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De entre las diversas lecciones que se desprenden de las elecciones británicas del 6 de mayo, aludo a dos que revisten especial interés y no sólo para el Reino Unido. Antes de desgranarlas, examino el desenlace logrado cinco días más tarde. Dado que los comicios habían producido un Parlamento ahorcado –situación que se daba por quinta vez en algo más de un siglo– y acicateados por los vendavales de la crisis financiera, tories y laboristas emprendieron una febril competencia por el apoyo de los liberal-demócratas.
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La segunda lección aconseja mirar con desconfianza los resultados inmediatos de ciertas innovaciones. Se acudió por primera vez a los debates directos, transmitidos por televisión, entre los líderes de los tres principales partidos. No comparto la noción de que estas confrontaciones sean inadecuadas para los regímenes parlamentarios. Los debates son, por lo general, útiles y los tres realizados en la elección británica fueron inteligentes y, por momentos, divertidos. Produjeron una expectativa de grandes cambios que distó de materializarse. El líder liberal-demócrata, tras brillar en los debates, más en el primero que en los dos siguientes, terminó aumentando en sólo uno por ciento la votación por su partido y perdiendo cinco posiciones en los Comunes. Es imposible demostrarlo, pero viendo los cambios de elección a elección, puede pensarse que el resultado habría sido el mismo sin los debates televisados.
La única ventaja que se atribuye a un sistema electoral como el británico es que produce gobiernos fuertes. En este caso y, como ya se dijo, en otras cuatro ocasiones en el siglo XX, no fue así. Es, por tanto, muy difícil entender que haya quien proponga que México elimine su procedimiento de ajuste proporcional a las elecciones de mayoría relativa por distritos. Reproduciría la sobrerrepresentación y subrepresentación que son patentes en el Reino Unido y que hemos padecido en México antes de las reformas.
La única ventaja que se atribuye a un sistema electoral como el británico es que produce gobiernos fuertes. En este caso y, como ya se dijo, en otras cuatro ocasiones en el siglo XX, no fue así. Es, por tanto, muy difícil entender que haya quien proponga que México elimine su procedimiento de ajuste proporcional a las elecciones de mayoría relativa por distritos. Reproduciría la sobrerrepresentación y subrepresentación que son patentes en el Reino Unido y que hemos padecido en México antes de las reformas.
La única ventaja que se atribuye a un sistema electoral como el británico es que produce gobiernos fuertes. En este caso y, como ya se dijo, en otras cuatro ocasiones en el siglo XX, no fue así. Es, por tanto, muy difícil entender que haya quien proponga que México elimine su procedimiento de ajuste proporcional a las elecciones de mayoría relativa por distritos. Reproduciría la sobrerrepresentación y subrepresentación que son patentes en el Reino Unido y que hemos padecido en México antes de las reformas.
