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Una de las cosas que muchos chilenos del exilio gustaban destacar, especialmente en países desarrollados como en el que vivo, era la supuesta humanidad con que la sociedad chilena trataba a sus viejos, comparada con la que parecía la práctica común en estos países: el “bodegaje” de los viejos en residencias de ancianos.
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¿Para qué sirven los viejos? uno bien se podría preguntar, especialmente en estos tiempos en que todo se mide según su utilidad práctica. Y no es una pregunta fuera de lugar, aunque sí un tanto molesta: yo mismo me aproximo a ese momento en que uno pasa a ser catalogado de viejo (la verdad es que siendo el término tan relativo, si les preguntara a mis alumnos veinteañeros, yo hace tiempo que para ellos soy un “viejo”, imagínense, alguien que ya estaba vivo en los tiempos cuando Los Beatles eran la gran sensación y cuando no había ni computadoras ni teléfonos celulares; definitivamente para esos jóvenes soy un espécimen de una época muy primitiva…).
La pregunta puede ser molesta pero aun así hay que abordarla. Se acostumbraba a decir que los viejos son los que aportan experiencia, lo cual puede ser cierto, uno ha vivido más, ha visto más cosas, de lo que seguiría que sabría más. Supongamos que es así. Pero por otro lado hay que admitir que las oportunidades de aplicar esa experiencia no son muchas, esa es una de las paradojas que dan mucho sentido a las palabras que dijera una vez mi profesor de axiología en la universidad, que era nada menos que Antonio Skármeta, las que me quedaron muy grabadas: “La experiencia es como una peineta que uno espera usar cuando esté calvo…”
La presencia de un cada vez más amplio segmento de la población formado por “viejos” o – si queremos ser más corteses en su denominación – “adultos mayores”, hay que caracterizarlo como un problema, utilizo este término en su sentido sociológico, no como algo que sea malo de por sí, sino como algo que presenta situaciones nuevas, potencialidades así como demandas, frente a lo cual hay que diseñar políticas y generar nuevas actitudes y conductas. La amplitud del problema adultos mayores requiere a su vez de la participación de muchos actores sociales: individuos, familias, instituciones del Estado así como prácticamente todas las otras entidades que operan en el espectro social. No se trata de una tarea fácil ni sencilla por cierto.
El excelente reportaje televisivo Informe Especial que denunció el trato dado a viejos en una de esas residencias donde las familias depositan a sus parientes mayores, sirvió para desmantelar una de las mayores falacias que ya mencionaba al comienzo de esta nota: aquella según la cual los chilenos éramos “más humanitarios” en nuestro trato hacia los viejos. Más aun, la noción – falsa por cierto – de que en Chile ni siquiera existían esas casas para ancianos o sólo las había para casos extremos de aquellos que no tenían familia o por su estado mental requerían de cuidados especiales. Lo cierto es que siempre hubo este tipo de residencias, aunque ciertamente ellas se han multiplicado en los últimos años debido a varios factores: aumento vegetativo de la población, aumento de la población anciana, disponibilidad de recursos por parte de sectores medios que pueden pagar estas residencias e inclusive por lo que sería el efecto demostración: adoptar para Chile el modelo de la residencia de ancianos porque ella es una realidad cotidiana del mundo desarrollado (recuérdese la excelente serie británica Waiting for God que se exhibía por el canal público PBS en EE.UU. y que estaba ambientaba en un más bien lujoso complejo residencial para ancianos – aunque no exento de abusos por parte de sus administradores – y, seguramente más conocida, la residencia donde pasa sus días el padre de Homer Simpson en la notable serie de animación que lleva su apellido).
Nótese que en si misma la idea de la residencia de ancianos no es negativa, en los hechos una buena cantidad de ancianos por razones de deterioro físico o mental requiere un cuidado que sólo especialistas pueden dar, y que por más que un familiar quisiera asumir tales tareas, no estaría ni física ni emocionalmente capacitado para hacerlo. ¿Cuántos hijos o hijas están preparados para cambiarles pañales a sus padres física o mentalmente discapacitados? Por cierto se trata de una demanda que entraña un enorme – quizás insuperable – desgaste emocional y que en justicia nadie debería estar obligado a asumir, de ahí que la existencia de residencias del tipo que menciono es no sólo necesaria, sino que una sociedad como la chilena donde la población de adultos mayores crece a pasos agigantados, debería abocarse a desarrollar toda una política coherente respecto de la vejez que contemple no sólo su aspecto financiero, las pensiones, por lo demás conocidamente insuficientes, sino abordar todos los aspectos involucrados en la vejez, desde políticas médico-sociales (discutir la eutanasia por ejemplo) hasta cambiar actitudes y conductas que se tienen respecto de los adultos mayores.
Lo de las residencias que generó esta nota, es algo así como un síntoma de un problema mucho más amplio. En una sociedad como la chilena en que todo se deja en manos del mercado, no iba a pasar mucho tiempo antes que alguien descubriera que en el “bodegaje” de ancianos había un negocio de luminosas perspectivas, el caso denunciado por Informe Especial es por cierto el más flagrante y hasta grotesco en cuanto al trato dispensado a sus clientes, pero a nadie sorprendería que hubiera muchos otros parecidos. Por otro lado, y como ya señalaba, instituciones de este tipo son necesarias por razones de salud en algunos casos, o sociales en otros. La cuestión es que debe haber adecuadas regulaciones para el funcionamiento de ellas, en eso la práctica en países como Canadá (lejos en todo caso de ser perfecta) puede proporcionar algunas orientaciones a seguir. Para empezar, se debe buscar y estimular que la persona vieja mantenga su autonomía hasta donde más pueda: que el anciano pueda vivir en su casa por ejemplo, para lo cual en este país se le proporciona ayuda por parte del Estado en la forma de personal que visita a estos ancianos, le hacen sus compras si su movilidad es limitada, en algunos casos le cocinan y le ayudan en otras tareas domésticas para las cuales ya no tenga la suficiente fuerza. Sólo en una segunda fase, cuando la persona anciana se hace física o mentalmente incapacitada ese servicio se hace más intensivo o eventualmente la persona es ubicada en una residencia especial (cuando hay cupos, ese es uno de los problemas aquí también: las listas de espera para las residencias subvencionadas por el Estado). En todo esto, aun países capitalistas como Canadá (en este caso sus provincias que son las que tienen jurisdicción sobre la salud) confieren grandes poderes al Estado como regulador y en algunos casos incluso como administrador de estos programas de apoyo a los adultos mayores y de algunas residencias; aunque residencias privadas también existen. En todas ellas sin embargo, se debe cumplir con estrictas reglas en materia del adiestramiento del personal que trabaja en ellas, teniendo al menos siempre enfermeras a la mano y acceso rápido a médicos en caso de urgencias.
Todo esto desmantela una serie de falacias respecto del trato a los ancianos en Chile. De paso sirve para desmentir otras falsas concepciones de lo que es la vida familiar en nuestros países latinos. Aquí en Montreal en más de una ocasión he usado el sarcasmo para rebatir a algunos especialistas de diversas ciencias sociales de este país, la mayoría de ellos con lo que se llamaría una conciencia social, pero que a menudo caen en una glamorización de la pobreza del Tercer Mundo: “¡Qué bien cómo en Latinoamérica uno a menudo ve a tres generaciones viviendo bajo un mismo techo: abuelos, padres y nietos Muy interesante!” Lo que esos bienintencionados comentaristas sociales no ven es que eso no es porque la gente quiera vivir hacinada, todos aglomerados en un pequeño lugar, a veces sin privacidad. Eso es una soberana tontera de cientistas sociales primermundistas que encuentran todo eso “pintoresco”. Puede ser cierto que en condiciones de pobreza la gente está dispuesta a solidarizar, a aplicar eso de “donde comen dos comen tres, y a veces muchos más…” y sin duda tal actitud es encomiable, pero más encomiable sería que una sociedad pudiera proporcionar viviendas decentes a la gente, incluyendo a los viejos que usualmente son un sector más vulnerable y más susceptible de caer en la pobreza. Si la gente tuviera la oportunidad (esto es, los medios económicos) de elegir, obviamente elegiría vivir separadamente como hace la gente en los países desarrollados y donde el ciudadano medio tiene más recursos. No nos vengan con esos razonamientos almibarados para hacernos creer que al final la pobreza es buena. (Gente con más claridad ha sido a veces muy dura al hacer estas precisiones. Joris Ivens, el gran realizador holandés autor de ese clásico documental A Valparaíso, una vez paró en seco a un joven participante del rodaje del film que había hablado de lo “pintoresco” de las casas de los cerros porteños: “Qué de pintoresco tiene la pobreza. Donde los pequeñoburgueses ven pintoresquismo los pobres ven desesperanza…” le habría dicho el cineasta que por lo demás era un comunista muy claro en sus ideas. Otro hombre de cine, también con mucha sabiduría habría salido al paso de esas tendencias que glamorizan la pobreza: Charles Chaplin dijo una vez que “la pobreza es ignominiosa”).
Y la pobreza es justamente uno de los problemas centrales que afectan a los viejos, por lo que un adecuado sistema de pensiones debe ser uno de los primeros temas a abordar en el marco de una política amplia respecto de la vejez. Es evidente que sólo con pensiones decentes, más facilidades como reducciones en los pasajes del transporte público, descuentos para medicamentos y precios rebajados para el cine y otras actividades culturales, se puede empezar a dignificar un poco la vida de le gente que llega a la vejez.
Por último, porque no política sobre la vejez puede ser completa sin abordar el delicado punto del derecho a una vida y una muerte dignas, el tema de la eutanasia debe ser puesto en la orden del día también. Que se entienda: se quiere – y en esto yo mismo y todos los que vamos a llegar a ser viejos creo que estamos en la misma parada – que la vejez, de partida una etapa de declinación natural de la salud y de las capacidades físicas y mentales, pueda transcurrir del modo más llevadero posible para todos los ciudadanos. Para ello es imperioso que se mejoren las pensiones y los programas sociales para atender a los adultos mayores en la medida que lo vayan necesitando. Idealmente se quiere que al menos haya las condiciones de base para ese pasar llevadero en los últimos años de vida de la gente. Ahora bien, se sabe sin embargo, que principalmente por factores de salud física y mental, hay una gran cantidad de adultos mayores que, si se les diera la oportunidad de elegir cuando aun están en condición de hacerlo, elegirían morir dignamente a estar sobreviviendo conectado a máquinas, alimentado de manera no natural, en estado vegetativo o de total incontinencia. Por supuesto la opción de morir será mucho más clara en quienes tienen que estar soportando dolores abrumadores. ¿Por qué no la eutanasia? Bueno, todos sabemos y algún avisado senador de izquierda incluso dirá (como respecto del matrimonio del mismo sexo) que “la sociedad chilena todavía no está lista para eso” o algo así, en todo caso ésa es la idea de lo que dijo ese señor. Imagínense qué dirían de la eutanasia, la que hasta ahora sólo Holanda ha legalizado. Pero hay que empezar a plantear el tema; de otro modo ¿cómo la gente va estar lista para tratarlo?
El tiempo debe venir para tal tema también, dentro del contexto de una política amplia respecto de la vejez, la “buena muerte” es mil veces mejor que una vida en dolor o indignidad, especialmente tratándose de los últimos años; pero eso debe ser dejado al individuo en cada caso a decidir (excepcionalmente, en caso de total incapacidad de comunicación, debe ser dejado a sus familiares más cercanos). Pero no debe caber duda que junto a proporcionar una atención de salud adecuada, la persona vieja debe poder contar también con la herramienta de irse voluntariamente antes que el deterioro lo lleve a situaciones que afecten su calidad de vida de modo irremediable. (Recuerden ese hermoso film español Cría cuervos, cuando en un momento la chica, con la inocente sinceridad de los niños le pregunta a su abuela: “¿Te quieres morir?” Y la abuela responde simplemente asintiendo con su cabeza. Una escena que resume la sabiduría de las dos generaciones.
