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Así debe ser la puñeta económica. Libre como el viento. Todo lo que pudiese entorpecer las decisiones de los agentes económicos debe desaparecer de la faz de la tierra. Las reglas por ejemplo. Los sindicatos. El Estado.
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Porque, -dice Adam Smith-, el bienestar del personal proviene de la codicia de cada cual, de su egoísmo.
Si tal panadero fabrica y vende buen pan, es porque quiere ganar plata. Tu bienestar depende de su codicia. Y el egoísmo del prójimo, guiado por “una mano invisible”, lleva la economía hacia la eficiencia. Para ganar partes de mercado, todo compraventero, fabricante o prestador de servicios se esfuerza por ser el mejor, al menor precio, en las mejores condiciones. Y haya paz, y después gloria. Gracias al genio francés a esta vaina le llamaron el “laissez-faire”, lo que en bengalí y en aimara quiere decir algo así como “déjame hacer lo que me sale de la punta del nabo y no me toques las pelotas”. Elevada a la categoría de panacea universal, es lo que conocemos como mundialización.
Percy Barnavik, -un benefactor de la humanidad que fungió de patrón de multinacional-, declaró: «Yo definiría la mundialización como la libertad para mi grupo de invertir donde quiera, el tiempo que quiera, para producir lo que quiera, aprovisionándose y vendiendo donde quiera, y soportando las menos obligaciones posibles en materia de legislación del trabajo y de convenciones sociales».
Esta verdad inmanente logró imponerse en el ámbito planetario hace algo más de 30 años, bajo el dulce apelativo de neoliberalismo, y desde entonces se acabaron los pobres, los productos de mala calidad, las estafas, el desempleo y los bodrios de Hollywood. De ahí para adelante el crecimiento fue algo así como la mala hierba, el cine exhibe solo obras de arte como el Harry Potter de los cojones, o la profundidad filosófica de Avatar, y el personal goza, disfruta y lo celebra. “Fin de la civilización”, como dijo un célebre subnormalito con apellido japonés pero defecado en los EEUU.
Sin embargo, malas vibras o mala suerte, -a menos que no se trate de la mala leche de Chávez, o de la peligrosidad de los terroristas mapuche, anda tú a saber-, han jalonado los últimos treinta años de los pánicos que nuestra modernidad califica de “turbulencias, “recesiones”, “crisis”, “ajustes” o “bajadas de marea”, en modo tal que no podemos organizar el carnaval de celebración de esta virguería que también llaman “libre mercado”: justo cuando nos aprestamos a soplar en las chirimías, ministriles, trompetas, sacabuches y vuvuzelas, llega una “turbulencia” y millones de currantes pierden el empleo, los ex pobres regresan a la indigencia y la clase media vuelve a ser pobre. Y se jode el jolgorio. La lista, -no exhaustiva-, de las “ventoleras” monetarias, financieras, económicas, crediticias e industriales se alarga que es un placer: 1987: Crac de Wall Street, 1990: Crisis inmobiliaria y de los Saving & Loans, 1992: Primera crisis del SME (sistema monetario europeo), 1993 : Segunda crisis del SME, 1994: Crisis de obligaciones en los EEUU, 1997: 1ª crisis internacional (Tailandia, Corea del Sur, Hong Kong), 1998: 2ª crisis financiera internacional (Rusia, Brasil) y estafa de Long Term Capital Management de los premios Nobel de economía Merton y Scholes, 2000-2002: Burbuja Internet y las dotcom, 2007-2010: Subprimes y los mercados financieros derivados, 2009-2010: Crisis de la deuda soberana… Y aquí estamos, esperando la próxima.
Tanta “turbulencia” ha llevado a dudar de la pertinencia de este modelo que depende de la codicia del prójimo. El Congreso de los EEUU acaba de aprobar una ley propuesta por Barack Obama destinada a regular “rigurosamente” los mercados financieros. Obama dice que es para terminar con los “negocios fraudulentos”, pero debe ser porque es negro. ¿Quién pudiese imaginar que el libre mercado esté lleno de rufianes? Un banquero, por ejemplo, nunca cobraría intereses usureros. ¿Ah? A las cadenas de farmacias no se les ocurriría coludirse para estafar con las medicinas. Los concesionarios de las carreteras, o de la energía, o del agua potable, o del transporte, nunca efectuarían cobros indebidos. Un conocido especulador financiero que pasa por empresario nunca utilizó información privilegiada. Inverlink, los jarrones de la Corfo, el saqueo del Cobre, los conflictos de intereses… como diría un ex senador venal y progresista, “sont de vues de l’esprit”.
El rigor de la ley aprobada por el Senado de los EEUU está por verse. Quienes la redactaron y la negociaron son los mismos que le pusieron música a la pachanga de la desregulación. Los que vendieron la pomada de un mercado libre como el viento. Y que siguen en libertad, contrariamente a su colega Bernard Madoff que cometió un error garrafal para un hombre de su experiencia: fue el único que le robó a los ricos. Hay que ser muy mata de…
Si tal panadero fabrica y vende buen pan, es porque quiere ganar plata. Tu bienestar depende de su codicia. Y el egoísmo del prójimo, guiado por “una mano invisible”, lleva la economía hacia la eficiencia. Para ganar partes de mercado, todo compraventero, fabricante o prestador de servicios se esfuerza por ser el mejor, al menor precio, en las mejores condiciones. Y haya paz, y después gloria. Gracias al genio francés a esta vaina le llamaron el “laissez-faire”, lo que en bengalí y en aimara quiere decir algo así como “déjame hacer lo que me sale de la punta del nabo y no me toques las pelotas”. Elevada a la categoría de panacea universal, es lo que conocemos como mundialización.
Percy Barnavik, -un benefactor de la humanidad que fungió de patrón de multinacional-, declaró: «Yo definiría la mundialización como la libertad para mi grupo de invertir donde quiera, el tiempo que quiera, para producir lo que quiera, aprovisionándose y vendiendo donde quiera, y soportando las menos obligaciones posibles en materia de legislación del trabajo y de convenciones sociales».
Esta verdad inmanente logró imponerse en el ámbito planetario hace algo más de 30 años, bajo el dulce apelativo de neoliberalismo, y desde entonces se acabaron los pobres, los productos de mala calidad, las estafas, el desempleo y los bodrios de Hollywood. De ahí para adelante el crecimiento fue algo así como la mala hierba, el cine exhibe solo obras de arte como el Harry Potter de los cojones, o la profundidad filosófica de Avatar, y el personal goza, disfruta y lo celebra. “Fin de la civilización”, como dijo un célebre subnormalito con apellido japonés pero defecado en los EEUU.
Sin embargo, malas vibras o mala suerte, -a menos que no se trate de la mala leche de Chávez, o de la peligrosidad de los terroristas mapuche, anda tú a saber-, han jalonado los últimos treinta años de los pánicos que nuestra modernidad califica de “turbulencias, “recesiones”, “crisis”, “ajustes” o “bajadas de marea”, en modo tal que no podemos organizar el carnaval de celebración de esta virguería que también llaman “libre mercado”: justo cuando nos aprestamos a soplar en las chirimías, ministriles, trompetas, sacabuches y vuvuzelas, llega una “turbulencia” y millones de currantes pierden el empleo, los ex pobres regresan a la indigencia y la clase media vuelve a ser pobre. Y se jode el jolgorio. La lista, -no exhaustiva-, de las “ventoleras” monetarias, financieras, económicas, crediticias e industriales se alarga que es un placer: 1987: Crac de Wall Street, 1990: Crisis inmobiliaria y de los Saving & Loans, 1992: Primera crisis del SME (sistema monetario europeo), 1993 : Segunda crisis del SME, 1994: Crisis de obligaciones en los EEUU, 1997: 1ª crisis internacional (Tailandia, Corea del Sur, Hong Kong), 1998: 2ª crisis financiera internacional (Rusia, Brasil) y estafa de Long Term Capital Management de los premios Nobel de economía Merton y Scholes, 2000-2002: Burbuja Internet y las dotcom, 2007-2010: Subprimes y los mercados financieros derivados, 2009-2010: Crisis de la deuda soberana… Y aquí estamos, esperando la próxima.
Tanta “turbulencia” ha llevado a dudar de la pertinencia de este modelo que depende de la codicia del prójimo. El Congreso de los EEUU acaba de aprobar una ley propuesta por Barack Obama destinada a regular “rigurosamente” los mercados financieros. Obama dice que es para terminar con los “negocios fraudulentos”, pero debe ser porque es negro. ¿Quién pudiese imaginar que el libre mercado esté lleno de rufianes? Un banquero, por ejemplo, nunca cobraría intereses usureros. ¿Ah? A las cadenas de farmacias no se les ocurriría coludirse para estafar con las medicinas. Los concesionarios de las carreteras, o de la energía, o del agua potable, o del transporte, nunca efectuarían cobros indebidos. Un conocido especulador financiero que pasa por empresario nunca utilizó información privilegiada. Inverlink, los jarrones de la Corfo, el saqueo del Cobre, los conflictos de intereses… como diría un ex senador venal y progresista, “sont de vues de l’esprit”.
El rigor de la ley aprobada por el Senado de los EEUU está por verse. Quienes la redactaron y la negociaron son los mismos que le pusieron música a la pachanga de la desregulación. Los que vendieron la pomada de un mercado libre como el viento. Y que siguen en libertad, contrariamente a su colega Bernard Madoff que cometió un error garrafal para un hombre de su experiencia: fue el único que le robó a los ricos. Hay que ser muy mata de…
