google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

Socialismos reales y ¿capitalismos ideales?

Regresé hace unos días de La Paz, Bolivia, adonde viajo con cierta periodicidad, por motivos familiares. Apenas traspaso el umbral de la casa de mi hija donde me hospedo, me enfrento a un alto de diarios y revistas con las que ella me espera junto al mate de coca para sobrellevar el sorotchi.

La verdad es que ya no me sorprende la calidad del periodismo boliviano; sí, me causa cada vez más envidia al compararlo con la prensa diaria de nuestro país. Es así, que un artículo publicado el 30 de mayo recién pasado, en el suplemento dominical “Ideas”, del periódico diario  “Página Siete”, de reciente creación, atrajo, especialmente, mi atención.

Se trata de la nota firmada por el periodista Pablo Stefanoni, (editor de Le Monde Diplomatique, Bolivia),  titulada “Socialismos”. El autor plantea que “más de un aspecto se debe tomar en cuenta, y más de otro no, al repensar el socialismo de hoy en relación al siglo XX”, y que “el debate avanza lento y el balance del socialismo del siglo XX- imprescindible para pensar el del siglo XXI- sigue siendo limitado”.

Sin embargo, hay un párrafo que deseo destacar, que me parece la idea central del artículo en comento: “El riesgo de que terminemos por llamar socialismo a cualquier variante keynesiana como ocurre por estos días, está muy presente, y con ello no quiero impugnar las potencialidades del keynesianismo sino simplemente llamar las cosas por su nombre”.

 Cabe, entonces, aquí la pregunta obligada: ¿cuáles son las categorías que  distinguen al socialismo del keynesianismo? A riesgo de parecer demasiado esquemático por la obligada síntesis (esta respuesta daría para varios artículos) intentaré esbozar algunas ideas que, espero, ayuden a aclarar o identificar estos dos conceptos económico-ideológicos.

Keynesianismo.

Se ha dado en llamar “keynesianismo” al pensamiento económico de John Maynard Keynes (1883-1946) expuesto en su libro Teoría general del empleo, el interés y el dinero. “Sus tesis contribuyeron a revertir la profunda crisis mundial de los años treinta- que fue la gran crisis de la economía liberal de libre empresa- mediante la reflation, o sea, la política deliberada de expandir la demanda agregada a fin de estimular la economía por la vía del mejoramiento del poder de compra de la gente y del aumento del consumo”. (1)

La teoría keynesiana explica la recesión de una economía y el desempleo estructural por el subconsumo de la población. Por eso sugiere la intervención del gobierno en la economía a fin de estimular la demanda y reactivar la actividad económica por la base social, esto es, de abajo hacia arriba.

“Contradiciendo los planteamientos de los economistas clásicos de que, para afrontar el problema del desempleo, la solución era reducir los salarios a fin de que la perspectiva de mejores utilidades induzca a los hombres de negocio a invertir, (el subrayado es nuestro), Keynes sostuvo que el recorte de los salarios disminuiría la demanda agregada –esto es, la demanda total de bienes y servicios producidos dentro de una economía, incluida la demanda del gobierno y la de exportación- que es uno de los factores más importantes para estimular la economía. La disminución de salarios- pensaba Keynes-,  lejos de amainar el problema de la desocupación, produciría una mayor declinación del empleo”. (2)

Keynes, además, sostenía  “la importancia vital de establecer ciertos controles centrales en asuntos que actualmente se dejan casi por completo en manos de la iniciativa privada. El Estado tendrá que ejercer una influencia orientadora sobre la propensión a consumir, a través de su sistema de impuestos, fijando la tasa de interés y, quizás, por otros medios…Creo, por tanto, que una socialización bastante completa de las inversiones será el único medio de aproximarse a la ocupación plena; aunque esto no necesita excluir cualquier forma, transacción o medio por los cuales la autoridad pública coopere con la iniciativa privada. Pero fuera de esto, no se aboga francamente por un sistema de socialismo de estado que abarque la mayor parte de la vida económica de la comunidad”. (3)

Como se puede apreciar, el keynesianismo se refiere, específicamente, a una teoría económica de la sociedad. Se podría afirmar, que es el planteamiento que permeó la política económica de la socialdemocracia europea (especialmente los países nórdicos), durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX. La socialdemocracia tenía plena  conciencia de las deficiencias del mercado.  Sabía que en él se marcan tendencias permanentes hacia la concentración del ingreso, la eliminación de la competencia, el olvido de las necesidades públicas básicas, la despreocupación por el pleno empleo y por la estabilidad monetaria, la desatención de las necesidades futuras y el desinterés por la protección ambiental. Para suplir tales deficiencias o corregir las deformaciones, el Estado debía estar  atento para intervenir en el mercado.
  
Sin embargo, ya a principios de la década de los ’90, James Petras, al criticar a los ideólogos del socialismo pragmático surgidos en América Latina, planteaba que “el segundo error serio en la alternativa pragmática es la concepción idealizada de la trayectoria de la socialdemocracia europea. Presenta básicamente una versión de la socialdemocracia del norte de Europa en los 60 y 70, que tiene poca o ninguna relación con lo que sucede ahora y –ciertamente- es diferente a las políticas adoptadas por la socialdemocracia  de los países del sur de Europa. Extrapolan la política de la socialdemocracia del “estado de bienestar” desde la fase expansiva del capitalismo europeo en un tiempo en que los partidos comunistas, los países socialistas y la izquierda extraparlamentaria constituían formidables competidores y ejercían fuertes presiones. Al descontextualizar la política de la socialdemocracia europea de su realidad histórica, fracasan al explicar el giro decisivo que tuvo esa corriente hacia políticas liberales en los años 80 y 90. Las medidas de alto desempleo, privatización y reducción de gastos sociales, aplicadas en diverso grado por todos los regímenes socialdemócratas, nublan la visión que presentan los pragmáticos latinoamericanos”. (4)

Socialismo.

La palabra socialismo fue acuñada en 1832 por Pierre Leroux, seguidor de las ideas de Saint-Simon, en oposición a individualismo. Sin embargo, las sociedades primitivas estaban organizadas en comunidades socialistas, pues los bienes pertenecían a quienes los necesitaban y no se producían excedentes susceptibles de ser acaparados por unos pocos. Si bien se ha dado en llamar socialismo a varios ordenamientos del pensamiento político-social, desde el socialismo utópico hasta la socialdemocracia, varios tratadistas al hablar de socialismo, se refieren al socialismo científico o, sencillamente, marxismo.

“Por marxismo se entiende el conjunto de las ideas, de los conceptos, de las tesis, de las teorías, de las metodologías científicas y de estrategia política, en general, la concepción del mundo, de la vida asociada y de la política, considerada como un cuerpo homogéneo de proposiciones hasta llegar a constituir un verdadera “doctrina”, que se puede extraer de las obras de Kart Marx y de Friedrich Engels”. (5)

En esta cosmovisión de la doctrina marxista, se distinguen tres aspectos esenciales: el filosófico, que es el materialismo dialéctico, el aspecto político, que es el materialismo histórico, y el aspecto económico que es el análisis de las relaciones del producción que se dan en la sociedad capitalista y que comprende tres partes: la teoría del valor, la teoría de la plusvalía y la teoría de la acumulación capitalista.

Haré  un esbozo sólo del aspecto que se refiere a las relaciones de producción, pues se trata de analizar las categorías  que distinguen a las teorías económicas del keynesianimo y del marxismo.

La teoría del valor sostiene que el trabajo es la sustancia de éste, es decir, que las cosas valen en proporción a la cantidad de trabajo humano que a ellas se ha incorporado. Los otros factores de la producción –capital y tecnología- son subalternos. Los bienes económicos valen por la cantidad de trabajo que contienen. Las cosas, cuando se destinan al cambio comercial y no al uso inmediato, se llaman mercancías y constituyen, en concepto de Marx, la célula fundamental  del sistema económico capitalista. Lo fundamental en el sistema capitalista no es comprar para consumir, sino para vender. Las mercancías tienen un precio, que debiera ser la expresión monetaria del valor. Sin embargo, en el sistema capitalista, precio y valor difícilmente tienen relación, debido a las distorsiones del mercado.

A partir de la teoría del valor, Marx formuló la teoría de la plusvalía que explica el origen de los beneficios o ganancias de los dueños del capital. El trabajador se ve obligado a vender su fuerza de trabajo y, a cambio de ella, recibe una determinada remuneración. Sin embargo, lo que crea con su fuerza de trabajo durante su jornada laboral, es muy superior al salario que recibe por la riqueza generada; el dueño del medio de producción, se beneficia con la diferencia. Ésta es la plusvalía, o sea, trabajo no pagado.

La acumulación de capital es, entonces, el proceso de transformación de la plusvalía en capital, cuya ley señala que a mayor plusvalía mayor acumulación de capital, y a la inversa, a mayor acumulación de capital, mayor  plusvalía.

El socialismo, en resumen, partiendo de una crítica severa al capitalismo, aboga por la transformación esencial de la sociedad capitalista en una sociedad socialista. Si bien Marx analiza las condiciones deplorables de la producción capitalista de la Inglaterra decimonónica, las sociedades que han creado los capitalismos reales, se caracterizan por la explotación en grados superlativos  de los trabajadores,  de los recursos naturales, de los países, en fin, de la humanidad entera, sin escatimar ningún recurso (guerras incluidas), para seguir acelerando el proceso de acumulación de capital. ¿Quedará algún sobreviviente que pueda usufructuar de ese capital?

(1) Rodrigo  Borja, Enciclopedia de la política, FCE., México, 1997.
(2) Ibidem.
(3) John Maynard Keynes, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, FCE.,                                                         segunda edición, 1974, pp. 332-333.
(4) James Petras, “El futuro del socialismo”, revista Punto Final, Santiago, agosto 1974.
(5) Norberto Bobbio y Nicola Matteucci, Diccionario de política, Siglo XXI. México, 1982.