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Agosto 18, 2026

Las cuentas claras…

Es demasiado pronto para sacar cuentas con relación al desastre causado por el pánico financiero que no acaba de terminar. Y que no concluirá antes de que comience el próximo. En eso al menos están de acuerdo todos los “expertos”. Pánico financiero que desató una crisis económica que se tradujo en una crisis social sin precedentes, provocando un cataclismo político de proporciones.

La democracia retrocede incluso en los países avanzados, el perímetro de los derechos ciudadanos se reduce como piel de chagrín (Balzac), las estructuras y organizaciones políticas no representan sino la nostalgia de lo que fueron, renacen ideas y grupos que creíamos hundidos para siempre con la derrota del fascismo y el nazismo. El capitalismo demuestra en China, -y en Chile-, que la servidumbre política y el autoritarismo son su mejor caldo de cultivo.
 
Los espíritus “más osados” no atinan sino a soñar con humanizar el capitalismo depredador de la Tierra y del Hombre. Los más lúcidos se interrogan a propósito de saber cómo sobrepasar este modo de producción, de explotación y de destrucción, que no debiese ser sino un instante en el devenir histórico de la humanidad. Los más pesimistas nos recuerdan, -con Claude Lévi-Strauss-, que este planeta nació sin el Hombre y que muy probablemente terminará sin él. El Hombre no ha domado la Naturaleza: la destruye de manera incesante e implacable. Bernard Maris y Gilles Dostaler, inspirándose en Freud y en Keynes, hablan de pulsión de muerte.
 
Mientras tanto, algunos aprovechan y celebran el resultado de este juego de masacre. Los Nerones modernos  miran el incendio con orgullo y satisfacción, el ojo clavado en los índices de rentabilidad. Los contadores y los economistas llevan las cuentas en la uña. Y vale la pena echarle una mirada a las cuentas. Un banco, el Crédit Suisse, nos dice que la riqueza que poseen los 4 mil 400 millones de adultos que pueblan el planeta ha crecido en un 72% en los últimos diez años (2000-2010). Gracias a sus ábacos, calculadoras y ordenadores, el Crédit Suisse estima el total de la riqueza acumulada en 195 billones de dólares. Mejor aún, la presciencia de estos banqueros les lleva a anunciar que de aquí al 2015, o sea dentro de cinco años, esa riqueza habrá crecido en un 61% (admiremos la precisión) para elevarse a un total de U$ 315 billones.
 
Simple detalle, el 70% de la población adulta, -más de 3 mil millones de seres humanos-, dispone de menos de 10 mil dólares de patrimonio, o sea un modesto 4,2% del total. En el otro extremo, el 0,5% de la población, -un puñado de privilegiados-, concentra el 36% de la riqueza: 70 billones de dólares, casi dos veces el PIB planetario.
 
El Crédit Suisse no precisa que unos mil millones de individuos sufren de hambre crónica. Ni recuerda que el Bureau Internacional de Trabajo (BIT), -cuyo presidente es el chileno Juan Somavía-, calcula que la crisis actual hará pasar el número de desempleados en el mundo de 190 a más de 210 millones. El mismo BIT estima que la cantidad de trabajadores pobres, que ganan menos de un dólar al día (490 pesos), aumentará en 40 millones, y que el número de “afortunados” que ganan menos de dos dólares diarios (980 pesos) se incrementará en 100 millones.
 
La lista de los países más ricos no sorprende: 1° los EEUU, 2° Japón, 3° China, 4° Francia. Ahora, si ordenas la lista tomando en cuenta la riqueza media por adulto: 1° Suiza, 2° Noruega, 3° Australia, 4° Singapur, 5° Francia. Los EEUU llegan séptimos. 
 
Chile sigue ganando de atrás para adelante: figuramos entre los países con la peor distribución de la riqueza en el mundo. No por nada el 20% más afortunado de la población concentra casi el 70% de la riqueza producida con el esfuerzo de todos. Y el 20% más pobre se conforma con el 3%. En eso somos líderes. Un record permanente. Como decía: Las cuentas claras…