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En un episodio de “Fawlty Towers”, una teleserie cómica inglesa dirigida por John Cleese, integrante de la troupe Monty Python, el propietario de un hotelito (el mismo Cleese) recibe a un grupo de turistas alemanes; a cada rato, queriendo y no queriendo, obsesivamente vuelve a mencionar la segunda guerra mundial y hacer referencias toscas a los nazis.
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– ¿Ya dejará Usted? ¡Nosotros no empezamos todo esto!
– ¡Sí que empezaron! –responde el hotelero- ¡Ustedes invadieron Polonia!
En 2004, en un debate entre candidatos a la presidencia, el pretendiente demócrata John Kerry criticó a George W. Bush por su incapacidad de juntar una amplia coalición antes de la invasión a Irak, señalando que sólo Gran Bretaña y Australia se habían sumado a los EU. El Bush Jr. le contestó:
– ¡Usted se ha olvidado de Polonia!
El reproche del presidente teóricamente fue el correcto (como lo fue el reproche del hotelero inglés). Polonia fue efectivamente el cuarto país en formar parte de la ‘coalición’ que invadió Irak en 2003 (y la invasión alemana a Polonia empezó la segunda guerra mundial). Pero dada la insignificancia de la misma y el hecho de que George W. Bush hablaba de un grupo de más de 40 (y no cuatro) países, su argumento resultó no sólo débil, sino cómico.
De inmediato los detractores de Bush blandieron la frase „You forgot Poland!” como un latiguillo para burlarse de toda su política.
Sin embargo la participación de Polonia en las guerras imperiales de los EU no tiene nada de cómico.
En Afganistán, donde a manos de las tropas de la OTAN cada día mueren víctimas inocentes, soldados polacos anotaron su cuota de muertos: en 2007 en el poblado Nangar Khel masacraron a ocho personas, entre ellos a tres niños, sabiendo que eran civiles. Tras las recientes revelaciones de WikiLeaks, se sabe que no ha sido la única vez.
En Irak, dónde el saldo de la recién “concluida” ocupación acendió a más de un millón de víctimas, un polaco fue la mano derecha del ‘administrador neocolonial’ Paul Bremer y Polonia estuvo a cargo de una de las cuatro zonas de ocupación (las tropas polacas se retiraron ya en 2008).
Polonia ha sido también parte de la red de prisiones illegales, dónde los vuelos secretos de la CIA transportaron entre 2002 y 2003 a unos 20 “talibanes”. Algunos de ellos permanecieron allí hasta 2005, donde probablemente sufrieron tortura sistemática, tanto por los agentes estadounidenses como por los polacos.
Pero en vez de pensar en estas víctimas, preferimos seguir llorando las nuestras. En un país con la historia y geopolítica como nuestras, las hay muchas.
Basta mencionar la invasión alemana del 1 de septiembre de 1939 y la soviética dieciséis días después, que desencadenaron las masacres del pueblo polaco, cómo la de Katyń dónde los rusos en 1940 ejecutaron a más de 20 mil oficiales del ejército, o la del Alzamiento de Varsovia en 1944, con más de 150 mil víctimas civiles a manos de Hitler (y ante la indiferencia de Stalin). O luego las represiones estalinistas detrás de la Cortina de Hierro.
El problema no es si guardar o no la memoria de aquellos muertos, sino cómo usarla.
Hoy en día desgraciadamente ésta sirve sobre todo para alimentar el aberrante fundamentalismo católico y la post-política.
No es casualidad que ambos fenómenos hayan explotado con desgarrador impacto tras la catástrofe del avión con la delegación presidencial que en abril pasado se dirigía – ¡sic! – a conmemorar a las víctimas de Katyń, hecho que subió más mártires al altar nacional, bajó aún más la política al nivel de los ataúdes y selló otra vez la división de la escena política entre fuerzas liberales-conservadores y conservadores-liberales.
Pero lo más preocupante es que esta memoria sirve para ocultar la responsabilidad por los crímenes que cometimos nosotros los polacos.
A la vez que autoridades y medios celebran sin parar a los caídos del Alzamiento de Varsovia, o saturan el imaginario colectivo con la narración al estilo de la película “Katyń” de Andrzej Wajda (una obra necesaria, ya que en la época del ‘socialismo real’ no se pudo hablar de esto, pero insoportablemente martirológica), también guardan silencio sobre nuestro papel en la “guerra al terrorismo”.
El resultado es que en Polonia nunca ha habido ningún debate al respeto, la gente queda indiferente y los políticos que lo permiteron, quedan impunes.
Cómo un histérico hotelero inglés, todos obsesivamente repiten “¡Stalin, Stalin!” (las víctimas del comunismo tienen primacia en el actual órden ideológico por encima de las del nazismo), pero nadie quiere asumir una complicidad delictiva en las guerras de Bush.
El terrible Jano polaco tiene una cara de víctima y otra de verdugo.
Bien escribió el director de la edición polaca de Le Monde Diplomatique (uno de los pocos medios críticos), tratando de explicar aquel vacío: sólo gracias a la profundamente arraigada „cultura de víctima”, es posible la no perturbada “práctica de verdugo”. Es justamente la propia victimización que permite a los polacos mantener limpia la consciencia.
¿¡Que es, después de todo, Nangar Khel en comparación con Katyń?! – pensará un polaco común.
Sin embargo a nuestro mantra…
– ¡Nosotros no hicimos nada! ¡A nosotros siempre nos invadían y nos masacraban!
…el mundo tiene el derecho a reprochar:
– ¡Sí que hicieron! ¡Ustedes invadieron a Afganistán, Irak, mataban y torturaban a la gente, y lo peor es que (casi) se olvidaron de esto!
