google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 19, 2026

TELESCOPIO: Las indelebles y porfiadas marcas del nacionalismo

 Según Albert Einstein, “El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad”. Pero, con porfiada insistencia, el nacionalismo se las arregla para hacerse presente, desde Chile donde estos días se aprestan a marcar con rimbombante fanfarria un nuevo aniversario de un combate naval que no fue mayormente definitorio en una guerra que al final ganó Gran Bretaña; pasando por la provincia de Quebec donde un viejo separatismo trata de resucitar a treinta años de un primer y fracasado intento de inventarse un país; hasta España donde nacionalistas vascos concuerdan con la derecha en condenar al juez Baltasar Garzón.

Una gran ilusión fue quizás la esperanza que enarbolaron los bolcheviques y otros revolucionarios en las primeras décadas del siglo pasado cuando pensaban que el internacionalismo proletario, esto es la solidaridad nacida de la comunidad de intereses de los trabajadores sin distinción de fronteras, superaría el sentimiento nacionalista que parecía tan arraigado, pero que en verdad era producto de condiciones históricas; por lo tanto, una ideología susceptible de ser modificada e incluso removida de las conciencias.
 
La fuerte posición antibelicista e internacionalista de Lenin y demás revolucionarios al estallar la Primera Guerra Mundial, hacía pensar que efectivamente el viejo nacionalismo estaba en retirada. Una convicción que parecía reafirmarse al fundarse la Unión Soviética en 1922, como una “unión de libres repúblicas”. Los extremos a que llevó el fascismo y el nazismo contribuyeron a arrinconar aun más las ideas nacionalistas (en estricto sentido hay que aclarar sin embargo que si bien todos los fascismos son nacionalistas, no todos los nacionalismos son fascistas, la distinción es importante, pero no obsta en concebir el nacionalismo como ideología básicamente retrógrada, sea que se manifiesta en su forma más burda y feroz o en su manera más civilizada y democrática).
 
Se adelanta el calendario en setenta años y he aquí que a finales del siglo pasado encontramos a varias de las otrora “fraternas repúblicas” soviéticas agrediéndose mutuamente: ciertamente no quedó ahí mucho del internacionalismo proletario. ¡Para qué decir de la otra experiencia federativa y supuestamente fraterna: Yugoslavia! Ya a la muerte de Tito ese ahora desaparecido país empezó a experimentar tensiones y terminó en un estallido tan trágico que fue escenario de al menos dos genocidios principalmente – aunque no exclusivamente – impulsados por el nacionalismo serbio, la nación que había sido hegemónica en la antigua Yugoslavia. (La verdad sea dicha: Yugoslavia fue siempre un estado artificial: creado a instancias británicas como su estado cliente en los Balcanes al fin de la Primera Guerra Mundial en 1918, como tal fue desde entonces una frágil superestructura manejada por las clases dominantes de Serbia, Croacia y Eslovenia, y mantenida gracias a complejos equilibrios lingüísticos y religiosos. El establecimiento de un estado socialista a fines de la Segunda Guerra, bajo el férreo control del carismático líder guerrillero croata Josip Broz, Tito, pareció darle estabilidad, viabilidad y hasta una identidad a la federación, pero como todos sabemos eso fue más bien una ilusión, en los años 90 los pueblos que habían convivido bajo una misma bandera se lanzaron en la más encarnizada y sangrienta de las guerras europeas de fines de siglo. La vieja consigna de Marx, “¡Proletarios del mundo uníos!” parece que en los Balcanes se había trocado en algo así como “Proletarios del mundo, agarraos del cuello…!”)
 
Por cierto Chile no es extraño a los excesos nacionalistas, desde pequeñas expresiones de la cultura popular como los chistes en que – con obsesiva insistencia – se intenta hacer blanco sobre argentinos, peruanos y bolivianos; hasta manifestaciones más formales de ese nacionalismo en el currículum de las escuelas y en la proliferación de desfiles e imaginería militar en las efemérides patrióticas. La dictadura militar por cierto exacerbó ese sentimiento nacionalista hasta lo repulsivo, pero en los años de retorno democrático la verdad es que no se hizo mucho por cambiar ese discurso oficial. No es de sorprender que con la Derecha de vuelta en el poder político del Estado, se retorne a ese discurso nacionalista más burdo. Habrá que ver qué características de despliegue patriótico tiene este 21 de mayo. (El énfasis en un episodio de la Guerra del Pacífico que básicamente no fue una victoria, aunque en estricto sentido tampoco fue una derrota: la pequeña Covadonga maniobró hábilmente haciendo encallar al más poderoso Independencia; en todo caso retrata el aspecto trágico – la muerte de Arturo Prat – como un elemento de motivación emocional, algo no exclusivo de ese incidente, históricamente otras derrotas o situaciones “no victoriosas” como Gallipolli para los australianos y el mismo Dunquerque para los británicos han sido utilizadas con el mismo propósito movilizador. Prat es nuestro héroe trágico, opacando el genio de Condell, el único real victorioso ese 21 de mayo).
 
Mayo también trae reminiscencias a los nacionalistas de la provincia canadiense donde vivo desde hace ya treinta años. Va a ser justamente tres décadas este 20 de mayo desde que un histórico referendo se llevara a cabo en la provincia de Quebec sobre si sus habitantes querrían darle mandato a su gobierno provincial para separarse de Canadá y eventualmente formar lo que en ese tiempo se llamó “soberanía-asociación”, básicamente el mantenimiento de lazos y estructuras institucionales para una suerte de mercado común entre lo que sería el nuevo estado independiente de Quebec y el resto de Canadá. Los quebequenses sin embargo no estuvieron muy de acuerdo con la idea: un 60% se pronunció por el No a la separación, sólo un 40% apoyó la idea de constituirse en un nuevo país. En lo personal, recuerdo muy vívidamente esos tensos momentos en la primavera (boreal) de 1980, recién instalado en Montreal. Los dos principales portavoces de las respectivas opciones están hoy muertos: el primer ministro canadiense de entonces (y también quebequense) Pierre Elliot Trudeau, y el premier provincial René Levesque; ambos desplegaron toda su pasión para convencer a la gente sobre la bondad de sus posiciones. Trudeau y la idea federalista se impusieron pero nunca lograron apagar del todo el sentimiento nacionalista que en 1995 condujo a un nuevo referendo, el cual también perdió aunque esa vez por un estrecho margen. Hoy el nacionalismo de corte separatista en Quebec todavía da muestras de vida, aunque con una creciente población de origen inmigrante que no tiene mayor simpatía por el separatismo pues teme algunos rasgos racistas que éste deja ver, para desazón de sus dirigentes más esclarecidos, y una juventud de habla francesa que se muestra más interesada en ingresar al mundo de los negocios a que su provincia ingrese como estado independiente a las Naciones Unidas; hacen dudar que el nacionalismo separatista se vaya a salir con la suya. De cualquier modo, ese nacionalismo disminuido también está ahí.
 
Al otro lado del océano, en los mismos días en que los sectores progresistas y antifascistas se muestran indignados por la suspensión de la que ha sido objeto el juez Baltasar Garzón, el mismo que hizo detener a Pinochet y ha procesado a antiguos represores argentinos, hay un sector que ha mostrado su desacuerdo con toda esta solidaridad con Garzón. Más aun, en los hechos ese sector aparece en plena coincidencia con los sectores más reaccionarios que han hecho de Garzón su chivo expiatorio. El sector al que aludo no es otro que el de los nacionalistas vascos, principalmente los que se alinean con las posiciones de ETA. La razón para esta actitud es simplemente que Garzón, en tanto que magistrado investigador, tuvo también encausados a miembros de esa organización.
 
La ETA es hoy un grupo ilegal en España, incluso sus partidos aliados que actuaban en la arena política han sido proscritos e impedidos de presentar candidatos en elecciones populares (un error que puede agregar más leña al fuego). El grupo armado vasco surgió en su momento como respuesta a la brutal represión que la dictadura de Franco imponía en las provincias vascas. Al revés de lo sucedido en el Quebec de antaño donde el francés a pesar de ser hablado por la mayoría tenía un status secundario, en Euzkadi el idioma vasco no tenía ni siquiera eso, era sencillamente proscrito y el hablarlo en público podía significarle cárcel al que lo hiciera. No hay que olvidar que fueron los muchachos de ese grupo armado los que realizaron la más audaz acción ya en las postrimerías de la dictadura: el atentado que costó la vida al primer ministro Almirante Luis Carrero Blanco en 1973. Un hecho que los opositores de la dictadura aplaudieron en ese momento, confiriendo de paso a ETA un sitial en los movimientos revolucionarios. Pero sin adaptarse a las nuevas condiciones, ETA ya en una España donde las naciones minoritarias gozan de una relativa autonomía, ha quedado relegada a un organismo varado en un tiempo pasado, enredado en un terrorismo sin mayor destino. Fue a esa ETA  devenida un fantasma patético de lo que fue en un momento como genuino movimiento transformador, con la que Garzón tuvo su entrevero cuando procesó a algunos de sus miembros. Agudizando más su propio aislamiento algunos nacionalistas vascos aun levantando viejas consignas se han prestado a coincidir con la derecha franquista en su persecución a Garzón.
 
Nacionalistas patrioteros que en Chile levantan una vez la bandera chauvinista en torno al 21 de mayo que si efectivamente quisiéramos hacer un gesto hacia el Perú simplemente debiéramos bajarle el perfil, no tenerlo más como día feriado, aunque la marina sí podría conmemorarlo como su día institucional, pero no más que eso. Nacionalistas un tanto venidos a menos aquí en Quebec, pero que en estos días levantan cabeza para recordar viejos tiempos cuando estuvieron a punto de lograr su objetivo, con la esperanza – espero que vana – de resucitar la causa. Nacionalistas vascos que en su versión más extrema han estado circulando por el peligroso sendero del terrorismo más que por una vía armada con respaldo de masas, y que hoy aplauden junto a la Derecha la suspensión de un juez que indudablemente hizo un gran trabajo en llevar a la justicia a los culpables de violaciones de derechos humanos en Latinoamérica y que se aprestaba a hacer lo mismo en su propio país, razón por la cual se le ha sancionado.
 
No se nos venga a decir que hay nacionalismos y nacionalismos, es cierto, gran parte de los movimientos emancipadores de nuestro continente en el pasado y de los países de África y Asia del siglo 20 tuvieron un importante componente nacionalista en su programa. Pero atención, la carencia de una concepción política más profunda, su mera formulación como reivindicación de intereses nacionales a veces vagamente definidos, aunque fáciles de asimilar por masas emocionales, llevó a que a medio siglo de esos movimientos liberadores, muchos de los estados que surgieron de esa ola anticolonial hoy se hallen en crisis, sacudidos por luchan internas muchas veces estimuladas por “nacionalismos regionales” o “tribales” y sus gobiernos sumidos en la corrupción. En unos cuantos casos el nacionalismo que liberaba del yugo colonial se convirtió en opresor él mismo, como cuando Indonesia – con complicidad estadounidense – invadió e intentó anexar a Timor Oriental. Otra muestra de ese nacionalismo opresor y expansivo de países emergentes contra otras naciones ha sido la ocupación ilegal del Sahara Occidental por Marruecos.
 
Si algo pues debe quedar en claro de todo esto, es que sea que hablamos de un nacionalismo de carácter simple, expresado de modo aparentemente inofensivo a nivel de la cultura popular, o sea un nacionalismo con real estructura e influencia social, política y a veces militar, su presencia representa un signo de retroceso político, de distracción de los genuinos intereses de los pueblos en especial de los de sus trabajadores, y peor aun a un nivel ideológico, la reiteración del absurdo principio que subyace en lo profundo de todo nacionalismo, aunque por cierto no se lo diga públicamente: “mi nación (tribu, grupo étnico, etc.) es mejor que el tuyo…”