“…aunque la ciudad a veces parezca Fort Apache a punto de claudicar, aunque a veces tu pena exhale un perfume muy dulce y se apaguen los cuerpos, acuérdate de vivir. En este mundo de emergencias rutinarias es indispensable recordarlo. A pesar de que el reloj consuma nuestras horas y el tedio congele nuestros sueños. O por eso. Memento vívere”. (Ismael Serrano)
Y lo hacía, nada más y nada menos, que en uno de sus edificios más emblemáticos, ubicado en pleno centro de la ciudad, “El Teatre Metropol” (nombre que recibió por los años ’30 cuando se instauró la República) obra modernista del mismísimo bouffet del universal arquitecto catalán Antoni Gaudí, por encargado del entonces Patronato Obrero Católico. Si bien él, personalmente, dirigió el proyecto, fue su lugarteniente, y uno de los más cercanos colaboradores el arquitecto “tarraconense” Josep Maria Jujol, a quien le correspondió la supervisión directa de la ejecución de las obras de este magnífico colosseum, inaugurado por allá por el año 1908. Fiel al maestro estuvo con él en sus más afamados e inmortales proyectos, Parque (Parc) Güell, Casas Batlló y Milá.
El diario católico “La Cruz”, así reflejaba, por entonces, ese día inaugural “notabilidad artística de la ciudad, de originalidad poco común, con profundo estudio de la estética, de las necesidades de visualidad, higiene y comodidad. Prevaleciendo en el mismo la idea de que los espectadores, donde quiera que se situaran, tuvieran una perfecta visión del escenario». (…) Por encima de todo, destaca la depurada manera de hacer, que se acusa con solo citar los nombres de Gaudí y de su ayudante, nuestro compatricio Sr. Jujol”
Precisamente, este apreciado encuentro con Ismael Serrano se dio en el marco del programa de celebración del centenario de esta notable construcción modernista, celebración no exenta de polémica y crítica al destinar -por parte del gobierno local- una fuerte suma de dinero (se habla de 230.000) a este programa, entre los cuales están los honorarios de John Malkovich, quien presentará este jueves 20 de mayo The infernal comedy, en dos únicas funciones, “un concierto lírico teatral”, como él mismo muy bien lo ha definido, basado en las andaduras de una terrible criminal en serie y que cuenta, además, con la participación de la Orquesta Académica de Viena, ciudad en que fue estrenado el espectáculo. La polémica se suscita, precisamente, por el hecho de que el Ayuntament de Tarragona se ha negado a revelar cuánto es, realmente, lo que se le pagará al conocido actor estadounidense. La oposición (PP-CIU) lo tiene claro “hasta el último céntimo irá a parar a las arcas del artista”, han precisado sus voceros en más de una oportunidad.
Al margen del fuerte escándalo que enseñan los números, precisamente, cuando los vientos que agitan la dura crisis lo sacuden todo, la celebración no podría hacerse mejor, a nuestro entender, lo digo especialmente por la presentación de Acuérdate de vivir, la séptima producción de Ismael Serrano, desde ya aquel lejano año ‘96 en que se dio a conocer masivamente con Atrapados en Azul (y su espectacular single Papá cuéntame otra vez); notabilísima obra con la cual entró de lleno en los oídos y en los corazones de los amantes de la trova, especialmente, en aquellas juventudes del Cono Sur (donde se trasladará próximamente como parte de la presente gira), Argentina y Chile, luego los años vívidos de infierno. Entró con ella vertiginosamente, refrescando con unos aires tan honestos como rotundos la llamada “canción de autor”, género musical guiado señeramente por “Los Parra” y la Violeta, heredera del Víctor Jara y la “Canción Chilena”, de Silvio y Pablo y de la “Nueva Trova Cubana”, de Serrat y Raimon y de la “Nova Cançó, principalmente.
El título de esta nueva y madura entrega está tomado de una de las leyendas que acompañaban a los viejos relojes “pretende mirar al futuro, un futuro que no es mera conjetura, que no se lee en los posos del café, que no es el destino trágico e inalterable que escribieron dioses caprichosos”, explica Serrano con su ya acostumbrada sabiduría y sensibilidad. Con Memento vivere (Acuérdate de vivir), añade una vez más, “es como cuando se sueña con un futuro donde se rompen los espejismos, en el que estallan los oxímoron en el que el desempleado encuentra trabajo y redención, un futuro que se cuela por la ventana en forma de susurro, o que encontramos en un papel escrito en la cocina, en el que los ángeles vuelven a ver arder las calles, en el que en la pared de enfrente alguien escribe un saludo de paz, un buenos días”, concluye, para inscribirse, así, naturalmente y casi cotidianamente, en el ámbito de las pequeñas narrativas y las historias de vidas ene-ene (NN), toda una loa a la cotidianidad de una existencia entronizada por las turbulencias naturales y precarizada por la grave crisis financiera que no sólo nos golpea inclemente e injustamente el bolsillo sino también el alma de millones de nosotros.
En ese esperado viernes de la ciudad mediterránea, al igual que en Madrid, el teatro se abarrotó, casi tan de prisa como fue la venta de las entradas al espectáculo (no se podía entrar ni un minuto más tarde de iniciado el concierto) afortunadamente éste cuenta con la consabida y original disposición circular del teatro y su particular dimensión, “que los espectadores, donde quiera que se situaran, tuvieran una perfecta visión del escenario“.
Una mise en scène íntima, antes que intimista, confortable y cómoda en que Serrano nos recibe, en medio de una desbordada teatralidad, con un decorado/ambientación basado en la idea de un living room propio de un montaje teatral y realista. Un estar elegante, aunque decrépito y demodé, con todos los detalles del caso, en cuyo centro destacaba, claro está, un antiguo y enorme reloj de péndulo –cual leit motiv- a la par de un hermoso berger de piel marrón, unas alfombras persas, una barra de bar doméstico y un teléfono negro de discar. A ratos parece que estamos esperando el preset y la entrada de actores de una representación, antes que un concierto de neotrova.
De modo tal Serrano, se desdoblará suelta y cómodamente en un rol de cantor–narrador personaje (anfitrión) que recibe cotidiana y amablemente a sus amigos en casa. Ahí se despliega la (acción) velada, con unas palabras de bienvenida de este singular anfitrión cantor-narrador personaje, vestido elegantemente de traje de lino beige y corbata, invitándonos, cual voyeur, a recorrer las desoladas y patéticas existencias que habitan su finca (edificio departamento), una singular “comunidad de vecinos” perfectamente de alguno de los más conocidos y abigarrados barrios del viejo Madrid, léase “Mala Saña”, “Chueca”, “Latina”, “Tirso de Molina”, como se podía advertir en el telón de fondo que representa una ventana abierta a la antigua ciudad rutinaria, impersonal, gris y sin ilusión. Un potente despliegue escenográfico que se completaba con la presencia de sus músicos de siempre Fredy Marugán, Jacob Sureda y Javier Bergia, caracterizados igualmente, que le acompañaron de modo magistral, desde hace años, en coros, cuerdas (guitarra, bajo y contrabajo), percusión y teclados.
Esta original dispositio del concierto, al margen de un buen anticipo del talento narrativo del trovador, de exquisito y fino sentido del humor, con una muy articulada estructura narrativa -muy bien relata/actuada- opera dramatúrgicamente como perfecto correlato (acción subsidiaria) de la acción básica y central, el guión musical -¡menudo pie forzado!- del despliegue articulado y perfectamente concatenado de lo mejor del repertorio de este notable trovador urbano.
Tras la entrada de rigor, el parlamento inicial, de saludo-bienvenida, coloquial, distendido, simpático, muy cómodo y con un toque de fino de humor inteligente, abrió los fuegos con Te vas, para entrar de lleno a las canciones de su nuevo trabajo, algunas mostradas intercaladamente con las mejores composiciones de sus seis anteriores producciones, para gozo de sus incondicionales seguidores, así pasaron gratamente por nuestros oídos Vértigo, Caperucita, Extraña Pareja, Recuerdo, A las madres de mayo, Canción de Amor y oficina, y Canción para un viejo amigo y un largo etcétera en más de tres horas, de reloj.
Pero una de las canciones más largamente aplaudidas y sorpresivamente seguida por el público -un público más bien sobrio por no decir, derechamente, frío- luego de casi tres horas de concierto (el día anterior cantó casi cuatro horas en el monumental L’Auditori de Barcelona) fue Vine del norte, aquella hermoso y conocida canción de amor de La Memoria de los peces, que habla de Chile, de carretear, del pisco, de “La Moneda”, “Los Pacos”, “Los Parra”, del Víctor Jara y su Te recuerdo Amanda, etcétera. Para cerrar ya en un segundo bis, con entrada y salida completa de músicos, con Papa cuéntame otra vez, en esta ocasión con un pequeño giro letrístico, “ahora mueren en Bagdad los que morían en Vietnam”, que habla de su ineluctable afán de compromiso con la vida y sus causas universales, como hizo antes con el “zapatistas” del vilipendiado y casi extinto Sub Marcos, de las dignas y sufridas “Mujeres de la Plaza de Mayo”, o contando en el acto de homenaje al centenario del natalicio de Allende. Hoy apelando a las sórdidas conciencias del mal, machacándoles con los miles y miles de muertos que va dejando el capricho de Bush y sus secuaces por tener una buena base militar en Oriente Medio que le garantizara el petróleo que reclama la economía estadounidense para seguir creciendo y engordando a los “fondos especulativos” y las cuentas de los poderosos en los “paraísos fiscales”.
Al final del concierto, le visitamos en su camerino, pudimos intercambiar unas sinceras, gratas y reconfortantes palabras con él. Recordamos sus inicios y aquel mítico concierto en la Radio de la Universidad de Chile del ‘94 o ‘95, por allá por esas lejanas tierras, cuando un jovencísimo trovador español pegaba él mismo sus carteles (promocional) del concierto que daría más tarde en el salón de eventos de la emisora azul. “¡Uf! ¡Eso fue hace mucho tiempo!”. El mismo, que impensable y sorpresivamente, había recientemente dejado la facultad de ciencias, para tomar la guitarra y llenar con su poesía, su voz y sus acordes todo nuestro más íntimo goce estético, nuestros cansados corazones y nuestras maltratadas conciencias. Fueron muchas las inolvidables veladas del Teatro Oriente de Santiago de la mano de “Vicio Secreto”, en que le vimos, compartiendo escenario, con el pequeño gigante de la neotrova, el mexicano Alejandro Filio.
Ismael Serrano, es de esos artistas que no se cansan de sorprender con sus éxitos, pero te sorprende aún más por su sobriedad y sencillez, y si no fuera cursi decirlo, rayana en la humildad. Le felicité por el gran espectáculo brindado, por su obra, ya maciza y contundente, madura y consagrada. Me agradeció, sinceramente, como si no fuese merecedor de tanto halago, y a reglón seguido me preguntó por Chile. Me dijo que le dolía mucho Chile y que se sentía en deuda con Concepción.
Finalmente, le hicimos entrega (no estuve sólo en esa entrevista concurrí con la directiva de “Associació Allende a Tarragona”, una ONG chileno-catalana activista de los ideales que defendió el presidente mártir), digo le hicimos entrega de un pequeño pero significativo presente, una moneda de cobre chileno, por cierto, con la esfinge de Salvador Allende y un lindo pergamino, para agradecerle, según se dijo, “todo lo ha hecho por Chile y la causa de su pueblo, por la imagen y legado del Mejor de los chilenos: Salvador Allende”. Junto a las fotos de rigor, como para inmortalizar un breve instante, de nuestra cotidiana y simple historia de vida, nos despedimos con un “muchas gracias, suerte y hasta siempre”, confundidos con fuerte y caluroso abrazo, que al igual que sus versos y su música, sonó también, simplemente a sencillez y honestidad.
