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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: ¿Para qué somos buenos los chilenos?

 La Roja está fuera del Mundial, las ilusiones se han diluido como un terrón de azúcar arrojado en la taza de café. Todo quedará ahora como una memoria agridulce: las desmesuradas esperanzas, alimentadas por medios de comunicación deseosos de captar audiencia, y hasta las pintorescas imágenes del presidente viendo los partidos en campamentos de damnificados tendrán que dar lugar a la dura realidad cotidiana de un país donde todavía a grandes sectores nadie les da pelota. 

Por cierto que es muy difícil hacer generalizaciones sobre qué cualidades puede tener uno u otro pueblo. En el peor de los casos se puede caer en riesgosos y a veces odiosos estereotipos: los irlandeses serían buenos para tomar cerveza, los escoceses, avaros (recuérdese al Tío Rico McPato en las historietas de Disney) o los caribeños serían todos rítmicos. En el mejor o más inocuo de los casos estas generalizaciones pueden dar pie a chistes como se hace abundantemente a costa de los gallegos.
 
Con todo lo riesgoso que pueda ser (los estereotipos a menudo han servido para alimentar el mucho más siniestro sentimiento del racismo) hay una cierta fascinación con las generalizaciones que se puedan hacer con los pueblos, en parte porque hay la tendencia a ver a los conglomerados humanos como individuos y en tal calidad nos gusta personificar a las naciones o pueblos.  La literatura y en especial la cultura popular han recurrido a este expediente de personificar a los pueblos, con resultados mixtos, a veces inocuos, recuérdese el film A mis amigos de Walt Disney en el cual Brasil aparecía personificado como el loro Pepe Carioca (naturalmente el Pato Donald representaba a Estados Unidos), en ese film Chile aparecía personificado como un pequeño avión, Pedrito. En otras ocasiones sin embargo, la intencionalidad ha sido más siniestra: la propaganda nazi respecto de los judíos por ejemplo, o más recientemente la visión estereotipada que ciertos medios han hecho de los árabes y musulmanes.
 
¿Cómo somos los chilenos, si es que nos diéramos a esta espinuda tarea de personificarnos? Bueno, no hace falta ir muy lejos para darse cuenta que para el fútbol definitivamente no somos buenos. Sin duda hay buenos valores individuales como las figuras que hoy triunfan en el fútbol europeo, pero cuando se trata de trabajo de equipo, allí no hay éxito. ¿Será que acaso eso refleja un carácter individualista del chileno? Puede ser. Pero eso iría a contrapelo de visiones aparentemente muy enraizadas que nos gusta repetir a propósito de nosotros mismos: que tenemos un sentido colectivo, que hacemos cosas como grupo o comunidad, que seríamos solidarios. Bueno, a lo mejor todo eso es un mito que nos hemos fabricado, mito en el sentido antropológico, esto es, no que sea necesariamente falso, por el contrario es real para los que creen en él, pero es una verdad dudosa o engañosa si se lo examina desde fuera del “ser chileno”.
 
No sé si esto sea muy científico, pero a lo mejor hay algo genético que nos predispone a no ser buenos (tampoco somos completamente malos, sino más bien estamos ahí, en la medianía) en todo lo que requiere una coordinación motora. A ver si me siguen en esta premisa: ¿han visto a los chilenos bailar? Como participante y a veces organizador de cientos de variadas fiestas para recolectar fondos, fuera en los tiempos cuando recolectábamos dinero para la resistencia o sea ahora para ayudar a los damnificados del terremoto, me ha tocado ver igualmente a mis compatriotas y ciertamente en esto no me excluyo, intentando bailar ritmos tropicales (por alguna razón la cumbia es altamente popular entre los chilenos, especialmente los de la generación más vieja) de un modo que para mis buenos amigos colombianos y caribeños resultaba siempre una fuente de hilaridad: ahí estábamos los chilenos en la pista de baile moviendo rítmicamente nuestros brazos como alitas de pollo, mientras trabajosamente tratábamos de coordinar movimiento de piernas y cintura (imposible para los chilenos, o movíamos unas o la otra, pero no las dos partes del cuerpo al mismo tiempo…)
 
Bueno, este es mi punto. Seriamente. Lo mismo en el fútbol y en otros tantos deportes. No tanto un problema de velocidad, ni de estatura, ni de vigor, estrictamente un problema de coordinación motora que no se da por el lado izquierdo de los Andes. No importa cuán genial pueda ser Marcelo Bielsa, al final tenía que trabajar con el material disponible. Si se me permite la comparación, dada mi propia experiencia de largo tiempo como profesor, es como cuando uno hace todo lo posible por enseñar un concepto, abordándolo desde diversos métodos pedagógicos, con varias formas de interacción con el estudiante y éste sencillamente no puede captarlo. Aunque haya algunos pedagogos que tratan de evitar referirse a tal categoría, lo cierto es que al final la capacidad intelectual del estudiante es un elemento esencial en el proceso de aprendizaje. Y si esa capacidad es limitada, ni el mejor profesor podrá hacer mucho progreso. Algo similar ocurre en el caso del fútbol, Bielsa pudo haber sido excelente, pero más no podía hacer. Y no me vengan con que todo se resuelve con práctica y esfuerzo y dedicación, y todos esos términos que suenan como “recomendaciones de mamá”. El talento – un componente natural, innato –  también cuenta, y de manera decisiva en ciertos casos. Y naturalmente uno no puede tener talento para todas las cosas. Decididamente el promedio de los chilenos simplemente no lo tiene para el fútbol. Tan simple como eso.
 
Pero por supuesto que así como no hay gente que no tenga talento para alguna cosa, tampoco debe haber pueblo sin talentos innatos ¿para qué somos buenos los chilenos entonces? La respuesta vendrá de inmediato, para la literatura, o más específicamente, para la poesía. “En Chile uno levanta una piedra y encuentra un poeta” se acostumbra a decir, incluso algunos hacen referencias deportivas como mi amigo Pepe Cuevas cuando escribe “Si alguien sabe de Grandiosos partidos de fútbol / en la ciudad de Melipilla / entre ex pueblos unidos y jamás vencidos…” (“Partidos de fútbol” en Treinta poemas del ex poeta José Ángel Cuevas) e incluso esa poesía brota inagotable debajo de las piedras de los chilenos de la diáspora, como la que hace mi otro amigo Jorge Etcheverry en Ottawa, la capital canadiense: “Somos un pueblo extrañamente dotado por la naturaleza. / Gozamos de una gran facilidad de adaptación a otros países, / pero nunca nos mimetizamos…” (Reflexión hacia el sur) de paso describiendo alguna otra faceta de nuestro “ser nacional”. Sin embargo creo que no se discutirá: la poesía es lo nuestro, después de todo hemos tenido dos premios Nobel en esa especialidad literaria.
 
Pero claro, nuestro descollar literario sirve de poco consuelo en medio de la debacle al orgullo patrio que pudo haber sido esta eliminación del Mundial de Fútbol. Recuerdo otra humillante derrota futbolística que era frecuente tema de doloroso recuerdo en la generación de mi padre, yo entonces era un niño: el Sudamericano de 1955 en Santiago, Chile necesitaba sólo de un empate para coronarse campeón, las cosas como son, en la final Chile perdió 1-0 con Argentina. A lo trágico de la derrota futbolística hubo que agregar otra tragedia aun más real: en su empeño por entrar al estadio (no había televisión en esos años en Chile) se produjo una estampida que dejó varios muertos. Como anécdota se cuenta que después del partido Julio Martínez, esa verdadera leyenda del periodismo deportivo, habría llegado tan furioso a la redacción de la ahora desaparecida revista Estadio que alguien para calmarlo le habría dicho “Bueno, no es para tanto, es sólo un partido de fútbol, Chile todavía es Chile, con sus valores, tenemos a Neruda por ejemplo…” a lo que un indignado Martínez habría replicado: “¡Ah si! ¿y entonces por qué no lo pusieron de centrodelantero?”
 
Como señalo, cuando grandes desilusiones afectan a un pueblo no hay palabras que puedan compensar por ese sentido de frustración colectiva. Al final tampoco se puede andar buscando culpables o chivos expiatorios, simplemente esto ha ocurrido y aunque uno puede refugiarse en lo que somos buenos (por ahora la poesía, que alguien me ayude a buscar alguna otra cosa), ello no va a consolar a muchos. Y por cierto no me recuerden del tema que ya abordé en una columna anterior sobre si el fútbol es simple alienación de las masas.
 
Por lo menos alguien quizás hará algún verso para recordar este poco feliz momento, cargado por lo demás de otras interesantes facetas extra-deportivas: desde los puntos de popularidad que Piñera habría ganado por irse a ver los partidos del Mundial junto a los damnificados (la verdad, una movida de relaciones públicas muy tentadora, que probablemente un presidente concertacionista tampoco habría resistido de hacer), pasando por el inesperado estímulo a la actividad comercial con la venta de todo tipo de mercancías relacionadas con la Roja, los vergonzosos arranques de chauvinismo futbolísticos en los medios de comunicación (por lo menos en lo visto en TVN aquí en Montreal, me imagino que medios aun más populacheros deben haber sido peor), y terminando en los momentos de tensión producidos por los estallidos de vandalismo en las celebraciones, un síntoma de una enfermedad social subyacente en que los signos visibles son esa proliferación del lumpen; sus causas hay que buscarlas en la abismante inequidad de ingresos, mientras al mismo tiempo la publicidad impulsa a todos a ser adictos al consumo. Algunos que no lo pueden lograr simplemente derrochan su frustración destruyendo lo que está a su alcance. Es la manera de expresarse de aquellos marginalizados a quienes, en el más complicado campeonato por la subsistencia, nadie les ha dado pelota.