Por primera vez tengo un fusil en mis manos. La culata, siguiendo algunas escrituras realizadas con un cuchillo (no se entiende mucho) me hacen entender que con él ya se ha matado gente. Camino por el dormitorio de mi abuela y me detengo frente a un espejo antiguo. Me veo de cuerpo entero con el fusil en mis hombros. Me vi bien y pensé: con este fusil mataré al general. “No confundas tu mente sino a tu jefe no lo verás más”, me dijo la abuela. Y cuando volví a mirar el ataúd, ya lo vi como antes, muerto y con sus ojos desorbitados. Desde entonces, por mucho que me niegue a mirarlo, siento responsabilidad por su muerte. Y aunque haga todo lo imposible no mirar el cuerpo, la abuela me gira la cabeza.
No sé por qué los jefes mueren tan mal. En su funeral estamos solo nosotros tres. El abuelo propone enterrar al jefe en el patio de la casa envueltos en sabanas llenas de cal. Si mi madre no se hubiese separado de mi padre, ella se abría opuesto al entierro de un desconocido en nuestro jardín. No entendí la separación. Yo me quedé con mi padre y mis abuelos. Mi madre se volvió a casar. Mi padre se fue al exilio. Cuando se despidió me dejó el fusil. Mi abuelo propone de hacer el hoyo en el jardín y enterrar al jefe.
La abuela toca el cuerpo del recién fallecido y dice que está duro como una piedra. El jefe lleva zapatos caros. En su bolsillo tienes sus tres mil dólares. Mi abuela le saca el dinero, un reloj, omega, y una pulsera de oro. “Así se irá más cómodo al infierno” le dice a mi abuelo. Ahora se ponen a pelear, no por causa del jefe sino por haber dejado morir el gato encerrado en el ropero. Discuten por todo hasta por el ataúd. “Yo no presto mi cajón a un bastardo” grita mi abuelo. Discuten como dos cabros chicos. Mi abuelo pide la separación. Mi abuela llora. Yo también lloro. Miro a mi abuelo, sólo entonces me doy cuenta que me pide que lo rete por eso de la separación. Lo obligo a pedir disculpas a mi abuela y que bailen un bolero en señal de paz. Bailan y se dan un beso en la frente. Busco mirar al jefe, él, por primera vez ha muerto. Veo que viene un hombre a la puerta de la casa. Es el cartero. Trae una carta de mi padre. Mis abuelos gritan de felicidad. El cartero, dice mi abuelo, es un muerto de la fosa común. Siempre he pensado que los carteros saben caminar todo el santo día pero no ven lo vivo de las cartas. “Este es mi última carta del día” me dice. Son algo de las siete de la tarde. El cartero anda borracho, me pide unos pesos para tomarse una caña, Le recuerdo que el alcohol mata. La abuela aplaude, está feliz.El jefe, pienso, el jefe ha muerto.
No debíamos matar al jefe. Nuestro nieto no olvidará este trauma. A mi misma, a mi edad, me molesta, matar gente. Podríamos explicarle todo a nuestro nieto. Debo decirle que todo el plan de matar el tirano era una trampa de la junta para justificar sus ejecuciones. Podríamos volver atrás, Podríamos llevarnos al nieto al exilio. Quizás es demasiado tarde. El jefe se pudrirá dentro del ataúd, eso le servirá de lección por andar engañando a la gente buena. Me preocupa la confusión que hay en los jóvenes chilenos. Me intranquiliza la idea de querer matar a Pinochet cuando Chile está lleno de tiranos. Imagino la expresión de susto del tirano si alguien le pusiera un cañón en la cabeza. Ver a Pinochet sin funeral y caja mortuoria es un sueño de muerta. Sabemos que su cuerpo llegará podrido al cementerio. Los tiranos viven el abandono, sus seguidores implorarán misericordia.
Bueno, soy una muerta, sin casa. Mi nieto no debe caer en la trampa. En realidad se ha pasado la vida planeando un golpe de mano. Mi nieto… Desde que su padre se fue anda con la idea de matar al tirano. A todos nos llega la hora… al jefe le llegó cuando menos pensaba.
Godosky