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Agosto 19, 2026

Uribe y la desestabilización en Venezuela

Cuando se busca derribar   gobiernos de izquierda la primera tarea consiste en  deslegitimar y destruir sus bases sociales de apoyo, punto de inflexión para llamar al golpe de estado o el magnicidio. La estrategia posee dos flancos, el internacional y el interno.

Ambos buscan  estrangular la economía, provocar descontento, crear desanimo y promover una ruptura institucional. Los movimientos se dibujan en un tablero donde  cada pieza tiene un valor estratégico. Nada se deja al  azar.

El actual flanco externo lo integran  Estados Unidos, sus aliads de Europa Occidental, organismos internacionales como El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Parlamento Europeo, la OEA, los partidos de derecha mundial, los  servicios de inteligencia, delegaciones diplomáticas y mercenarios. Hoy, en este grupo,  hay que sumar, tras la guerra fría, un nuevo aliado entre las fuerzas desestabilizadoras, se trata de los partidos socialdemócratas y   la internacional socialista. Ellos se unen en  lanzar   torpedos para hundir la linea de flotación de los gobiernos populares. Así, constituyen un aliado inesperado.  Autoproclamados  defensores del libre mercado y protectores de las libertades individuales,  son  las más beligerantes. Todo lo que rebase sus convicciones, dentro de la globalización neoliberal,  lo consideran un peligro para la paz mundial y la alianza de civilizaciones. Por consiguiente, no dudan en   arremeten contra el actual gobierno del Estado Plurinacional de Bolivia,  la República Bolivariana de Venezuela, Ecuador y  Cuba. Sus portavoces forman la avanzadilla,  el supuesto “fuego amigo”.  En el pasado reciente,   nadie hubiese comprendido un comportamiento similar si los socialdemócratas hubiesen participado de la campaña desestabilizadora para derrocar el gobierno chileno  de la Unidad Popular y Salvador Allende en 1973. Hoy, sin duda, sin temor a equivocarme,  estarían conspirando. Es en esta dimensión internacional donde se explica la acción del  ex- presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez. Su quehacer forma parte de esta urdida trama en la cual se utilizan todos los argumentos,  desde   adjetivar  el régimen como  una dictadura, a su presidente como un déspota y a su territorio como un edén para el terrorismo internacional, las FARC y el ELN. Hechos suficientes  para emprender y justificar sanciones. En este marco, tampoco podemos dejar fuera de juego a España. Su gobierno progresista  también juega un rol desestabilizador, cuando asegura que el gobierno bolivariano  presta su apoyo a ETA. Un granito más  de arena  para que Venezuela entre a formar parte de los denominados Estados terroristas.         

Por otro lado, el flanco interno, lo integran  políticos, académicos, periodistas,  empresarios, comunicadores, movimientos sociales gremialistas, instituciones como la iglesia católica y las organizaciones no gubernamentales  Son  la mano que mece la cuna.  Portavoces y sujetos de la conspiración, su función consiste en paralizar las actividades productivas, desgastar al gobierno y boicotear cualquier política social en las áreas de  salud,  educación, vivienda popular o cultura. Para tal fin se valen  de la política del rumor. Nada más eficiente que propagar mentiras para desacreditar. Así, se ponen en circulación noticias que hablan de enfrentamientos internos,  división en las fuerzas armadas o la posible desaparición  de productos de primera necesidad: azúcar, leche, harina, medicamentos; es decir  todo cuanto afecte el normal funcionamiento de la vida diaria. Es la estrategia del caos y la ingobernabilidad. Con ellas también se  fortalece el campo ideológico de los conspiradores. Así,  la psicosis colectiva de sectores dubitativos caen en la espiral del miedo. Asustados se dan a la tarea compulsiva de  acaparar y  vaciar los supermercados sin ton ni son. Esta actitud es la base del mercado negro y el desabastecimiento.

En este escenario,  los medios de comunicación social, en manos de los monopolios de la información,  se convierten en pieza clave. Con sus múltiples tentáculos, llegan a los lugares más apartados de la geografía nacional, acrecentando su capacidad para configurar una opinión pública  adversa al gobierno popular.  son los responsables de  expandir los rumores y hacerlos creíbles.  Prensa, radio, televisión, agencias de noticias unen sus fuerzas. En muchos casos, la batalla para contrarrestar la avalancha, es desigual.  Los empresarios de la comunicación son parte de la oligarquía  dueña de la mayoría de radios,  periódicos, semanarios, revistas políticas, prensa amarilla, sensacionalista y canales de televisión por cable y en abierto.  Sin descanso, sus estrategas trabajan con un alto nivel de sofisticación. Producen editoriales, tribunas de opinión, encuestas y entrevistas. Y en el lado oscuro, presentan  videos, conversaciones telefónicas, fotocopias, cartas y documentos ad hoc. Pocos cuestionan su veracidad.  Un ejemplo  para demostrar lo dicho lo representa el caso Uribe. Las pruebas aportadas son parte del paquete entregado  por el Pentágono, la CIA y los servicios de inteligencia militar estadounidenses.   Con ellas Álvaro Uribe emprende su cruzada y acusa al presidente Hugo Chávez de violar los derechos humanos y patrocinar el terrorismo internacional. Para hacer aun más  creíble esta imputación, la estrategia hace uso de personajes  que hablan de   persecución política,  ataques a la libertad  de prensa  y represión a los partidos opositores.  Especialistas e intelectuales construyen un relato que reafirme las acusaciones de Uribe. Es el momento para que entren en escena  los  “disidentes”.  Bien retribuidos, se les pasea por las cadenas de televisión privadas, las radios y los periódicos. Sus palabras buscan  caricaturizar  a  Hugo Chávez de corrupto,  megalómano  y que no falte el adjetivo de  caudillo populista. 

Con todo el arsenal desplegado, el paso siguiente es llamar al país a luchar contra el tirano y su régimen autocrático. En este esfuerzo hay que armarse de valor,   el noble objetivo de salvar a la patria  impone un sacrificio, no importa que para ello se derrame un poco de sangre. Todo con tal de impedir el establecimiento del comunismo. Así se cierra la estrategia de la desestabilización, se legitima un golpe de Estado y se llama al magnicidio.   Y si no funciona, siempre queda una bala en la recámara, el frente externo dará su visto bueno para una  invasión preventiva.