“Ignorance is bliss” dicen en inglés, algo así como “la ignorancia es bienaventuranza” o “la ignorancia es la gloria”, una expresión que a su vez rememora episodios del mito bíblico: cuando Adán y Eva comen del fruto del árbol prohibido (el árbol del conocimiento) y en castigo pierden la inocencia pero – más importantemente – pierden el estado de gloria en que vivían. |
Con el tiempo, el recurso a la ignorancia como refugio a salvo de las “malas nuevas” o como simple estado de la mente desligado de preocupaciones y tensiones ha sido convenientemente utilizado, las más de las veces por los que quieren sacar ventaja de aquellos a quienes mantienen en la ignorancia (“las masas ignorantes” como algunos las han tratado desdeñosamente) pero también a veces como mecanismo al cual recurren quienes quieren eludir enfrentarse con un hecho o con una situación desagradable. Los que voluntariamente incurren o pretenden incurrir en este nebuloso estado de ignorancia para así rehuir sus propias responsabilidades en los desagradables hechos.
“Prefiero no enterarme” me decían algunos alumnos cuando una vez les propuse un ejercicio en el cual tuvieran que darme argumentos a favor de la ignorancia, si podían. Al final los únicos argumentos tenían que ver con la “conveniencia” de la ignorancia en situaciones muy personales como por ejemplo si su “polola” o “pololo” los engañara o si padecieran de una enfermedad fatal como el SIDA, e incluso en estos casos los que preferían la ignorancia eran una minoría.
Por supuesto el término ignorancia (como su opuesto, el conocimiento) tiene una gran amplitud que va desde el plano de la falta de conocimiento escolar, académico o intelectual a la ignorancia en los “hechos de la vida”, pero entre todos ellos también, la ignorancia de situaciones ocurridas en el plano social. Leía hace unos días las declaraciones de la escritora y ex agente de la DINA Mariana Callejas, en las que reclamaba su más completa ignorancia de que en la casa que ocupaba con su marido Michael Townley en los años de la dictadura en el barrio de Lo Curro, se cometieran torturas u otros hechos semejantes, incluyendo el asesinato de enemigos del régimen.
El recurso de la ignorancia – como bien se sabe – ha sido también uno de los favoritos utilizados por gente, alguna incluso involucrada en crímenes contra los derechos humanos, pero en especial por aquellos que aun hoy sin necesariamente defender lo hecho por la dictadura, claman una neutralidad y distancia de esos terribles hechos refugiándose en la ignorancia. Los típicos “buenos ciudadanos que no se meten en nada” y que con ese recurso intentan lavarse las manos de lo que ocurría en su país, en su propia ciudad, a veces en su propio vecindario.
En otros casos la ignorancia se utiliza como escudo para prevenirse de cuestionamientos a sus propios esquemas mentales. La ignorancia de los sectarios, los fanáticos, los dogmáticos o como se quiera llamar a esa amplia gama de sujetos que incluye desde los fundamentalistas protestantes que en Estados Unidos se aferran a que si la Biblia dice que el mundo existe desde hace poco más de 6 mil años esa es la verdad y que si alguien les lanza la evidencia de innumerables fósiles que tienen una antigüedad mayor replican que ésos son objetos puestos ahí por el Diablo para confundir a la gente…, hasta unos cuantos en el otro espectro del pensamiento político que también, si ven amenazados sus propios esquemas mentales, responden con descalificativos diversos debido a su deliberado refugio en la ignorancia.
Así por ejemplo, cuando en una anterior nota hice algunos comentarios críticos de ciertos aspectos del ser chileno, más en un tono liviano que analítico ya que el tema (el Mundial de Fútbol) así llamaba a hacerlo, alguien me lanzó la gratuita acusación de “racismo”. Vamos, vamos, hay una clara diferencia entre decir que los chilenos no somos buenos para el fútbol (ni para otras cosas que requieren cierta coordinación motora, como el baile) y proponer a partir de aquellas afirmaciones como premisas que los chilenos como grupo entonces seamos inferiores o merezcamos un trato discriminatorio, que es lo que el racismo realmente significa. La ignorancia respecto a términos como “racismo”, “fascismo” y algunos otros que tienen un significado preciso, al utilizarse para un barrido y un fregado, hace que al final pierdan su verdadero sentido y con ello se empobrezca el discurso político o social. Hay que ser cuidadoso en esto, si todos los que discrepan de nosotros son “fascistas” entonces al final nadie lo es realmente. La palabra se habrá gastado y desnaturalizado, para beneplácito de los que sí merecen que se les endilgue el apelativo con todas sus connotaciones negativas que hasta ahora aun tiene (y que corre el riesgo de perderse si como digo, el lenguaje hace un trato abusivo y gratuito del término endilgándoselo a cualquiera, a veces incluso a gente de nuestro propio sector político, por el sólo hecho de discrepar del que lanza los descalificativos).
“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor / ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador…” escribió ese gran poeta del tango Enrique Santos Discepolo en su famoso Cambalache, y no deja de tener razón. En muchos casos se ha llegado a una cierta devaluación del conocimiento y – lo peor – hasta una exaltación de la ignorancia, o al menos un rechazo hacia quienes se llama “intelectuales” con un dejo de menosprecio que en el fondo revela cierta envidia también. Para gran desazón, puedo constatar que a veces esta actitud se promueve desde ciertos sectores de la izquierda que gustan lanzar esa famosa frase llena de ignorancia: “ya pues compañero, menos teoría y más práctica…” Lo que probablemente en la mayoría de los casos, es un mero mecanismo de defensa de aquellos que de esa manera no tenían que justificar su ignorancia en materias políticas. En los hechos, si uno analiza gran parte de la catástrofe que la izquierda chilena sufrió al momento del golpe y en el tiempo que lo siguió, seguramente muchas pérdidas de vida se pudieron haber evitado si se hubiera tenido una mejor comprensión (es decir un proceso de análisis teórico) del carácter del fascismo y por ende de la manera como se iba a entronizar la dictadura militar en Chile. No me vengan con esa vieja cantinela de que necesitamos más práctica, y no se me mal interprete, tampoco estoy abogando por una disquisición teórica en el aire, lo que se necesita es una buena comprensión teórica porque de otra manera lo único que resulta es una práctica improvisada, de meras reacciones a los eventos, sin lineamientos claros de hacia adonde se va y por qué. ¿No retrata acaso esto la práctica de los partidos opositores en Chile en este mismo instante?
De acuerdo por lo demás que todo el sistema, desde una educación de mala calidad y poco reflexiva, al rol idiotizante de los medios de comunicación, e incluso a la intrusión de los nuevos medios tecnológicos (por ejemplo el texting y el Twitter, que en su afán de ahorrar espacio distorsiona buena parte del idioma, de cualquier idioma porque los profesores de inglés en Norteamérica advierten el mismo problema) conduce a veces no a un mayor aprendizaje, sino a lo contrario, a la propagación de la ignorancia.
Una situación que se ve aumentada en algunos intercambios vía Internet en los que algunos – alegando sustentar una supuesta línea de rebelión lingüística – escriben con las más garrafales faltas de ortografía. En este caso estamos asistiendo a una combinación aun más peligrosa: la de la ignorancia con la estupidez.
Claro está, algunos siempre alegarán que poner el énfasis sobre la lucha contra la ignorancia y a favor de educarse o aprender suena un poco elitista (“¡Alpargatas sí, libros no!” fue una desafortunada consigna acuñada por algunos peronistas a fines de los años 40 lo que a la larga contribuiría a crear la percepción que ese movimiento que encarnaba las grandes expectativas populares de ese momento, era una expresión de la brutalidad de las “masas incultas”… algo en lo que Jorge Luis Borges, un enemigo del peronismo de toda la vida, se refocilaría), lo cierto es que como Marx señalara en una oportunidad (debo admitir no un tema al que dedicara mucha atención, con algunas referencias en Ideología Alemana y en la Crítica al Programa de Gotha, y muy brevemente en El Capital): no está claro que la educación por si misma contribuya al cambio social, pero lo que sí está claro es que la ignorancia nunca ha contribuido a nada positivo…
“Prefiero no enterarme” me decían algunos alumnos cuando una vez les propuse un ejercicio en el cual tuvieran que darme argumentos a favor de la ignorancia, si podían. Al final los únicos argumentos tenían que ver con la “conveniencia” de la ignorancia en situaciones muy personales como por ejemplo si su “polola” o “pololo” los engañara o si padecieran de una enfermedad fatal como el SIDA, e incluso en estos casos los que preferían la ignorancia eran una minoría.
Por supuesto el término ignorancia (como su opuesto, el conocimiento) tiene una gran amplitud que va desde el plano de la falta de conocimiento escolar, académico o intelectual a la ignorancia en los “hechos de la vida”, pero entre todos ellos también, la ignorancia de situaciones ocurridas en el plano social. Leía hace unos días las declaraciones de la escritora y ex agente de la DINA Mariana Callejas, en las que reclamaba su más completa ignorancia de que en la casa que ocupaba con su marido Michael Townley en los años de la dictadura en el barrio de Lo Curro, se cometieran torturas u otros hechos semejantes, incluyendo el asesinato de enemigos del régimen.
El recurso de la ignorancia – como bien se sabe – ha sido también uno de los favoritos utilizados por gente, alguna incluso involucrada en crímenes contra los derechos humanos, pero en especial por aquellos que aun hoy sin necesariamente defender lo hecho por la dictadura, claman una neutralidad y distancia de esos terribles hechos refugiándose en la ignorancia. Los típicos “buenos ciudadanos que no se meten en nada” y que con ese recurso intentan lavarse las manos de lo que ocurría en su país, en su propia ciudad, a veces en su propio vecindario.
En otros casos la ignorancia se utiliza como escudo para prevenirse de cuestionamientos a sus propios esquemas mentales. La ignorancia de los sectarios, los fanáticos, los dogmáticos o como se quiera llamar a esa amplia gama de sujetos que incluye desde los fundamentalistas protestantes que en Estados Unidos se aferran a que si la Biblia dice que el mundo existe desde hace poco más de 6 mil años esa es la verdad y que si alguien les lanza la evidencia de innumerables fósiles que tienen una antigüedad mayor replican que ésos son objetos puestos ahí por el Diablo para confundir a la gente…, hasta unos cuantos en el otro espectro del pensamiento político que también, si ven amenazados sus propios esquemas mentales, responden con descalificativos diversos debido a su deliberado refugio en la ignorancia.
Así por ejemplo, cuando en una anterior nota hice algunos comentarios críticos de ciertos aspectos del ser chileno, más en un tono liviano que analítico ya que el tema (el Mundial de Fútbol) así llamaba a hacerlo, alguien me lanzó la gratuita acusación de “racismo”. Vamos, vamos, hay una clara diferencia entre decir que los chilenos no somos buenos para el fútbol (ni para otras cosas que requieren cierta coordinación motora, como el baile) y proponer a partir de aquellas afirmaciones como premisas que los chilenos como grupo entonces seamos inferiores o merezcamos un trato discriminatorio, que es lo que el racismo realmente significa. La ignorancia respecto a términos como “racismo”, “fascismo” y algunos otros que tienen un significado preciso, al utilizarse para un barrido y un fregado, hace que al final pierdan su verdadero sentido y con ello se empobrezca el discurso político o social. Hay que ser cuidadoso en esto, si todos los que discrepan de nosotros son “fascistas” entonces al final nadie lo es realmente. La palabra se habrá gastado y desnaturalizado, para beneplácito de los que sí merecen que se les endilgue el apelativo con todas sus connotaciones negativas que hasta ahora aun tiene (y que corre el riesgo de perderse si como digo, el lenguaje hace un trato abusivo y gratuito del término endilgándoselo a cualquiera, a veces incluso a gente de nuestro propio sector político, por el sólo hecho de discrepar del que lanza los descalificativos).
“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor / ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador…” escribió ese gran poeta del tango Enrique Santos Discepolo en su famoso Cambalache, y no deja de tener razón. En muchos casos se ha llegado a una cierta devaluación del conocimiento y – lo peor – hasta una exaltación de la ignorancia, o al menos un rechazo hacia quienes se llama “intelectuales” con un dejo de menosprecio que en el fondo revela cierta envidia también. Para gran desazón, puedo constatar que a veces esta actitud se promueve desde ciertos sectores de la izquierda que gustan lanzar esa famosa frase llena de ignorancia: “ya pues compañero, menos teoría y más práctica…” Lo que probablemente en la mayoría de los casos, es un mero mecanismo de defensa de aquellos que de esa manera no tenían que justificar su ignorancia en materias políticas. En los hechos, si uno analiza gran parte de la catástrofe que la izquierda chilena sufrió al momento del golpe y en el tiempo que lo siguió, seguramente muchas pérdidas de vida se pudieron haber evitado si se hubiera tenido una mejor comprensión (es decir un proceso de análisis teórico) del carácter del fascismo y por ende de la manera como se iba a entronizar la dictadura militar en Chile. No me vengan con esa vieja cantinela de que necesitamos más práctica, y no se me mal interprete, tampoco estoy abogando por una disquisición teórica en el aire, lo que se necesita es una buena comprensión teórica porque de otra manera lo único que resulta es una práctica improvisada, de meras reacciones a los eventos, sin lineamientos claros de hacia adonde se va y por qué. ¿No retrata acaso esto la práctica de los partidos opositores en Chile en este mismo instante?
De acuerdo por lo demás que todo el sistema, desde una educación de mala calidad y poco reflexiva, al rol idiotizante de los medios de comunicación, e incluso a la intrusión de los nuevos medios tecnológicos (por ejemplo el texting y el Twitter, que en su afán de ahorrar espacio distorsiona buena parte del idioma, de cualquier idioma porque los profesores de inglés en Norteamérica advierten el mismo problema) conduce a veces no a un mayor aprendizaje, sino a lo contrario, a la propagación de la ignorancia.
Una situación que se ve aumentada en algunos intercambios vía Internet en los que algunos – alegando sustentar una supuesta línea de rebelión lingüística – escriben con las más garrafales faltas de ortografía. En este caso estamos asistiendo a una combinación aun más peligrosa: la de la ignorancia con la estupidez.
Claro está, algunos siempre alegarán que poner el énfasis sobre la lucha contra la ignorancia y a favor de educarse o aprender suena un poco elitista (“¡Alpargatas sí, libros no!” fue una desafortunada consigna acuñada por algunos peronistas a fines de los años 40 lo que a la larga contribuiría a crear la percepción que ese movimiento que encarnaba las grandes expectativas populares de ese momento, era una expresión de la brutalidad de las “masas incultas”… algo en lo que Jorge Luis Borges, un enemigo del peronismo de toda la vida, se refocilaría), lo cierto es que como Marx señalara en una oportunidad (debo admitir no un tema al que dedicara mucha atención, con algunas referencias en Ideología Alemana y en la Crítica al Programa de Gotha, y muy brevemente en El Capital): no está claro que la educación por si misma contribuya al cambio social, pero lo que sí está claro es que la ignorancia nunca ha contribuido a nada positivo…

“Ignorance is bliss”