de esta localidad de colaborar desde acá con la Teletón que se celebra en Chile. Me imagino que en otras localidades del mundo donde se realizan similares adhesiones a ese evento, habrá habido también en más de alguna ocasión algún encendido debate sobre el tema.

Por último – más de alguno dirá – a los chilenos del exterior les gusta tener algo de qué hablar y, sobre todo, de qué pelearse.

No es un misterio para nadie que la Teletón, esa megaproducción artística y mediática presidida por Mario Kreutzberger, Don Francisco, cuyo objetivo es recaudar fondos para el tratamiento de niños con diversas discapacidades físicas, ha suscitado desde sus inicios algunas opiniones encontradas. En general sin embargo, si se hace una encuesta de opinión pública la verdad es que la inmensa mayoría de la gente en Chile expresaría una opinión favorable, tanto respecto del evento mismo como de su creador, Don Francisco, un hombre mediático por excelencia y que – gústele a uno o no – ha logrado crearse una imagen de personaje situado por encima de las diferencias de todo tipo que pueda tener la población.

Las objeciones que se lanzan apuntan a varios aspectos de la Teletón, aunque la de mayor peso en términos de principio político, se refiere al hecho que, aunque se trate de un evento que habla de “solidaridad” y que está rodeado de un ambiente festivo, en última instancia apelaría a un sentimiento que a muchos les causa cierto rechazo: la caridad. Se argumenta por parte de algunos críticos que la responsabilidad por todas las personas que sufran de discapacidades físicas debería recaer en manos del Estado, que esas personas como ciudadanos, tienen el derecho a que sus necesidades sean cubiertas de modo adecuado sin que se tenga que recurrir a campañas que para “sensibilizar” a los potenciales donantes en más de una ocasión cruzarían la línea de lo aceptable, para caer en una cierta “explotación” de los beneficiarios.

A esta objeción los defensores de la Teletón siempre han replicado con un argumento también muy cierto y contundente: el Estado o sus agencias no lo han hecho, no tienen los recursos para hacerlo, y además el tema de los discapacitados no es uno que tenga prioridad política. Por último el Estado ha descuidado tantas de sus funciones sociales, como la educación o la misma salud, que a nadie haría daño que una iniciativa básicamente privada asuma esa tarea de tratar y rehabilitar a los niños que adolecen de discapacidades.

La caridad,  muy mal vista en estos tiempos de hoy porque implica una actitud de condescendencia hacia los que la reciben, fue sin embargo por siglos el mecanismo ideológico por el cual se levantaron hospitales, dispensarios y otros centros dedicados a la atención de enfermos o discapacitados. Esa actitud de dar a aquellos en necesidad, fue fuertemente reforzado en las concepciones doctrinales de las tres religiones monoteístas: el judaísmo, donde la idea de ayudar a aquellos que lo necesitaban pronto se hizo un deber comunitario (y hasta ahora, incluso entre gente que tiene prejuicios contra el pueblo judío, se resalta como una de sus virtudes el hecho “que se ayudan entre ellos”), el cristianismo, donde la caridad alcanzó un mayor grado de institucionalidad creándose entidades específicas para su práctica (órdenes religiosas dedicadas por ejemplo al cuidado de enfermos en hospitales erigidos también por acción caritativa), y por cierto en el islam, donde la caridad es uno de sus cinco pilares.

Al revés de la caridad, los sectores progresistas y de izquierda desde temprano repudiaron las formas caritativas y en su lugar levantaron la bandera de la “solidaridad”. Mientras la caridad consistiría en dar (dinero, bienes tangibles, servicios o tiempo), la solidaridad sería más el “hacer algo”, desde plantarse en frente de un recinto con pancartas y lienzos haciendo pública alguna demanda propia o de algún otro individuo o movimiento con el cual se solidariza, hasta arriesgarse a ser golpeado o detenido en alguna manifestación pública en apoyo a algún grupo o individuos.

Aparentemente no habría como confundir ambas acciones, excepto que crecientemente en situaciones donde lo que se pide es caridad, se utiliza más bien el término “solidaridad” precisamente porque suena menos diminutivo respecto de quien recibe la ayuda.

El tema es complejo y no es fácil asumirlo desde una sola perspectiva. En los hechos artistas comprometidos con ideas de izquierda como Inti Illimani, Los Jaivas o Angel Parra, sólo para nombrar a los que vienen a mi memoria en este instante, han participado en una u otra edición del tradicional evento recolector de fondos. En otras palabras, no nos debemos poner aquí demasiado puntillosos ni mucho menos caer en una suerte de purismo a título de algo que no justifica tales posturas tan principistas.

Por cierto en algunos círculos de la izquierda en la diáspora chilena, la idea de colaborar con una iniciativa que presenta un formato tan cargado hacia lo espectacular y hasta lo farandulero – independientemente de la causa de fondo – es vista con cierto rechazo y en algunos casos con abierta repulsión. La figura misma de Don Francisco, con las características con las que él se presenta y que ya señalaba antes, en esos sectores exacerba el rechazo al evento.

Respecto de este último no cabe duda que debe haber mucho que decir, pero es curioso que  nadie haya escrito aun – que yo sepa al menos – una biografía del personaje. Quienes lo critican generalmente lo hacen por medios informales, en los medios de comunicación comerciales incluso nadie se atreve a atacarlo. Nunca he leído allí críticas al personaje, aunque algunos detractores le buscan “yayitas”. Una foto junto a Pinochet por ejemplo se ha hecho circular para hacerlo aparecer como afín al dictador. En un estricto sentido sin embargo, Don Francisco se ha fotografiado con todos los que han ocupado la presidencia del país desde el inicio de la Teletón, aunque en el caso de Pinochet éste lo haya hecho ilegítimamente. Vaya en descargo de Don Francisco sin embargo, el  testimonio de quien fuera director de Clarín hasta el momento del golpe, Alberto Gamboa, quien detenido y en rumbo hacia el campo de concentración de Chacabuco, se cruzó casualmente con una caravana de vehículos de un show de Don Francisco y éste logró hacer detener el convoy militar para darle algunos alimentos y bebidas al periodista. Es también sabido que utilizó sin duda su influencia para proteger a gente como Valentín Trujillo, un comunista, así como me consta, mantuvo en sus trabajos al menos a otro comunista que se desempeñaba como periodista en el equipo de Sábados Gigantes.

No intento aquí hacer una apología de un personaje que no conozco más allá de su imagen televisiva, se trata en definitiva de alguien a quien hay que ver en su contexto como comunicador social, que para lograr sus objetivos ha tenido que sin duda hacer concesiones, pero que por otro lado – nos guste o no – ha sabido manejarse con la suficiente habilidad como para maniobrar por aguas tormentosas sin haber perdido su rumbo y un alto grado de independencia, cosas no fáciles en un ambiente altamente complejo, lleno de chaqueteos y donde cualquier error a alguien lo puede hundir.

Al final, sin embargo, pareciera que este es uno de esos casos en que los chilenos del exterior tratan de encontrar algún motivo para pelearse, motivo que en buenas cuentas es irrelevante. Personalmente, en todos estos años he prestado poca atención a la Teletón, aunque mi mujer sí hace todos los años su contribución y sigue las alternativas del evento por la señal internacional de Televisión Nacional. Mi aparente indiferencia no se basa en motivos políticos sino simplemente en las limitaciones propias que se traducen en lo que Kant llamaba los deberes perfectos y los deberes imperfectos. Los primeros, aquellos que uno debe hacer siempre y en toda circunstancias, el filósofo prusiano apuntaba como ejemplo el de decir la verdad; ayudar a los demás en cambio, se sitúa entre los deberes imperfectos, esto es aquellos que por más que uno quisiera no puede hacerlos todo el tiempo y en toda circunstancia. Ayudar a los demás, si por tal se entiende ayudar económicamente o si se entiende simplemente escuchar o aconsejar a otros, es algo que uno no puede hacer siempre pues le faltarían recursos o tiempo para ello.

De paso, la fórmula kantiana de deberes perfectos e imperfectos es igualmente aplicable a las causas políticas en las que uno se embarca, obviamente uno no puede abrazarlas todas, por lo tanto elige aquellas que más le interesan o pueden tener una mayor urgencia. Y ciertamente embarcarse en una denuncia de los supuestos males o rechazos políticos que la Teletón pudiera merecer no entra para nada en mi radar de prioridades. Tampoco, debo admitirlo, entra hacer su defensa. De hecho, y nada más que porque el evento provoca alguna polémica en las ciudades del exterior donde sectores de la comunidad chilena deciden montar cierto apoyo, es que he pensado que merecía una cierta atención. En mi opinión tampoco este debería ser un tema de mayor debate político entre la comunidad exterior, más bien dicho, si es que para algunos lo es, es simplemente porque no tienen algo más urgente o importante de qué ocuparse. La Teletón vendrá y pasará, aparentemente este año los organizadores han hecho un mayor esfuerzo por involucrar a las comunidades del exterior y en ese sentido es que Montreal por primera vez participa de modo orgánico. Me imagino que los chilenos en otras ciudades del mundo también se hallan haciendo esto por primera vez. Cada cual es por cierto libre de sumarse o no a las actividades que se hagan en la ciudad con ese motivo y mi mensaje es que no vale más la pena darle vueltas a si se hizo lo correcto o no con participar.

Pero aquellos que crean que el tema vale la pena un debate más acalorado, les sugiero tomarse algún trago frío y dejar hacer a los que quieren embarcarse en lo que podría verse como un poco de “caridad” (término pasado de moda) o verse como un poco de “solidaridad” (término un poco más aggiornado); al final a nadie le hace mal ninguna de las dos, ambas por lo demás finalizando en la sílaba “dad” que casualmente coincide con la muy pasada de moda segunda persona plural imperativa del verbo dar (“dad vosotros”).  En más y más, caridad y solidaridad se confunden en esto de dar, lo que volviendo a Kant, es de todos modos un deber imperfecto. Y cada uno de nosotros puede elegir dar o no dar, como también dedicarle o no mucha atención al tema. Lo que es yo, esta es la última frase que gasto en él.