Es así. Sumamos contradicciones mermando tantas expectativas. El mundial de fútbol sudafricano sentó el anacronismo como lugar común. Discordancias. Lo irreconciliable de la mano con lo novedoso. Bofetadas o postales que la historia se encargará de sopesar conforme pasen los años. A medida que las conclusiones se afinen. Que se enfríen. |
Más allá del paladar, sólo el gol de Andrés Iniesta en pleno suplemento de la definición nos libró de repetir oxidados y lamentables sucesos como la final del ’94. O la última, también a penales en Alemania 2006. Lastimosamente, la solidez española no me quita el sabor amargo del fútbol sistemático imponiendo su maraña estratégica por sobre la chispa de genialidad. La estructura imponiéndose a lo creativo, al alarde de talento. La pizarra le está ganando a la gambeta. Se superpone a la magia. Para cualquier fanático de tomo y lomo, eso significa lo antinatural. Es el triunfo del juego de laboratorio por sobre el barrio y la cancha de tierra.
Donde menos me cuadra la cita finalizada ayer es en el objetivo final de organizarla en un país tan subdesarrollado. Siendo excesivamente franco, veo contrapuntos irreconciliables. Como si la FIFA -y su política Blatteriana de misión de paz al estilo ONU- apenas pudiese levantar mega estadios en ciudades pobres. Sin más ambición que facturar y poner a un país multicultural en vitrina por un mes. Un mostrador de tienda global y colorido. Los distingos raciales no se acortaron por parte del primer mundo. Diría que quedaron intactos. Y quizás se perpetúen.
Que Holanda juegue una final en el territorio que poblaron los nativos khoikhoi antes de ser exterminados por lusitanos, alemanes y principalmente Boers neerlandeses es casi la madre de las paradojas. Para explicar con ejemplo, es como si España levantase la copa en La Araucanía. El fútbol no tiene culpas ni mochilas raciales. Es cierto. Por lo mismo, fueron los nuevos ciudadanos de color quienes asumieron la fiesta con visibles carencias heredadas del apartheid inglés, sin aparentar avances falsos. La brecha discriminatoria murió con Mandela. La otra, la social, sigue allí. Maquillada pero visible.
Volvamos a la pelotita. La que desató otra controversia fatal. No se puede alivianar un balón a niveles tan indecentes. Mojando las canchas, con pasto corto y pretender que se mejora la calidad del juego. Pasó lo contrario, hubo vagas expresiones de habilidad. Un error. Sumemos la negación de apelar a tecnologías teniéndolas a mano. La irreflexión organizativa no se condice a los escenarios y atenta contra la pulcritud. Cuando un gol mal validado lo ve todo el estadio por pantalla gigante, quien debe reformatear la decisión es el árbitro. No el operador de la señal HD. No se mata la gallina de los huevos de oro.
Fue raro el mundial. Incluso para nosotros. El canal que compró los derechos se los vende al cable y nos deja con transmisiones en alta definición pero en diferido. No pega ni junta. Tampoco se condice el buen resultado deportivo de La Roja –con el maqueteado sistema Bielsa- donde todos aplaudían la entrega y, con justa razón, criticaron que renegó nuestra esencia histórica. La de juntar a los pichangueros, los de cachaña fácil. Harto ambiguo, fíjese.
¿Más? Los mejores del mundo antes del mundial –Messi, Rooney y Ronaldo- siguen siendo los preferidos sin haber visto ni una en el campeonato. Uruguay fue el último sudamericano en clasificar y el que mejor nos representó. Era improbable. Brasil renunció al juego bonito. Incomprensible. Los franceses, con una final indecorosa en la cita pasada y clasificando de la manera más vil a esta, en vez de enmendar se fueron entre motines, insultos y puñetes. Inaceptable. Todo es tan incongruente como ver a los ingleses, de historial competitivo y lustroso sucumbir solos en manos de Fabio Capello, un entrenador italiano de la escuela especulativa del Catenaccio. Me sigue pareciendo asombroso… Como ver el Balón de Oro en manos del gran Forlán, uno cuyo equipo salió cuarto. O ser testigos del despilfarro argentino, que llevó al mejor futbolista del momento y al mejor futbolista de la historia como aval -Maradona- y nunca se pusieron de acuerdo. ¿Se fijaron? No es común que el goleador para las estadísticas se defina por las asistencias. Y casi para la risa es que la única selección que terminó invicta fue quien posee una liga local semi amateur: Nueva Zelandia. España ganó la definición a La Nueva Naranja Mecánica con el esqueleto del Barcelona, cuya escuela proviene de los técnicos “tulipanes” Van Gaal, Cruyff y Rijkaard. Curioso. Y el trofeo lo alzó el símbolo del Real Madrid. ¿No ven? Tan insólito como entender la Copa 2010 por cumbre de grandes escuelas futbolísticas cuando los mejores y más influyentes entrenadores del orbe –Mourinho, Hiddink, Scolari- no participaron. Si pues. El mundial de la reina paraguaya que jamás ha visitado Sudáfrica. El mundial donde las riquísimas expresiones culturales autóctonas dieron paso a vuvuzelas y Waka Waka colombiano insoportable. El mundial de mayor cobertura en terreno, en que los excelsos analistas se vieron superados por un pulpo… Estamos todos locos. Me quedo con la ilusión. Que nadie olvide a ese pueblo maravilloso que abrió sus manos y se mostró en plenitud. Y que para el 2014, Brasil y sus invitados nos devuelvan lo que tanto queremos y extrañamos dentro de un campo. La maravilla, la inspiración. Dicen que todo se reinventa en el origen. Y yo soy de los que creen que no importa donde lo inventaron. O en qué país nació. El fútbol es nuestro, de este continente. Porque se crió acá. Es donde se siente más a gusto…
¿Más? Los mejores del mundo antes del mundial –Messi, Rooney y Ronaldo- siguen siendo los preferidos sin haber visto ni una en el campeonato. Uruguay fue el último sudamericano en clasificar y el que mejor nos representó. Era improbable. Brasil renunció al juego bonito. Incomprensible. Los franceses, con una final indecorosa en la cita pasada y clasificando de la manera más vil a esta, en vez de enmendar se fueron entre motines, insultos y puñetes. Inaceptable. Todo es tan incongruente como ver a los ingleses, de historial competitivo y lustroso sucumbir solos en manos de Fabio Capello, un entrenador italiano de la escuela especulativa del Catenaccio. Me sigue pareciendo asombroso… Como ver el Balón de Oro en manos del gran Forlán, uno cuyo equipo salió cuarto. O ser testigos del despilfarro argentino, que llevó al mejor futbolista del momento y al mejor futbolista de la historia como aval -Maradona- y nunca se pusieron de acuerdo. ¿Se fijaron? No es común que el goleador para las estadísticas se defina por las asistencias. Y casi para la risa es que la única selección que terminó invicta fue quien posee una liga local semi amateur: Nueva Zelandia. España ganó la definición a La Nueva Naranja Mecánica con el esqueleto del Barcelona, cuya escuela proviene de los técnicos “tulipanes” Van Gaal, Cruyff y Rijkaard. Curioso. Y el trofeo lo alzó el símbolo del Real Madrid. ¿No ven? Tan insólito como entender la Copa 2010 por cumbre de grandes escuelas futbolísticas cuando los mejores y más influyentes entrenadores del orbe –Mourinho, Hiddink, Scolari- no participaron. Si pues. El mundial de la reina paraguaya que jamás ha visitado Sudáfrica. El mundial donde las riquísimas expresiones culturales autóctonas dieron paso a vuvuzelas y Waka Waka colombiano insoportable. El mundial de mayor cobertura en terreno, en que los excelsos analistas se vieron superados por un pulpo… Estamos todos locos. Me quedo con la ilusión. Que nadie olvide a ese pueblo maravilloso que abrió sus manos y se mostró en plenitud. Y que para el 2014, Brasil y sus invitados nos devuelvan lo que tanto queremos y extrañamos dentro de un campo. La maravilla, la inspiración. Dicen que todo se reinventa en el origen. Y yo soy de los que creen que no importa donde lo inventaron. O en qué país nació. El fútbol es nuestro, de este continente. Porque se crió acá. Es donde se siente más a gusto…

Es así. Sumamos contradicciones mermando tantas expectativas. El mundial de fútbol sudafricano sentó el anacronismo como lugar común. Discordancias. Lo irreconciliable de la mano con lo novedoso. Bofetadas o postales que la historia se encargará de sopesar conforme pasen los años. A medida que las conclusiones se afinen. Que se enfríen.