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Bracitos Cortos se hizo rico bajo el reinado de un Ogro que, sin conocerlo, lo ayudó. Y luego más, bajo los gobiernos en que fue opositor. “Esas tarjetas son mías, anda a buscarlas a EEUU. y tráemelas, pequeño Bracitos” lo había mandado un día Claro. Entonces Bracitos viajó en avión muy lejos, y a la vuelta se quedó con todas las tarjetitas, porque las encontró muy bonitas, plásticas y de distintos colores, como ellas eran.
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Pasó el tiempo y un día Bracitos le dijo a su espejito:
“Espejito, espejito, ¿por qué tengo los brazos tan cortitos?”
“No importa, Bracitos, tus dedos son muy larguitos…”
“¿Y para qué sirven, espejito, los deditos?”
“Bracitos, no seas bobito, los dedos larguitos sirven para sacarse fácil los moquitos, indicar el caminito y metérselos en los bolsillitos”
“¿Y podremos llegar a ser tan desarrollados como Checoslovaquia, espejito?
“Difícil, Bracitos, porque hablar de Checoslovaquia es como hablar de Numancia o el imperio romano o el cartaginés…”
Y el pequeño Bracitos, que quería parecerse al Príncipe Encantador de Shrek, insistía: “Espejito, espejito, ¿habrá otro en el mundo que tenga más dolarcitos?” “Sólo unos poquitos: el Rey de Tailandia, el Sultán de Brunei, el Califa de los Emiratos, el Rey de Arabia y el Emir de Qatar, todos ellos hijos de sus papitos, de sangre azul y oro negrito…” “¿Y la Reina de Inglaterra o el Sultán de Omán o el Emir de Kuwait?” “A ésos ya les ganaste hace ratito”. Así se llevaba nuestro héroe todas las noches, después de levantarse muy tempranito porque le costaba dormir, hablando con su espejito. “¿Cuánto recibí en nuestra última operación televisiva, espejito? Antes ya había vendido mis avioncitos.” “Calculo que en ésta (pasadita) unos 150 millones de dolarcitos” dijo el espejito, y agregó, “Fuiste muy sabio, Bracitos Cortos, al posponer la venta hasta después de ganar el Festival de Viña del Mar, porque así te entraron muchos más dolarcitos y ya casi pillas al Sultán de Brunei y al otro que bien se te parece en Roma…” “¿El Papa?” preguntó Bracitos Cortos, que era muy cándido y, según su hermano bailarín, más bien huevón. “No, el Papa no, Bracitos Cortos” dijo el espejito, que a veces se cansaba de responder obviedades, “El Papa no puede poner a su nombre los dineros de la iglesia universal, aunque los administre, y además ha tenido que estar pagando no poca plata por los juicios de otros niñitos en contra de sus curitas… en el último tiempo, pequeño Bracitos”. Y siguió: “Hablo de Berlusconi, un fascista que se hace el demócrata, que controla la televisión de su país y alrededores, que se ha enriquecido bastante en el poder, y que funge de Jefe de Gobierno…” “Igual que yo, espejito”, dijo Bracitos, que era síncero y no sincero porque le gustaban los edificios lóngevos y no longevos, y hablaba de marepotos y tusunamis, y de enfermedades a las mamos, tan pequeño e ingenuo era el pobrecito, y se dormía, todas las noches en que podía dormir, imaginando cómo pudo vivir en su país Robinson Crusoe y ser famoso sin ser emprendedor, y cómo pudo sobrevivir Viernes a tanta soledad si era negrito. “No seas tan síncero, Bracitos, dijo el espejito, al que se le había pegado el mal hablar, y haz también como si te preocuparas de los otros ricos de tu país…” Una noche, antes de acostarse, Bracitos Cortos, pensativo y preocupado por lo rico que eran el Rey de Tailandia y el Sultán de Brunei, se acercó a su espejito y preguntó: “¿Hay alguien más rico que yo gobernando en América, espejito, espejito…?” “Ninguno, Bracitos, porque Bush, que te podía hacer sombra con lo ganado en la Guerra de Irak y otras cositas, ya no está en la Casa Blanca, y tu amigo Alvarito más bien tiene sus dineritos metidos en las droguitas” “Ay, qué bueno” dijo Bracitos, “¿Y qué otra cosita podré hacer para ganar más platita?” “Sigue como estás, sin hacer nada” dijo el espejito…”porque así son las reglas del planeta en que vives”… “Los accionistas, Bracitos, son tan huevoncitos, que creen que las acciones de las empresas que han sido o son de un Jefe de Gobierno, son más valiosas que las de cualquier otro ser humano botado a empresario, y entonces se duplica o triplica su valor en eso que se llama la Bolsa, que es donde vive tu hermano pero también es ese lugar de ensueño donde, con el sudor de tu frente y ahorrando coca cola, tus asesores te han hecho ganar tanta platita, pequeño Bracitos”. Entonces el pequeño Bracitos se durmió más o menos tranquilito, no sin antes haberse pegado golpes en las piernas, muchos pestañeos, varias muecas, unos diez brincos y hartos saltitos, que era lo que preocupaba a sus amigos que se decían y cuchicheaban en palacio…”¿Cuántos saltos y brincos y contorsiones hará Bracitos cuando se le ponga negra la cosa?”.
Y el pequeño Bracitos, que quería parecerse al Príncipe Encantador de Shrek, insistía: “Espejito, espejito, ¿habrá otro en el mundo que tenga más dolarcitos?” “Sólo unos poquitos: el Rey de Tailandia, el Sultán de Brunei, el Califa de los Emiratos, el Rey de Arabia y el Emir de Qatar, todos ellos hijos de sus papitos, de sangre azul y oro negrito…” “¿Y la Reina de Inglaterra o el Sultán de Omán o el Emir de Kuwait?” “A ésos ya les ganaste hace ratito”. Así se llevaba nuestro héroe todas las noches, después de levantarse muy tempranito porque le costaba dormir, hablando con su espejito. “¿Cuánto recibí en nuestra última operación televisiva, espejito? Antes ya había vendido mis avioncitos.” “Calculo que en ésta (pasadita) unos 150 millones de dolarcitos” dijo el espejito, y agregó, “Fuiste muy sabio, Bracitos Cortos, al posponer la venta hasta después de ganar el Festival de Viña del Mar, porque así te entraron muchos más dolarcitos y ya casi pillas al Sultán de Brunei y al otro que bien se te parece en Roma…” “¿El Papa?” preguntó Bracitos Cortos, que era muy cándido y, según su hermano bailarín, más bien huevón. “No, el Papa no, Bracitos Cortos” dijo el espejito, que a veces se cansaba de responder obviedades, “El Papa no puede poner a su nombre los dineros de la iglesia universal, aunque los administre, y además ha tenido que estar pagando no poca plata por los juicios de otros niñitos en contra de sus curitas… en el último tiempo, pequeño Bracitos”. Y siguió: “Hablo de Berlusconi, un fascista que se hace el demócrata, que controla la televisión de su país y alrededores, que se ha enriquecido bastante en el poder, y que funge de Jefe de Gobierno…” “Igual que yo, espejito”, dijo Bracitos, que era síncero y no sincero porque le gustaban los edificios lóngevos y no longevos, y hablaba de marepotos y tusunamis, y de enfermedades a las mamos, tan pequeño e ingenuo era el pobrecito, y se dormía, todas las noches en que podía dormir, imaginando cómo pudo vivir en su país Robinson Crusoe y ser famoso sin ser emprendedor, y cómo pudo sobrevivir Viernes a tanta soledad si era negrito. “No seas tan síncero, Bracitos, dijo el espejito, al que se le había pegado el mal hablar, y haz también como si te preocuparas de los otros ricos de tu país…” Una noche, antes de acostarse, Bracitos Cortos, pensativo y preocupado por lo rico que eran el Rey de Tailandia y el Sultán de Brunei, se acercó a su espejito y preguntó: “¿Hay alguien más rico que yo gobernando en América, espejito, espejito…?” “Ninguno, Bracitos, porque Bush, que te podía hacer sombra con lo ganado en la Guerra de Irak y otras cositas, ya no está en la Casa Blanca, y tu amigo Alvarito más bien tiene sus dineritos metidos en las droguitas” “Ay, qué bueno” dijo Bracitos, “¿Y qué otra cosita podré hacer para ganar más platita?” “Sigue como estás, sin hacer nada” dijo el espejito…”porque así son las reglas del planeta en que vives”… “Los accionistas, Bracitos, son tan huevoncitos, que creen que las acciones de las empresas que han sido o son de un Jefe de Gobierno, son más valiosas que las de cualquier otro ser humano botado a empresario, y entonces se duplica o triplica su valor en eso que se llama la Bolsa, que es donde vive tu hermano pero también es ese lugar de ensueño donde, con el sudor de tu frente y ahorrando coca cola, tus asesores te han hecho ganar tanta platita, pequeño Bracitos”. Entonces el pequeño Bracitos se durmió más o menos tranquilito, no sin antes haberse pegado golpes en las piernas, muchos pestañeos, varias muecas, unos diez brincos y hartos saltitos, que era lo que preocupaba a sus amigos que se decían y cuchicheaban en palacio…”¿Cuántos saltos y brincos y contorsiones hará Bracitos cuando se le ponga negra la cosa?”.
