Ha habido tanta pasión en Chile por la macroeconomía que nos hemos acostumbrado a hablar en porcentajes e indicadores globales. Éstos dejan a todos contentos, especialmente cuando se presentan en gráficos. Así, en los últimos veinte años ha sido fácil creer que somos los jaguares de América Latina, que teníamos pleno derecho a entrar a la OCDE y que el terremoto lo viviríamos “más como Japón que como Haití”. Pero, por sobre todo, y mirando con comprensión al resto de América Latina en el medio de la crisis, hemos creído que “nuestros gobernantes han hecho las cosas bien”. |
Saber que el 80% de la población vivió en 2006 con ingresos monetarios promedio familiares entre 0 pesos y $610.271 nos dice poco. Que un 20% de los chilenos contó ese año con ingresos monetarios familiares entre 0 y $145.576 tampoco. No hemos jamás reaccionado frente al cuadro siguiente que informa las cifras por quintil.
Más de tres millones de chilenos en el año 2006 vivía en familias que contaban con un promedio de $145.576 como ingreso monetario mensual. Como es un promedio, la cifra quiere decir que en el quintil algunas familias vivían con menos de $145.576 al mes y otras con más. No era mucho mejor la situación de los seis millones del segundo y tercer quintil, si pensamos en los costos que cada familia tiene que afrontar para sobrevivir o para que sus descendientes puedan salir de la miseria. Más aún, si agregamos que el ingreso monetario es el ingreso que obtiene la familia más los subsidios monetarios que entrega el Estado. Carecemos de cifras oficiales posteriores, pero podemos imaginar que después del 2006 considerando la crisis y el terremoto, la situación no ha cambiado radicalmente y que en algunos casos ha sufrido un franco deterioro. Considerando, el discurso oficial triunfalista, los limitados medios de comunicación existentes y el predominio invasivo de la TV, es difícil tener un panorama objetivo de lo que realmente ocurre en Chile. Sin embargo, a propósito del terremoto, se ha podido llegar a ver más de cerca los “casos” que hay detrás de las estadísticas y hemos conocido comunidades alejadas de las cuales muy poco sabíamos o recordábamos. También es posible detectar algunos elementos de nuestra realidad en el medio del avasallamiento de la parafernalia farandulera y la publicidad engañosa de nuestra televisión, en programas tales como La Jueza y Veredicto. Analizando los casos presentados en los últimos dos meses y refiriéndonos a más de 100 de éstos, se pueden esbozar algunas pinceladas al retrato de las vidas de las familias del quintil más pobre de nuestro país, que son las que acceden en mayor proporción a buscar una mediación a sus problemas, normalmente de inmensa precariedad. La mayoría cuenta en su seno con algún enfermo, anciano, alcohólico, drogadicto o discapacitado a cargo siempre de las mujeres mayores de la familia. Generalmente la mujer es la jefa de hogar y ha tenido un alto número de hijos, de distintos maridos o “parejas”. En más de un 70% de los casos analizados figuran hijas adolescentes que tienen un hijo o dos incorporados a la familia y sin padres. Rara vez el varón está respondiendo con pensión alimenticia o apoyo de algún tipo al hijo abandonado. Muchas adolescentes desconocen la identidad de los padres de sus hijos. Los entrevistados no reclaman por el hacinamiento, pero está implícito dado el gran número de personas que habita en cada hogar y el tipo de vivienda social al que tienen acceso. Carecen de ingresos mensuales fijos. Llama la atención que el empleo mayoritario de los casos observados se desarrolla en ferias, vendiendo ropa usada. Los empleos más seguros se encuentran en aseo o trabajo doméstico por hora. Cada familia cuenta con varios miembros sin trabajo y que han desertado de la educación, ya sea por cuidar a hijos o por “el carrete”. Hay mucha demanda de madres que conminan a sus hijas a que trabajen, cuiden a sus hijos y abandonen “el carrete”. El “carrete” está elevado a una categoría inalienable, como una compensación a la vida dura. El consumo, especialmente en ropa, al que acceden con las tarjetas de crédito que entregan las casas comerciales, es fundamental para los más jóvenes. Es doloroso escuchar los niveles de endeudamiento en tarjetas no bancarias de estas familias. Generalmente las demandas corresponden a un dueño de tarjeta que la ha prestado a un familiar para compras por altas sumas de dinero. Los deudores demandados no tienen como pagar porque carecen de trabajo y la imposibilidad de conseguirlo a los salarios requeridos para afrontar la deuda. Tampoco tienen la perspectiva de conseguirlo, puesto que no estudian ni tienen formas de cambiar su situación. No hay remordimiento por las deudas o el cese de pagos. La enajenante publicidad de la TV está orientada a los tres quintiles más pobres de la población conformados por más de nueve millones de personas. Las grandes fortunas del retail y los malls, que siguen proliferando en el país, se han hecho por el pago de intereses de estos chilenos más pobres. El UNIMARC por ejemplo, que va a instalar 80 nuevos locales, se plantea como “estrategia de negocios” poner 250 mil tarjetas de crédito en 2010 y 650 mil en 2011. El desarrollo exponencial del capital financiero en nuestro país está íntimamente ligado a los sueños de los que no tienen nada. Un sistema tan frágil no podrá sostenerse de esta manera ad-infinitum y los carabineros en las calles tampoco podrán multiplicarse.
| QUINTILES |
Ingresos Monetarios por Familia Promedio por Quintil |
| Primer quintil |
$145.576 |
| Segundo quintil |
$277.838 |
| Tercer quintil |
$392.908 |
| Cuarto quintil |
$610.271 |
| Quinto quintil |
$1.675.892 |
Fuente: Encuesta CASEN 2006
Más de tres millones de chilenos en el año 2006 vivía en familias que contaban con un promedio de $145.576 como ingreso monetario mensual. Como es un promedio, la cifra quiere decir que en el quintil algunas familias vivían con menos de $145.576 al mes y otras con más. No era mucho mejor la situación de los seis millones del segundo y tercer quintil, si pensamos en los costos que cada familia tiene que afrontar para sobrevivir o para que sus descendientes puedan salir de la miseria. Más aún, si agregamos que el ingreso monetario es el ingreso que obtiene la familia más los subsidios monetarios que entrega el Estado. Carecemos de cifras oficiales posteriores, pero podemos imaginar que después del 2006 considerando la crisis y el terremoto, la situación no ha cambiado radicalmente y que en algunos casos ha sufrido un franco deterioro. Considerando, el discurso oficial triunfalista, los limitados medios de comunicación existentes y el predominio invasivo de la TV, es difícil tener un panorama objetivo de lo que realmente ocurre en Chile. Sin embargo, a propósito del terremoto, se ha podido llegar a ver más de cerca los “casos” que hay detrás de las estadísticas y hemos conocido comunidades alejadas de las cuales muy poco sabíamos o recordábamos. También es posible detectar algunos elementos de nuestra realidad en el medio del avasallamiento de la parafernalia farandulera y la publicidad engañosa de nuestra televisión, en programas tales como La Jueza y Veredicto. Analizando los casos presentados en los últimos dos meses y refiriéndonos a más de 100 de éstos, se pueden esbozar algunas pinceladas al retrato de las vidas de las familias del quintil más pobre de nuestro país, que son las que acceden en mayor proporción a buscar una mediación a sus problemas, normalmente de inmensa precariedad. La mayoría cuenta en su seno con algún enfermo, anciano, alcohólico, drogadicto o discapacitado a cargo siempre de las mujeres mayores de la familia. Generalmente la mujer es la jefa de hogar y ha tenido un alto número de hijos, de distintos maridos o “parejas”. En más de un 70% de los casos analizados figuran hijas adolescentes que tienen un hijo o dos incorporados a la familia y sin padres. Rara vez el varón está respondiendo con pensión alimenticia o apoyo de algún tipo al hijo abandonado. Muchas adolescentes desconocen la identidad de los padres de sus hijos. Los entrevistados no reclaman por el hacinamiento, pero está implícito dado el gran número de personas que habita en cada hogar y el tipo de vivienda social al que tienen acceso. Carecen de ingresos mensuales fijos. Llama la atención que el empleo mayoritario de los casos observados se desarrolla en ferias, vendiendo ropa usada. Los empleos más seguros se encuentran en aseo o trabajo doméstico por hora. Cada familia cuenta con varios miembros sin trabajo y que han desertado de la educación, ya sea por cuidar a hijos o por “el carrete”. Hay mucha demanda de madres que conminan a sus hijas a que trabajen, cuiden a sus hijos y abandonen “el carrete”. El “carrete” está elevado a una categoría inalienable, como una compensación a la vida dura. El consumo, especialmente en ropa, al que acceden con las tarjetas de crédito que entregan las casas comerciales, es fundamental para los más jóvenes. Es doloroso escuchar los niveles de endeudamiento en tarjetas no bancarias de estas familias. Generalmente las demandas corresponden a un dueño de tarjeta que la ha prestado a un familiar para compras por altas sumas de dinero. Los deudores demandados no tienen como pagar porque carecen de trabajo y la imposibilidad de conseguirlo a los salarios requeridos para afrontar la deuda. Tampoco tienen la perspectiva de conseguirlo, puesto que no estudian ni tienen formas de cambiar su situación. No hay remordimiento por las deudas o el cese de pagos. La enajenante publicidad de la TV está orientada a los tres quintiles más pobres de la población conformados por más de nueve millones de personas. Las grandes fortunas del retail y los malls, que siguen proliferando en el país, se han hecho por el pago de intereses de estos chilenos más pobres. El UNIMARC por ejemplo, que va a instalar 80 nuevos locales, se plantea como “estrategia de negocios” poner 250 mil tarjetas de crédito en 2010 y 650 mil en 2011. El desarrollo exponencial del capital financiero en nuestro país está íntimamente ligado a los sueños de los que no tienen nada. Un sistema tan frágil no podrá sostenerse de esta manera ad-infinitum y los carabineros en las calles tampoco podrán multiplicarse.
El desarrollo exponencial del capital financiero en nuestro país está íntimamente ligado a los sueños de los que no tienen nada. Un sistema tan frágil no podrá sostenerse de esta manera ad-infinitum y los carabineros en las calles tampoco podrán multiplicarse.
El desarrollo exponencial del capital financiero en nuestro país está íntimamente ligado a los sueños de los que no tienen nada. Un sistema tan frágil no podrá sostenerse de esta manera ad-infinitum y los carabineros en las calles tampoco podrán multiplicarse.

Ha habido tanta pasión en Chile por la macroeconomía que nos hemos acostumbrado a hablar en porcentajes e indicadores globales. Éstos dejan a todos contentos, especialmente cuando se presentan en gráficos. Así, en los últimos veinte años ha sido fácil creer que somos los jaguares de América Latina, que teníamos pleno derecho a entrar a la OCDE y que el terremoto lo viviríamos “más como Japón que como Haití”. Pero, por sobre todo, y mirando con comprensión al resto de América Latina en el medio de la crisis, hemos creído que “nuestros gobernantes han hecho las cosas bien”.