Ni que fuera moda. El que no se sube al carro no es chileno. La idea es celebrar y olvidar las penas. El año desgraciado, los embates de la naturaleza. El sufrimiento de nuestros hermanos en el sur. Un vaso, una tonada, un Viva Chile y parece que estamos… En fechas como esta donde surge el espíritu homogenizador. Y lejos de criticarlo, algunos lo agradecemos. Nos demuestra que somos iguales. |
Poco importa el estrato, los cartones pegados en la muralla. Lo que paguemos en impuesto o lo que nos falte a fin de mes. El buen chileno tiene rasgos asimilados en mucho más que 200 años. Es comedido pero también cómodo. Es patriota pero copia todo de afuera. Es apasionado pero vive alimentando bipolaridades sociales. Como buena colonia mestiza, somos una eterna contradicción.
El buen chileno baila cueca sólo en septiembre. Y si tocan más de dos ya se sienta a esperar las cumbias. El buen chileno compra en picadas y a crédito. Pero siempre tendrá plata o estatus para presumir. Un buen chileno ama su patria como nadie. Aunque no la conozca y acumule millas turísticas en arrancarse al extranjero.
Ser buen chileno es comerse los cachos de las empanadas, escuchar música foránea en variedad, curarse con dos terremotos y tener buen sexo sólo en el discurso. Ser buen chileno es odiar a los regimenes militares sectarios y paralelamente discriminar mapuches y peruanos. Es criticar a la iglesia, poner en entredicho a Dios y escudarse en la fe cuando las cosas no resultan. Cuando hay miedo o incertidumbre…
El buen chileno sabe la vida de famosos en la tele pero no conoce la realidad del mundo. Quien se precie de ser chileno ama el campo y la tierra pero ni se inmuta con el descalabro ambiental. Es fanático del fútbol pero no va al estadio y siempre está pidiendo que los echen a todos. Reclama contra la sociedad pero hace demasiado poco por mejorarla…
Sólo un buen chileno es tan solidario si de entregar míseras monedas caritativas se trata. Aunque poco concientiza o repara en mejorar la pobreza del prójimo. El buen chileno es open mind mientras no hablen de su hermana o su mamá. Siempre tienta a la suerte y a la aventura. Se escuda en el sabor de la improvisación para esconder su desprolijidad sempiterna.
No encontrarás un chileno de tomo y lomo sin argumentos. Lo que no sabe lo inventa. La creatividad es su herencia, la picardía es sustento. El buen chileno es enfervorizado pero evita la refriega. Se mueve cómodo en el cinismo, el machismo y el doble estándar. “Maten a todos esos energúmenos que golpean mujeres” dirá enajenado viendo noticias en un cuarto de motel con la amante al lado…
Al buen chileno no lo vamos a cambiar porque su marca registrada es indeleble. Eso somos, así nos crían. Con ese entorno evolucionamos y formateamos la vida. Echamos raíces y morimos con la mitad de los sueños al debe. Con el conformismo amarrado en el nudo de la corbata fúnebre.
Asumirnos es sano, sobretodo a 200 años del primer comidillo. Si hoy tenemos concertación o alianza en el proscenio es porque desde aquellos días de fragüe independiente ya existía una rebelde adicción al chanchullo colectivo… Lo heredamos. Pasó en los albores, en los quiebres democráticos, en los procesos de sanación y apertura de nuestra pacata sociedad.
Disfrutemos el legado, muchachos. Manejemos alcoholizados, tiremos la casa por la ventana y sintámonos buenos chilenos como nunca. O como siempre cuando nos conviene. Es lo que mejor hacemos. Que viva la patria y sus negaciones. Mal que mal, es el lugar donde nos tocó vivir. ¡Salud conciudadanos!
El buen chileno baila cueca sólo en septiembre. Y si tocan más de dos ya se sienta a esperar las cumbias. El buen chileno compra en picadas y a crédito. Pero siempre tendrá plata o estatus para presumir. Un buen chileno ama su patria como nadie. Aunque no la conozca y acumule millas turísticas en arrancarse al extranjero.
Ser buen chileno es comerse los cachos de las empanadas, escuchar música foránea en variedad, curarse con dos terremotos y tener buen sexo sólo en el discurso. Ser buen chileno es odiar a los regimenes militares sectarios y paralelamente discriminar mapuches y peruanos. Es criticar a la iglesia, poner en entredicho a Dios y escudarse en la fe cuando las cosas no resultan. Cuando hay miedo o incertidumbre…
El buen chileno sabe la vida de famosos en la tele pero no conoce la realidad del mundo. Quien se precie de ser chileno ama el campo y la tierra pero ni se inmuta con el descalabro ambiental. Es fanático del fútbol pero no va al estadio y siempre está pidiendo que los echen a todos. Reclama contra la sociedad pero hace demasiado poco por mejorarla…
Sólo un buen chileno es tan solidario si de entregar míseras monedas caritativas se trata. Aunque poco concientiza o repara en mejorar la pobreza del prójimo. El buen chileno es open mind mientras no hablen de su hermana o su mamá. Siempre tienta a la suerte y a la aventura. Se escuda en el sabor de la improvisación para esconder su desprolijidad sempiterna.
No encontrarás un chileno de tomo y lomo sin argumentos. Lo que no sabe lo inventa. La creatividad es su herencia, la picardía es sustento. El buen chileno es enfervorizado pero evita la refriega. Se mueve cómodo en el cinismo, el machismo y el doble estándar. “Maten a todos esos energúmenos que golpean mujeres” dirá enajenado viendo noticias en un cuarto de motel con la amante al lado…
Al buen chileno no lo vamos a cambiar porque su marca registrada es indeleble. Eso somos, así nos crían. Con ese entorno evolucionamos y formateamos la vida. Echamos raíces y morimos con la mitad de los sueños al debe. Con el conformismo amarrado en el nudo de la corbata fúnebre.
Asumirnos es sano, sobretodo a 200 años del primer comidillo. Si hoy tenemos concertación o alianza en el proscenio es porque desde aquellos días de fragüe independiente ya existía una rebelde adicción al chanchullo colectivo… Lo heredamos. Pasó en los albores, en los quiebres democráticos, en los procesos de sanación y apertura de nuestra pacata sociedad.
Disfrutemos el legado, muchachos. Manejemos alcoholizados, tiremos la casa por la ventana y sintámonos buenos chilenos como nunca. O como siempre cuando nos conviene. Es lo que mejor hacemos. Que viva la patria y sus negaciones. Mal que mal, es el lugar donde nos tocó vivir. ¡Salud conciudadanos!

Ni que fuera moda. El que no se sube al carro no es chileno. La idea es celebrar y olvidar las penas. El año desgraciado, los embates de la naturaleza. El sufrimiento de nuestros hermanos en el sur. Un vaso, una tonada, un Viva Chile y parece que estamos… En fechas como esta donde surge el espíritu homogenizador. Y lejos de criticarlo, algunos lo agradecemos. Nos demuestra que somos iguales.