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Agosto 18, 2026

Si quieres un sistema de transporte digno, no pagues el pasaje

Una costosa campaña publicitaria hace esfuerzos para que la gente pague su pasaje en el Transantiago, esa estafa monumental de los gobiernos de la Concertación. Los trabajadores acusan el mal estado de los buses, imposiciones impagas hace casi dos años, sueldos atrasados, explotación y malos tratos.  

La mujer encargada del tema en el gobierno, otrora funcionaria de Libertad y Desarrollo, miente con descaro frente a las cámaras. Los trabajadores la increpan y Carabineros corre para evitar que los dirigentes digan su palabra. Las imágenes mostradas por la televisión permiten dejar de manifiesto lo mejor de la cultura de la Concertación. Todo librado al mercado y a la sinvergüenzura de los propietarios y mandamases. Y en subsidio, dos guanacos, un zorrillo, dos micros de carga y mucho palo y gases.
 
Los pretendidos gobiernos ciudadanos y disfrazados de buena onda, han dejado en la mayor indefensión a los trabajadores. “Es un caso entre privados” dice la encargada de concesiones del Ministerio de Transportes y, cosa curiosa, es en lo único que no miente. En efecto, como si estuvieran en perfecta igualdad de condiciones, los choferes de esas empresas están a merced de los empresarios que cobran regularmente sus millones al Estado y que, sin embargo, no pagan los sueldos ni las imposiciones. Encogidos de hombros, las autoridades se lavan las manos ante los tontos choferes que alguna vez creyeron las promesas de buen trato, trabajo digno y buenos sueldos.
 
Tan trágica como la situación de esos choferes que sufren la política cultural de los últimos veinte años, es el silencio inmoral de los responsables de esa situación y de muchas más. Hace unos días una jueza termina por condenar a algunos de los participantes de una red de sinvergüenzas que operaban desde el Ministerio de Obras Públicas. Tal como en las películas de espías, de ser capturados los agentes envueltos en estas manipulaciones delictivas, deberán morir en la rueda y no acusar a los verdaderos jefes de estas asociaciones ilícitas. Así, entre plazos de prescripción y el silencio bien pagado de sus subalternos, Ricardo Lagos Escobar pasó piola.
 
Pero no sólo por esa joya de la operación encubierta serán recordados esos próceres. Le sigue su obra suma, el Transantiago. Definida como la reforma que cambiaría la cara y el alma de Santiago y las asfixiantes micros amarillos, fue impuesta para realzar el ego de sus creadores. Torpes hasta lo increíble, atoradas sus capacidades de tanto mirarse en los espejos sonrientes de palacio y de tanta reverencia a los poderosos, no fueron capaces de ver que el daño que se le estaba inflingiendo a la gente común.
 

La soberbia hizo el resto. La presidenta reina le dio el toque final y, de rompe y rasga, buses verdes se tomaron la ciudad con su secuela de caos, pérdidas estratosféricas, malos tratos y abusos.

 
Los responsables del diseño de esta estupidez monumental, quizás vean cómo son tratados los trabajadores desde sus plasmas 3D. Moverán la cabeza de un lado a otro y luego, se encogerán de hombros. Los cómplices, diputados y senadores, mirarán para el lado. Los autodenominados representantes de los trabajadores, estarán ocupados en sus negocios.
 
De no mediar una bien planificada represión, el sistema debería colapsar tarde o temprano. La gente usuaria del sistema de transportes, tarde o temprano entenderán que cada día que pasa, con cada alza que les llega en silencio, con cada salto que dan en esas moles mecánicas que andan de milagro, son estafados, vilipendiados, humillados.
 
Las personas merecen un trato digno. La fracción de los exiguos sueldos que recibe la gallá, destinada al transporte, no es poca cosa. Una semana sin que nadie pague su pasaje sería suficiente para que las autoridades entiendan como son las cosas cuando la gente toma el toro por las astas. No es un favor que se les hace con la existencia de un sistema de transporte público. Es un deber del Estado que los habitantes pagan con no poco sacrificio.