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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: Con la pobreza en el foco

En una versión contemporánea del famoso “Sermón de la Montaña” se podría decir: “Bienaventurados los pobres, porque ellos dan trabajo a cientos de diseñadores de encuestas, así como a sus entrevistadores y analistas; sin contar a unos cuantos sociólogos, cientistas políticos y estrategas partidarios que tendrán así material para articular su discurso político”.

Y las alusiones a la pobreza pueden continuar por mucho espacio más: “… siempre tuve un miedo horrible a la pobreza” dice en uno de sus versos la poética canción “Valparaíso” de Osvaldo ‘Gitano’ Rodríguez, uno de las más hermosas dedicadas a la más hermosa ciudad chilena. Por su parte José Martí en sus versos popularizados en su versión musical “La Guantanamera” afirma que “con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar”. En tanto que la versión en español del famoso himno La Internacional empieza con la vibrante frase “¡Arriba los pobres del mundo!…” (el texto, originalmente escrito en francés, dice “Debout les damnés de la terre!…”, que se puede traducir más exactamente como “De pie los condenados de la tierra…”, texto que dio título al emblemático libro de Frantz Fanon, de gran impacto en los años 60).

En los Estados Unidos de los años 60 bajo la administración de Lyndon Johnson, que entonces lanzó su famosa “Guerra a la pobreza” (donde le fue tan mal como en la otra guerra, en Vietnam) los burócratas y egresados universitarios que encontraban trabajo en las diversas agencias creadas por el gobierno para ese combate, con más cinismo decían “hay mucha plata en la pobreza…” Una sarcástica observación sobre el hecho que esa guerra a la pobreza tuvo más impacto mediático que una real solución al complejo tema de la pobreza.

Hecho este preámbulo vuelvo mi telescopio hacia lo que sucede en el lejano Chile donde la revelación hecha de que la pobreza en Chile ha aumentado, ha creado algo más de escozor, tanto en el actual gobierno como en la coalición de partidos que gobernó hasta marzo de este año. La razón para esto es obvia, ya que de algún modo ambos conglomerados políticos que dominan la vida política chilena son en parte responsables de ese aumento de la pobreza, según registrado por la llamada encuesta Casen.

No voy a entrar aquí en la disputa relativamente pequeña de quién tiene más responsabilidad en este aumento de la pobreza, si la Concertación que gobernó por veinte años o si el gobierno de Sebastián Piñera, ya que más bien lo que correspondería sería enfocar el tema de la pobreza en su marco más general: sus causas y agudizamiento en un modelo económico que se nutre de la existencia de pobreza para su propia subsistencia. En otras palabras, la pobreza como un fenómeno sistémico, más que como resultado de un mero malfuncionamiento del sistema mismo.

Hay sin embargo algunas cosas que aclarar antes de continuar con el tema de la pobreza, empezando por el concepto mismo. Nótese que los conceptos “pobre” y “pobreza” sufren de una irremediable imprecisión, razón por la cual los autores clásicos del socialismo trataron de evitarlos, excepto con propósitos descriptivos, como hace Federico Engels en su trabajo Las condiciones de la clase obrera en Inglaterra en 1844, en el cual retrata con lujo de detalle las características de los barrios pobres de Londres y otras ciudades inglesas, en contraste con la riqueza que en ese momento el capitalismo industrial producía. Hágase notar que si los términos “pobreza” y clase obrera a menudo se veían asociados, era simplemente porque las condiciones de vida de los trabajadores industriales en los tiempos de Engels y Carlos Marx en Europa eran efectivamente paupérrimas. Sin embargo Marx no recurría con frecuencia al término “pobre” o “pobreza” y con buena razón, ya que ambos son vocablos tremendamente imprecisos. Me explico, ¿quién es pobre? Al final es un término relativo, lo mismo ocurre con el término “pobreza”. La única manera de precisarlos un poco es traduciéndolo a expresiones cuantificables, de ahí los conceptos de “línea de pobreza” que se utiliza aquí en América del Norte queriendo decir que los que están bajo esa línea son realmente pobres, en Chile y otros países se mide esa pobreza según la capacidad o no de llenar una canasta básica de bienes de consumo, más tener un techo donde cobijarse. En definitiva, la “pobreza” es un concepto estadístico, útil para producir datos en su estado natural o básico, pero que para adquirir significado tienen que someterse a una interpretación cualitativa, es decir, enfocar sus causas, su desarrollo, sus manifestaciones, sus efectos, etc.  Hay entonces buena razón para evitar estos conceptos en la medida que ellos no son muy claros. Eso sin olvidar que en la dimensión ideológica, conceptos como “pobreza” y “pobres”, son más bien conceptos derivados de una ética cristiana, más que de un análisis político marxista.

Con respecto a esto último – y sólo para ilustrar la idea y no para abrir un nuevo debate – valga indicar que en la categoría de “pobres” puede entrar mucha gente: por cierto gran parte de la clase obrera, pero no necesariamente toda, ya que – querámoslo o no, si aplicamos el criterio estadístico de quien es “pobre” – algunos sectores de la clase trabajadora (piénsese gran parte de los trabajadores del cobre en Chile; aquí en América del Norte, los trabajadores de la industria automotriz) por su nivel de ingresos bien pueden catalogarse como “clase media”. Según lo que se ha comentado de los resultados de encuesta Casen, un hecho que ha sorprendido a algunos es que una parte importante de esos pobres sean en verdad trabajadores, es decir empleados y obreros con bajísimos salarios, y no marginales. Curiosamente, este hecho de una clase trabajadora extremadamente pobre era un escenario común en la Inglaterra de la primera mitad del siglo 19, en Chile es una realidad del siglo 21.

También debe incluirse entre los sectores pobres a gran parte – pero no a la totalidad – de la población campesina en general, así como a las minorías indígenas del país, la más activa políticamente es también la más numerosa: la nación mapuche por cierto, cuya condición de pobreza la lleva a reivindicar lo que considera es lo único que puede sacarla de ese estado: la tierra.

Por cierto también hay otros pobres que no son clase trabajadora: marginales de diverso tipo que a veces hacen algún trabajo ocasional y que a veces también hacen actividades ilegales, criminales de poca monta, prostitutas y otras personas que forman esa amplia gama de lo que se denomina el lumpen. Un sector social sobre el cual regresaré en un momento, por su creciente rol en la sociedad chilena.

Lo importante, ahora pensando en términos del accionar político, es que contrariamente a lo que a menudo se cree, el hecho de ser pobre no implica de modo alguno una predisposición a la lucha o siquiera un deseo por cambiar el sistema que produce estas desigualdades sociales. En los hechos, los integrantes del lumpen, por definición, no se van a comprometer en una lucha social sino sólo van a apoyar a quienes le paguen mejor. El lumpen es básicamente venal. (Históricamente el lumpen  ha engrosado las filas de los grupos de choque del fascismo, los SS nazis tuvieron a mucho lumpen, y sin ir más lejos, sólo una gran ingenuidad política pudo llevar a algunos miristas hacia fines de los 60 y comienzos de los 70 a confiar en gente como el “Guatón” Romo, líder lumpen de Lo Hermida que luego no sólo los delató sino que participó en su propio aniquilamiento físico. Recuerdo aun a ese otro individuo, apodado “el Mickey”, invitado frecuente al Pedagógico por un grupo del MIR donde el personaje en cuestión hasta se permitía lanzarle agarrones a algunas muchachas que simpatizaban con esa organización política, las que – me imagino – así creían que “tomaban contacto con el proletariado”. Lejos de su pensamiento estaba la noción que esos personajes – pobres como efectivamente eran – no eran exactamente el proletariado en lucha, sino más bien su versión más degradada, siniestramente caricaturesca, como trágicamente algunos de esos estudiantes, poseídos entonces de un ingenuo ímpetu revolucionario, lo constatarían más tarde).

Que quede claro entonces, clase obrera o clase trabajadora y pobres, no son la misma cosa, aunque una gran parte de los trabajadores puedan considerarse pobres estadísticamente hablando. Pero hay un amplio sector de pobres que por variados motivos no van a estar en la lucha por el cambio del sistema. Ciertamente puedo asegurarles que no veremos a las prostitutas ni a su cafiches marchando en apoyo a la revolución social porque obviamente – aunque sean básicamente pobres – se benefician o esperan beneficiarse del sistema capitalista en que viven y en que ejercen su comercio. Lo mismo vale para una gran gama de delincuentes que aun están en la categoría de pobres y que en la mejor mentalidad capitalista, también aspiran a que algún día den el gran golpe que los haga ricos; o si están en el narcotráfico, poder llegar a la categoría de capo que le asegure un futuro de fortuna. Concluyo de esto que en esto del manejo de la pobreza hay que tener presente que no todos los pobres van a estar del lado del cambio social o revolucionario. En algunos casos ese cambio va contra sus propios intereses, de ahí que resulte de entera lógica que en algunas poblaciones donde el elemento lumpen se ha hecho fuerte, el apoyo a la UDI sea también fuerte. ¿Qué otra cosa se podía esperar?

Lo anterior me lleva al punto siguiente: ciertamente en Chile (como en el resto del mundo) siempre hubo pobres, también en gran parte esos pobres era gente de trabajo. Pero los pobres en si son sólo una categoría estadística, si somos estrictos en el lenguaje no cabe ni siquiera denominar a los pobres como una clase social, no hay la clase de los pobres. Esa ciertamente no es la terminología del marxismo. Lo que hay como factor dinámico de la sociedad, es la clase obrera o trabajadora (el concepto originalmente se aplicó a los trabajadores industriales, esto es a los que trabajaban en fábricas, con inclusión también de los mineros, los ferroviarios y los de la construcción; en sus comienzos no incluía a los empleados ni a los profesionales). Esta era la clase que transformaría la sociedad de un modo radical, hasta sus cimientos y a partir de allí construiría el socialismo y eventualmente apuntaría a un mundo comunista. En los comienzos del capitalismo industrial la clase obrera de países como Inglaterra era efectivamente pobre, de ahí que muchas veces los términos se asociaran. Pero es un hecho evidente que los avances logrados por la clase obrera dentro del sistema capitalista, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, cambió de un modo bien drástico también esa asociación de pobreza con clase obrera. De hecho, en los estados de bienestar como gran parte de los países europeos o el caso de Canadá en América del Norte, la clase obrera alcanzó un cierto grado de confort en su vida cotidiana que pudo haber traído como efecto la aparente pérdida de su rol revolucionario.

En América Latina el primer país con un relativamente alto desarrollo industrial fue la Argentina del primer gobierno de Perón, pero Chile también alcanzó un cierto desarrollo siguiendo la política de sustitución de exportaciones en los años 40 y 50. Como resultado de ello vino también el desarrollo de una clase obrera que pronto se convirtió en un importante actor político, sumándose al activismo político de los trabajadores de las industrias extractivas: el salitre, el carbón y el cobre, las más tradicionales en Chile antes del desarrollo industrial manufacturero.

Por cierto en cuanto a nivel de ingresos esa clase obrera industrial organizada nunca llegó a niveles de riqueza ni siquiera a ser propiamente clase media (con la excepción quizás de los trabajadores del cobre). Más aun, en términos de conciencia de clase su identificación estuvo muy clara hasta el momento del gobierno de Salvador Allende. El golpe de estado de Pinochet cambiará esas cosas y de algún modo, aunque hoy no se lo mencione mucho, el modelo económico impuesto por la dictadura es el que ha llevado a una situación de empobrecimiento que ha ido acompañada a un proceso de desindustrialización del país.

La pobreza que hoy se observa y que con alarma se ve aumentada, no es un azar del destino ni siquiera puede atribuirse a un malfuncionamiento del sistema; por el contrario, el modelo neoliberal parece funcionar muy bien desde el punto de vista de sus beneficiarios. Veamos por qué: la desindustrialización del país llevó a la destrucción de gran parte del proletariado industrial, llevó a una degradación de los sectores de trabajadores, los que estadísticamente pueden caracterizarse como “pobres”, aunque no como los que están en lo más bajo de la escala social. La experiencia histórica indica que esos sectores, habitualmente considerados como marginales, en verdad no son actores políticos, al menos no con una conciencia de cambio social. El argentino José Pablo Feinman, autor de un excelente ensayo histórico-filosófico sobre el peronismo, lo expresa muy bien cuando en relación a uno de los mayores estallidos de masas en ese país, el “cordobazo” de 1968, subraya el rol central que en esa protesta tuvieron los obreros de la industria automotriz (industria que el modelo neo-liberal también mató en la Argentina): “Sus obreros recibían los mejores salarios del país. Lo que demuestra que la pobreza no lleva a la rebelión. Lleva al embrutecimiento. A la marginación”. Ojo con esto que se señala, el modelo neo-liberal entonces ha creado esta extrema pobreza como parte de su diseño de la economía, no es un hecho accidental ni una falla de su implementación, es exactamente como el sistema funciona porque con ello cumple dos objetivos centrales: uno, optimizar las ganancias de las empresas, en especial hablamos aquí de las grandes empresas y de los monopolios, y dos, eliminar o reducir a su mínima expresión a quienes Marx visualizaba como los sepultureros del capitalismo: la clase obrera industrial. Al desaparecer esta clase o reducirse a números no significativos, ya no es una amenaza para el sistema.
           
Esto se ha conseguido de varias maneras, aquí mismo en Norteamérica por ejemplo, donde Estados Unidos y Canadá tenían una industria automotriz integrada, esta industria la que más caracterizaba el “American Way of Life” ha prácticamente desaparecido (ver el primer documental que Michael Moore hizo, Roger and Me, donde muestra  la destrucción de su ciudad natal de Flint, Mich., cuna de la General Motors. En Canadá, donde la industria automotriz tenía presencia en por lo menos tres provincias, hoy esa industria está reducida a unas pocas plantas en el sur de la provincia de Ontario. Ud. dirá, pero se sigue fabricando autos, y más que nunca. Cierto, pero no en Norteamérica, y ahora ni siquiera en Japón, se los fabrica en diversas partes del mundo y por partes, ensamblándolos en algún tercer país. Ya casi ni siquiera se puede seguir el rastro de dónde se fabrica cada pieza. Por cierto, en cada caso se trata del lugar donde resulta más barata y sumisa la mano de obra.

Hay más pobres en Chile, pero si alguien piensa que eso puede provocar a un corto o mediano plazo algún estallido social, no sueñe demasiado. Quizás puede haber estallidos inorgánicos y sobre todo aumento de la criminalidad, pero rebelión, revolución social, eso no. Para eso se requiere no la presencia de los “pobres” (o “de los pobres de la ciudad y el campo” como rezaba la consigna de una organización revolucionaria de antaño), lo que se requiere es la presencia de los trabajadores, aunque estadísticamente hablando no sean exactamente “pobres”. Pero esa presencia ya no está, y esa es la gran desgracia (y para los derechistas el gran logro del neo-liberalismo). Como dice Feinman en su ensayo Peronismo: Filosofía política de una obstinación argentina, “El neo-liberalismo aniquiló al capitalismo productivo. Al morir la burguesía de la producción mueren los grandes centros industriales. Los obreros se quedan sin fábricas. Se quedan en la calle. Ya no son obreros. Son marginados, excluidos y, por fin, delincuentes”.

Y uno puede ver la degradación de las otrora poblaciones obreras o de áreas urbanas donde antes predominaba la clase obrera como Puente Alto y San Bernardo – ciudades satélites de Santiago – para constatar en toda su extensión los efectos de esa desindustrialización y de algún modo, desproletarización de esos vastos conglomerados sociales: su triste conversión en áreas dominadas por el lumpen, que, en su falta de escrúpulos, no tiene problema en asociarse a la derecha política. Muchos de esos pobres pertenecientes al lumpen son entonces pobres con la alucinación de que serán ricos. Y con tal material no hay cambio social con futuro. O, para que no se me vaya a tachar de ser muy negativo: ese futuro sólo cambiará con un proceso de re-industrialización del país. Ello no sólo será bueno en términos económicos, sino también para recuperar a una clase obrera activa y consciente, capaz de luchar por la transformación revolucionaria de la sociedad.