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Un dato clave aportado por la reciente encuesta Casen es que aquellos que aparecen como indigentes presentan un desempleo de un 51%, los pobres no indigentes de un 31.4%. Aquellos que quedan definidos como no pobres, por el contrario, tienen un desempleo del 7.9%. Queda claro que las situaciones socio-económicamente precarias están asociadas a la exclusión o precaria inserción en el trabajo. Allí esta una clave del grupo de personas que son sindicados como pobres y que aparecen aumentados en la última Casen.
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Si nos introducimos al campo de las acciones que suelen ser imaginadas para enfrentar aquella situación precaria nos podemos encontrar con políticas de desarrollo personal que apuntan al desarrollo de mayores autoconfianza y habilidades; con políticas asistenciales de subsidios focalizados; con políticas asociativas que buscan aumentar las iniciativas colectivas; con políticas de regularización de la vivienda, por los impactos de un asentamiento consolidado sobre la dinámica familiar.
Todas aquellas acciones pueden tener sentido; pero su resultado será limitado si no es acompañado de políticas de inserción laboral sólida. Esto porque toda trayectoria familiar de mejoramiento socio-económico tiene como condición necesaria una integración en el mercado laboral; porque el mejoramiento en otras dimensiones como el desarrollo personal o la vivienda pueden anular sus efectos positivos iniciales sino se resuelve el acceso al trabajo; porque la inserción laboral debemos entenderla en un sentido más fuerte que simplemente tener un empleo, sino referirla a la capacidad y la posibilidad de sustentabilidad y progreso en la dimensión laboral. En otros términos, en tener una trayectoria laboral que puede tener cambios, pero que se acumula como depósito de una mayor capacidad de maniobra frente al trabajo y la sociedad. A ello debe agregarse, que comprender profundamente el significado de una experiencia prolongada de inserción laboral precaria, es comprender el daño que para las personas ello tiene en su identidad y reconocimiento, en su seguridad, en su integración social y su sociabilidad.
Esto conduce a la necesidad de una política de inserción laboral “asistida”, de asegurar el acceso a un buen trabajo. Esto comprende pero no se limita a mejorar el “capital humano” o la “habilidad para el trabajo”. Ello conduce, de manera crucial a cuales son las oportunidades de trabajo que sed están creando en la economía, tanto en cantidad como en calidad. La pregunta es si el mercado dejado libre genera esas condiciones. La respuesta negativa a esta pregunta genera un amplio campo para repensar una política de empleo que no sea “de emergencia”, “provisoria” sino una base del desarrollo del país. Ello conduce a mirar con otros ojos la estructura productiva demasiado primaria que tenemos y a visualizar empleos dignos en materias como: la belleza de las plazas, el cuidado de los niños y ancianos; en la información para la ciudadanía. Pero como empleos dignos, no precarizados y donde puede haber combinación de mercado, acción pública y acción social.
Esto es una materia clave en la línea de las lecciones a sacar (o a recordar) de la última Casen.
Raúl González Meyer
Universidad Academia de Humanismo Cristiano
Equipo Nueva Economía
