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Agosto 18, 2026

El KKK: el Kaso del Kura Karadima

Las posibles víctimas del Kura Karadima (K.K.) no eran indefensos niños o niñas fácilmente manipulables por tal o cual degenerado.  Tampoco eran secretarias abusadas por sus jefes, o secretarios municipales obligados a tener relaciones sexuales con sus alcaldesas. 

Su debilidad, su minusvalidez, no era etaria ni provenía de su subordinación funcionaria, familiar o vecinal.

Su debilidad, su fragilidad, tenía mucho de voluntaria.

Ellos habían escogido – si eso se puede escoger, y eso es así si uno acepta el libre albedrío – ser parte activa de la Iglesia Católica y aceptar todas sus creencias fundamentales.

Ellos consideraban (y consideran, si siguen siendo católicos) que existe Dios, que Dios tiene una voluntad, que Dios se encarnó en la especie más evolucionada de este diminuto planeta y que Dios, hecho ser humano, creó una iglesia –primero surgida en Asia y luego instalada en Roma- a la que pertenece el Kura Karadima, el que es, nada menos, “un sacerdote de Dios”.

Esa adscripción a la Iglesia Católica es, sin duda, la causa de la primera fragilidad de las posibles víctimas.

La segunda tiene que ver con la consideración que ellos tenían del Kura Karadima.

El Kura Karadima no era solamente, para ellos, “un sacerdote de Dios”, que ya era mucho. El Kura Karadima era “un hombre santo” (lo es aún para buena parte de los feligreses, especialmente feligresas, de la parroquia de El Bosque, enclavada en una comuna de alto per cápita en la que vive buena parte de la intelectualidad católica).

“Un hombre santo” es, para los feligreses, un católico excepcional, de excelencia, que dialoga con facilidad con Dios y que dedica buena parte de su tiempo y de su vida a la salvación de las almas de sus prójimos, que las víctimas más o menos conocían. En este caso, además, se trataba de un formador de dirigentes superiores de la institución (obispos) y colaborador, en su juventud, nada menos que del único santo chileno proclamado como tal por Roma, Alberto Hurtado Cruchaga, muerto a los 51 años cuando el K.K. tenía 32.
 
Detrás de quien los acosaba estaba Dios, detrás del hombre acosador la Iglesia, y quien les acariciaba los testículos era “un hombre santo”, el mismo que les perdonaba los pecados. ¡Fuerte situación! Pero una situación que se enmarcaba en la concepción voluntaria y la adscripción voluntaria que las posibles víctimas tenían, o tienen.
 
¿Existía, o existe aún, en las posibles víctimas, o en algunas de ellas, además de todo eso, una disposición a relacionarse sexualmente con personas del mismo sexo? ¿Una disposición a “enamorarse” de un hombre? ¿Una tendencia al homosexualismo o una legítima opción homosexual, aprovechada por el Kura Karadima como un hombre poderoso puede aprovechar la debilidad de una mujer? Puede ser, pero, en este caso, ello no constituye, a mi juicio, una fragilidad más de las posibles víctimas sino, de haber existido, una característica biológica, intelectual y emocional propicia.
 
¿Los abusos, de ser verdad, eran llevados adelante por el K.K. porque era pedófilo? ¿O porque era homosexual? Evidentemente por ambas razones, si no, no los habría cometido pero, sobre todo, fue abusador – fue posible su abuso-  porque era “sacerdote de Dios” y “hombre santo”, una persona que posee el imperio de salvarte del infierno, condiciones que lo hacían gracioso y superior, ser excepcional, padre y maestro, a los ojos de sus posibles víctimas.
 
¿Y el celibato? ¿El K.K. llega a lo que, eventualmente, llega porque fue obligado a ser célibe? La verdad es que, en un determinado cuerpo ideológico, en una determinada cultura, es absolutamente comprensible que a los religiosos distinguidos –hombres con facultades prodigiosas, que ostentan en sus manos, por ejemplo, la facultad de convertir el pan o el vino de cualquier sabor en Cuerpo de Dios-, se les imponga normas excepcionales y permanentes de conducta, como el celibato, el no pronunciar palabra alguna o la escasez aparente de bienes. El celibato no es norma exclusiva de los sacerdotes católicos de hoy sino que fue norma entre los ascetas y anacoretas hindúes y budistas. Para Buda el celibato constituía “la cumbre de la perfección”. Y el Mahatma Gandhi se autoimpuso un celibato a su manera y con jovencitas sólo para yacer y dormir pero celibato al fin.
 
El K.K., además, como otros abusadores, si son verdad los cargos, nunca fue célibe si por célibe entendemos una vida no sólo de soltería legal sino de abstinencia sexual.
 
El Kura Karadima ha sido acusado también de haber protegido, en 1973 (era en ese entonces un cincuentón), a quienes intentaron secuestrar al general Schneider y lo mataron. A mí me parece esa acusación la más grave. Se trataba, en el mejor de los casos para él, del ocultamiento de asesinos, prófugos de la justicia bajo el gobierno de Eduardo Frei Montalva, para no hablar de posibles contactos con Patria y Libertad,  terroristas de ultraderecha y agentes múltiples. ¿Supo algo la Iglesia Católica de ese entonces de esa situación? ¿Sabe algo de eso la jerarquía actual de la Iglesia Católica?

El secuestro-crimen del General Schneider fue ejecutado para provocar un golpe de Estado que impidiera el ascenso de Allende al poder y estableciera, en 1970, antes del gobierno de la Unidad Popular, una dictadura de extrema derecha.
 
Pienso que no es bueno para la sociedad – el escándalo actual lo demuestra- que la gente tenga una fanática concepción de Dios como la tradicional católica, una aceptación de la existencia de “hombres santos”  y sacerdotes egipcios en nuestra cultura y en nuestra sociedad, y, menos aún, el desarrollo de sectas reaccionarias que se sienten por encima de la voluntad ciudadana y de la institucionalidad democrática.

Que no es bueno.

No son buenos los K.K. ni los KKK.

Y pienso así legítimamente, como es legítimo que la mayoría chilena piense que no es bueno que haya masones, protestantes, mormones, agnósticos y ateos, gentes condenadas, por su porfía, a los avernos eternos.