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Agosto 18, 2026

El fusil

 Por primera vez tengo un fusil en mis manos. La culata, siguiendo algunas escrituras realizadas con un cuchillo (no se entiende mucho) me hacen entender que con él ya se ha matado gente. Camino por el dormitorio de mi abuela y me detengo frente a un espejo antiguo. Me veo de cuerpo entero con el fusil en mis hombros. Me vi bien y pensé: con este fusil mataré al general.

Ha llegado el jefe de nuestro comando. Hace frío pero el zumbido de nuestros latidos del corazón nos hace sentir como si fuera el calor de una estufa que nos acalora. Tenemos reunión para matar a Pinochet. El jefe es duro, seguro de él mismo, se tiene la impresión que podríamos salir de caza y no librar a Chile. La pieza de mi abuela, en la cual hemos decidido matar al general, huele a sangre vieja, pero hacemos cuenta de nada. La puerta del ropero se abre sola. Un gemido del pasado llena nuestros oídos. Cae la ropa vieja como el agua de una cascada. Un esqueleto de gato muerto se rompe al tocar el piso de piedras. El gato de mi abuela muerta. Siempre pensé que los gatos mueren en los techos pero nunca en un ropero. Ahora veo que su cabeza y sus ojos siguen intactos. El jefe se tapa las narices. Veo que vomita. Veo que se ahoga con sus vómitos, veo que se muerde la lengua, veo que sus ojos se agrandan y cambian de color. Veo su mirada desorbitada, ansiosa de vivir y no de morir. Creí que un jefe no vomita. Veo que me pide ayuda. Mi abuela lo dejaría vomitar. Los muertos aparecen porque ella está sentada al lado de su gato. Viste de luto porque es semana santa. Lleva en su cabeza un velo negro y un rosario de perlas negras cuelga de sus manos. Como hoy es día de reunión me niego ir a misa. El jefe se ahoga con sus vómitos. Tengo la impresión que desea decirme algo. Mi abuelo aparece sentado en la cama y con sus pies sobre su ataúd. Ahora discute con mi abuela. “testarudo”, le dice ella. Mi abuelo me ordena que pase bala y que ponga la punta del cañón en la sien del jefe. Sólo entonces me doy cuenta de que mi abuelo fue un general del ejército. No sé por qué ha vuelto. Nunca había llegado hasta aquí y creí que los muertos, cuando mueren, muertos quedan. Sólo ahora, después que mi abuela me dijo “esta tarde no tendrás reunión” sentí tristeza porque me lo dijo enojada; y la vi tocar el fusil con sus dedos largos de muerta rebelde; y caminó hacia mi abuelo.

Nunca había visto a dos espíritus darse un beso en la boca. Alguien me dijo que los muertos aman. Mi abuelo y mi abuela no parecían muertos. Hablaban como los vivos, hablaban de sus antepasados, de la historia del fusil que fue de sus abuelos de los abuelos. Me dijo que el fusil se usó en el 1918. Creí entonces que matar a Pinochet era como volver a la Independencia de Chile.

El jefe seguía vomitando. Sus vómitos golpearon el olfato de mis abuelos y sentí olor a cebollas podridas, como el de una rata muerta entre una pila de cebollas viejas. La abuela me tomó una mano me la besó. Sólo después de un momento empecé a pensar en su significado. Vi a mi abuelo abrir la ventana de la casa, y lo vi saludando a los vecinos. Volví mis ojos a donde vomitaba el jefe y entonces vi que yacía en el ataúd del abuelo. Su rostro estaba oscuro, su cuerpo tieso. Entonces cerré la tapa y vi a mi abuela que rezaba en nombre del jefe. Con mi confusión encendí la radio y alrededor del ataúd me vi bailar con mi abuela. El abuelo aplaudía e incitaba a que bailaramos con ansias. “Baila como hombre” gritó mi abuelo. Entonces sentí que me mojaba mis pantalones, volví a mirar al jefe y no encontré su cuerpo. Miré una y mil veces y recordé que mi abuela me había dicho que uno con la mente puede hacer desaparecer tantas cosas. Entonces me volví a mear.
“No confundas tu mente sino a tu jefe no lo verás más”, me dijo la abuela. Y cuando volví a mirar el ataúd, ya lo vi como antes, muerto y con sus ojos desorbitados. Desde entonces, por mucho que me niegue a mirarlo, siento responsabilidad por su muerte. Y aunque haga todo lo imposible no mirar el cuerpo, la abuela me gira la cabeza.

No sé por qué los jefes mueren tan mal. En su funeral estamos solo nosotros tres. El abuelo propone enterrar al jefe en el patio de la casa envueltos en sabanas llenas de cal. Si mi madre no se hubiese separado de mi padre, ella se abría opuesto al entierro de un desconocido en nuestro jardín. No entendí la separación. Yo me quedé con mi padre y mis abuelos. Mi madre se volvió a casar. Mi padre se fue al exilio. Cuando se despidió me dejó el fusil. Mi abuelo propone de hacer el hoyo en el jardín y enterrar al jefe.

La abuela toca el cuerpo del recién fallecido y dice que está duro como una piedra. El jefe lleva zapatos caros. En su bolsillo tienes sus tres mil dólares. Mi abuela le saca el dinero, un reloj, omega, y una pulsera de oro. “Así se irá más cómodo al infierno” le dice a mi abuelo. Ahora se ponen a pelear, no por causa del jefe sino por haber dejado morir el gato encerrado en el ropero. Discuten por todo hasta por el ataúd. “Yo no presto mi cajón a un bastardo” grita mi abuelo. Discuten como dos cabros chicos. Mi abuelo pide la separación. Mi abuela llora. Yo también lloro. Miro a mi abuelo, sólo entonces me doy cuenta que me pide que lo rete por eso de la separación. Lo obligo a pedir disculpas a mi abuela y que bailen un bolero en señal de paz. Bailan y se dan un beso en la frente. Busco mirar al jefe, él, por primera vez ha muerto. Veo que viene un hombre a la puerta de la casa. Es el cartero. Trae una carta de mi padre. Mis abuelos gritan de felicidad. El cartero, dice mi abuelo, es un muerto de la fosa común. Siempre he pensado que los carteros saben caminar todo el santo día pero no ven lo vivo de las cartas. “Este es mi última carta del día” me dice. Son algo de las siete de la tarde. El cartero anda borracho, me pide unos pesos para tomarse una caña, Le recuerdo que el alcohol mata. La abuela aplaude, está feliz.
El jefe, pienso, el jefe ha muerto.

No debíamos matar al jefe. Nuestro nieto no olvidará este trauma. A mi misma, a mi edad, me molesta, matar gente. Podríamos explicarle todo a nuestro nieto. Debo decirle que todo el plan de matar el tirano era una trampa de la junta para justificar sus ejecuciones. Podríamos volver atrás, Podríamos llevarnos al nieto al exilio. Quizás es demasiado tarde. El jefe se pudrirá dentro del ataúd, eso le servirá de lección por andar engañando a la gente buena. Me preocupa la confusión que hay en los jóvenes chilenos. Me intranquiliza la idea de querer matar a Pinochet cuando Chile está lleno de tiranos. Imagino la expresión de susto del tirano si alguien le pusiera un cañón en la cabeza. Ver a Pinochet sin funeral y caja mortuoria es un sueño de muerta. Sabemos que su cuerpo llegará podrido al cementerio. Los tiranos viven el abandono, sus seguidores implorarán misericordia.

Bueno, soy una muerta, sin casa. Mi nieto no debe caer en la trampa. En realidad se ha pasado la vida planeando un golpe de mano. Mi nieto… Desde que su padre se fue anda con la idea de matar al tirano. A todos nos llega la hora… al jefe le llegó cuando menos pensaba.

Godosky