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Existe preocupación en el país por el aumento del número de separaciones por sobre el de matrimonios. También por los plazos que están durando las uniones matrimoniales. Es cada vez más común escuchar que hombres y mujeres se refieren a sus “parejas” en vez de a sus maridos o esposas.
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Los sectores más conservadores adjudican el fenómeno a la “ausencia de valores” y quizás a la falta de religiosidad. Implícitamente acusan de ello a la izquierda, identificada por éstos como detractores de la religión y de la familia.
Sin embargo, para profundizar en el análisis deberíamos hacer algunas reflexiones sobre los pilares productivos en los que se sustenta el país y los cambios estructurales que éstos han sufrido en los últimos cien años.
Luego de formarse en Chile el Estado Nacional y a raíz de la Guerra del Pacífico, se consolidan las principales fuerzas sociales alrededor de los enclaves mineros del salitre y el carbón y del latifundio en el campo. Posteriormente, el fin de la era salitrera significa que vastos contingentes mineros deban emigrar hacia las zonas urbanas conformando así la clase obrera industrial en la que se encarnan sus valores, costumbres y formas de organización.
Tanto en las salitreras, como en las minas del carbón, y debido a su aislamiento, las propias empresas construían asentamientos y campamentos donde los trabajadores vivían con sus familias. En ello se destacaron las oficinas salitreras que llegaron a constituir pequeños centros poblados con todo tipo de actividades culturales y sociales. Particularmente para los empresarios salitreros era vital la estabilidad del trabajador y su permanencia en la zona de trabajo y en ello la familia jugaba un rol principal. La literatura nacional, desde Volodia Teitelboim a Hernán Rivera Letelier, relata las vidas de las familias en las respectivas Oficinas donde los trabajadores aprendían tanto a bailar vals como a organizarse en Mancomunales y Sociedades de Ayuda Mutua. En ese aislamiento, la familia y la organización social eran igualmente necesarias para la empresa y el trabajador. Ninguna otra forma de organización doméstica era posible sin desintegrar el establishment. Al contrario de lo que podría pensarse ahora, en esos conglomerados profundamente conservadores desde el punto de vista valórico, nace el Partido Obrero Socialista que luego se transformara en el Partido Comunista de Chile. Para Luis Emilio Recabarren, Elías Lafferte y otros líderes del movimiento obrero, el respeto a la familia y a la mujer eran sagrados. Era imposible que se mantuvieran situaciones de violencia intrafamiliar en medios tan altamente socializados y con una militancia llena de derechos y deberes hacia la comunidad.
La vida en los campamentos del carbón, más dura, tanto por clima como por condiciones laborales, también tuvo como pilar una familia muy integrada y estable, donde la mujer compensaba con su fortaleza el rigor y riesgo de la extracción carbonífera que realizaba el padre proveedor, como bien lo relata Baldomero Lillo en sus Sub Terra y Sub Sole. Estas características perduraron hasta 1973, pese a la militancia comunista mayoritaria de los mineros del carbón.
Al mismo tiempo, la servidumbre y el inquilinaje en el campo requerían de familias para el mejor apoyo al gran señor que, aunque cobrara el derecho a pernada, exigía estabilidad familiar y buen comportamiento del inquilino con sus familias. Sin éstas, el sistema no funcionaba. Mujeres solas sin el Jefe de Hogar eran expulsadas del latifundio, porque desestabilizaban el entorno y ofrecían una mano de obra inútil para el tipo de producción extensiva de la época. Eso se grafica dramáticamente cuando el Chacal de Nahueltoro mata a la inquilina y sus hijos después de haber sido expulsada del fundo debido a su viudez. El Chacal los crucifica poniendo piedras en las manos y en los pies a los muertos en forma de cruz, ya que en su demencia alcohólica comprende que no hay cabida en el campo para que sobreviva una viuda con hijos y que es mejor redimirlos con la muerte.
Diferente es la situación actual de la mayoría del país. La mayoría de la población trabajadora es vulnerable y lo es principalmente por el tipo de trabajo precario que realiza en servicios de baja calificación. Los asentamientos habitacionales son frágiles, desvinculados de las fuentes de trabajo y de la protección del empresario y no dependen del trabajo dada su alatoriedad. El trabajo temporal en el campo por definición no tiene asentamiento fijo y la mayor parte del trabajo en la agroindustria, por su delicadeza, requiere mayoritariamente mano de obra femenina e infantil lo que transforma el tipo de familia patriarcal que daba un papel preponderante al Jefe de Hogar varón y proveedor. Ahora, el trabajador debe desplazarse en diferentes zonas, según lo demanden las labores culturales a las que puede acceder, situación en la que la existencia de una familia tradicional es más una carga que un apoyo.
En los sectores mineros los campamentos han desaparecido, junto con la estabilidad en el trabajo. La alta tecnificación de los sectores mineros más desarrollados ha disminuido considerablemente el número de puestos de trabajo y ha externalizado gran parte de las tareas de la mina. De esta manera, existe una combinación de un bajo número de trabajadores altamente calificados con la externalización a pequeñas empresas que proveen una multitud de empleos inestables e itinerantes como el de pirquineros o de los trabajadores que buscan minerales en los deshechos o relave de las minas. Trabajo individual y competitivo, a diferencia de la forma de organización productiva anterior que se caracterizaba por la solidaridad en las cadenas productivas. Un caso parecido es el de los pescadores artesanales que ya no pescan, sino que recogen los deshechos de los grandes barcos factorías que arrasan con toda la fauna marina.
Los cambios que esta nueva realidad ha producido en la dignidad del trabajador son materia de otras reflexiones, pero es evidente que la ausencia de familia no puede explicarse en el campo de la religión y los valores. Es necesario previamente analizar las consecuencias de la inexistencia de asentamientos permanentes ligados a la producción, de contratos indefinidos y la vulnerabilidad y fragilidad que todo ello lleva consigo.
A mi juicio, la inseguridad del conjunto del sistema para proveer trabajo estable es lo que ha destruido a la familia.
