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En la esquina una muralla rota de la casa. Enfrente, el pituco mal oliente que dice usar perfumes de marca y me tinca que es puro miado de gato. Más allá, hacia la otra esquina del barrio, las casas pobres y sin pavimentos en la calle. Al morir el día, medio alcoholizado y lleno de remordimientos por tanto cahuin que corre por los barrios de Chile, la noche es más bulliciosa porque los obreros siguen tomando sus garrafas de vinos y juegan a los dados o a la rayuela. Todo el vecindario en la calle.
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Un barrio común y corriente, cogotean de noche y de día. En verano, nadie lleva un reloj en su mano porque pasan por pavos o turistas vueltos del exilio. En invierno tampoco llevan relojes porque los empeñan para comprar parafina o carbón para calentar la casa.
Uno que otro anda con su reloj pero estos son los pacos o los ratis.
En la puerta del almacén de don Daniel, su hija, joven y media caliente, muestra sus muslos a un cliente. Llegan los comentarios desde las ventanas de las casas. Por un instante se piensa vivir en una barrio de las putas.
Como todas las calles de Santiago, están sucias. Me dijeron, hocicones, no siempre están tan limpias como ahora. Por cuatro años tuve que vivir con gente convencida de ser humana. Para mí, lo digo con franqueza, no siempre me gustó la idea de ir a dormir a mi casa. Los fines de semana no se dormía porque todos los santiaguinos se creen con el derecho de meter bulla, de matarse, de putearses y hasta de creerse sombras de sus propios muertos.
Antes de llegar al infierno, viví en otro, pero más purgatorio que infierno. Allí los cogoteros te preguntaban si llevabas plata… si decías no… te daban un cigarrillo y te recomendaban de trabajar para luego poder ser cogoteado. A uno le daban ganas de abrazarlos y de pedirle el número de teléfono para avisarle el día que trabaje…, y también la fecha de pago.
Una noche, en mi propia cama, encontré la mujer del pituco. Estaba completamente borracha. Sospeché que el pituco la había botado de su casa, para separarse de ella y cargarme una mujer que no me era simpática.
Al fondo de la otra calle hay un conventillo. Ahí hay que entrar caminando de espalda para que crean que vas saliendo. Pensé de llevársela a la vieja charo para que le hiciera una brujería y nunca más tomara.
El día era como la noche. Oscuro.
Al entrar al conventillo, un perro me atacó con odio. Abandoné la mujer del pituco y busqué refugio en la casa de un tal Monroe. Al ingreso de la casa, dentro de una especie de cueva prehistórica, unas mujeres soplaban un brasero. Le pedí que alejaran al perro, pero me ignoraron. Yo llevaba casi quince minutos dentro de la casa. Hubiera querido gritar, tocarlos y decirles que estaba viendo todo lo que estaban haciendo. Las dos mujeres lograron encender el carbón del brasero y pusieron en una parrilla la mano del tal Monroe. Fuera de la casa el perro seguía ladrando… Entre el terror y la confusión entró el hijo del tal Monroe y le sacó la mano del fuego.
Las dos mujeres rieron, diciendo:
-¡Por Dios hijo, la mano de tu padre es como de yeso y no se asa nunca !
Seguí mirando con la boca abierta. Era difícil comprender si estaba soñando o era parte de un capitulo absurdo de una comedia mexicana. Al llegar el Monroe a mi lado… sentí que su mano lanzaba un hedor a carne asada. Se me antojaba comer carne en un momento critico de mi vida. El hombre me pidió que le diera un mordisco a su mano… Estaba por morderla pero cambié de idea. Se ofendió y sus ojos se le nublaron como bolitas de masa.
Pero sobre todo me asustó su lengua larga y ancha que dejó caer de su boca grande.
No recuerdo lo que sucedió después porque me desmayé. Pero el hecho de haberme despertado en la casa del pituco y más encima en la cama con su mujer…, me estaba cambiando la suerte de mi vida.
Estamos en “Santiago”, por mucho que deseara estar en Concepción, jamás olvidaría mi pasado.
El pituco estaba preparándome el desayuno… y unas monjitas lo ayudaban.
Quise levantarme pero me habían almidonado las piernas.
En la cama, junto a la mujer más antipática de mi vida…, me estaban sirviendo un desayuno todo “Santiaguino”, dos huevos fritos, un buen bistec y pan marraqueta.
Existía, claro está, la carne en la casa del pituco.
Toda mi historia con la mujer del pituco parece más a cuentos de Chapulin Colorado. Pero ahora esa mujer es madre de dos hijos míos.
Una tarde tuve que botar una olla con comida vieja. Una de las monjas me vio y, a manera de castigo, fue a contarle al pituco que yo era un anticristo. Me almidonaron todo el cuerpo y me crucificaron a la cabecera de una cama de la monja. Propuse que mejor me mataran pero que no me dejaran colgado en una cruz.
-¿No deseabas vivir en “Santiago”?
Estaban locos. Creían que todos son como ellos……
-No es Santiago -dije-, es una casa de orate.
-No, tonto -me dijo la monja-, estamos en “Santiago”.
Oscar, mi hijo mayor, vestía como los romanos y tenía ojos de loco. Le ordené de salvar mi vida… Me dio dos azotes con una rama de colihue.
-Esto es “Santiago”- me dijo-.
A medida que me iban azotando, mi corazón se iba paralizando. Estaba feliz aquel día porque moría en Santiago.
Por fin alcancé la muerte…
-Aquí llegué -dije, y sentí que me oprimían el cuerpo.
Lo primero que me extrañó fue que desperté amarrado en una silla.
-¿Hernán Corales, preguntó un hombre, Cuál es la dirección del comité central de tu partido clandestino?
Me sentí perdido. De pronto, no supe cómo contestar. Me habían torturado y drogado. Vi decaer mi historia delante al torturador.
Se sintió un disparo en otra pieza. . Salió un hombre grande y manchado de sangre. Pasó por mi lado y me sonrió.
Enmudecí para siempre. Se me mató, eso dicen, pero volví a salir de unas matas de algodón.
Los años pasaron. “Santiago” fue durante mi estadía en Chile como la corona de espina dejada en la cabeza de Cristo.
Hoy he vuelto a Chile. 18 años de exilio. He vuelto…, pero ya no existe el barrio. Pregunté a una señora… en que lugar me encontraba…
-En “Santiago”
Y yo me puse a llorar.
