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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: Cuestiones de semántica y política

El Internet ha llegado a ser una interesante tribuna para el intercambio de ideas en todo el mundo (bueno, hay que conceder que no todas las ideas que ahí se exponen vale la pena leerlas, pero el remedio es fácil, basta simplemente con recurrir a la tecla “delete”). A veces sin embargo el que pudiera ser un buen diálogo se convierte en un debate vacío, en parte porque los interlocutores no parecen estar hablando de lo mismo. La semántica está malogrando la política. 

Es lo que sucede con afirmaciones que muchas veces se hacen de un modo generalizador en que al final las palabras pierden su verdadero significado. Tómese por ejemplo el término “fascismo”. Por cierto no quiero revivir aquí el estéril debate que consumió muchas horas en los comienzos del exilio chileno (y también del de otros países sudamericanos) en torno a si la dictadura militar encabezada por Pinochet era fascista o no. Naturalmente las experiencias históricas son irrepetibles y nadie esperaba que todos los aspectos que caracterizaron a los fascismos clásicos: el italiano, el alemán y el español, por mencionar sólo a los que estuvieron en el poder político de modo más notorio, fueran a darse necesariamente en las experiencias como las de Pinochet. Por lo demás, recurriendo a la muy práctica distinción aristotélica, también habría que distinguir entre los aspectos esenciales – sin los cuales el fascismo no sería lo que es – de los aspectos contingentes o accidentales. Entre los primeros podría mencionar tres características centrales: en lo económico el control por parte de los grandes intereses monopólicos, fueran nacionales o internacionales, o una combinación de ambos; en cuanto a la forma de dominación el establecimiento de un brutal sistema de represión y terrorismo de estado; y en cuanto a su superestructura cultural-ideológica, el énfasis en un nacionalismo de corte patriotero, chauvinista con un fuerte acento sobre los supuestos valores de la patria encarnados en una fuerzas armadas que al mismo tiempo que reprimen, se las presenta como “salvadoras” de los valores más sustanciales del “ser nacional”. Aspectos contingentes o accidentales por otro lado podrían ser ciertas manifestaciones específicas del fascismo en cada sociedad, por ejemplo el antisemitismo y la supuesta superioridad racial aria presentes en el nazismo alemán no tenían ningún sentido en el contexto de los fascistas chilenos; lo mismo con la existencia de un partido que canalizara las concepciones fascistas como fue necesario en Italia o Alemania, los militares chilenos no precisaron de un partido, la estructura jerarquizada de las fuerzas armadas le servía igual o mejor que lo que hubiera sido una organización política.
 
Por otra parte, a menudo sucede que muchos se sienten inclinados a endosar el título de “fascista” a diestra y siniestra con mucha facilidad, con ello haciendo un mal servicio al debate político porque si al final el término se lo endilga a cualquiera éste termina perdiendo su real significado. ¿Hay tendencias fascistas operando al interior de las sociedades occidentales actuales? Sin duda que las hay, pero se hace un mal servicio a la precisión del lenguaje si empezamos a decir que todos nuestros enemigos son fascistas, porque entonces introducimos elementos de confusión en nuestro propio discurso político así como en las acciones prácticas que hay que emprender. Para ser más claro: el hecho que la Derecha haya ganado las elecciones presidenciales en Chile no significa el retorno del fascismo al poder político, simplemente es el retorno de un conglomerado político con una evidente orientación derechista, en el cual sin duda hay gente que alguna vez formó parte o apoyó a la dictadura, pero las circunstancias políticas son muy diferentes a lo que fueron en los años 80. Es importante no confundirse en esto. La manera de enfrentar a ese conglomerado ahora en el gobierno debe incluir formas que ciertamente no estarían disponibles si se tratara de un régimen fascista: representantes de las fuerzas de Izquierda y Centro en el parlamento (no que todos allí sean de fiar en cuanto a su fortaleza y claridad política, como lo señalé hace algunas semanas cuando los diputados socialistas emitieron su tristemente célebre diatriba contra Cuba, pero es una instancia que obviamente tiene un rol que jugar), presencia de las fuerzas opositoras en algunas instancias del Estado mismo como los municipios, incluyendo numerosas alcaldías, presencia de fuerzas opositoras en algunos centros que influyen en la sociedad civil como las universidades, colegios profesionales, federaciones estudiantiles, juntas de vecinos y ciertamente sindicatos. Por último, y sobre todo, como consecuencia posible de esta última presencia, el potencial para una adecuada movilización de las fuerzas sociales si ello es necesario, como lo ha sido en el pasado para protestar contra políticas educacionales o medidas que afecten a los trabajadores. Un gobierno de Derecha por definición es más probable que exacerbe diferencias y conflictos con las bases sociales, las fuerzas opositoras deben estar atentas a saber interpretar esas inquietudes y – en lo posible – hacer que las demandas de los trabajadores y otros sectores que se sientan afectados por las políticas de un gobierno derechista, se canalicen también hacia una conciencia política coincidente con las plataformas de los sectores políticos opositores, especialmente la Izquierda (si es que esta se maneja tácticamente bien por cierto y si es que es capaz de elaborar un programa coherente que los sectores sociales vean que vale la pena seguir). El desarrollo cualitativo de ese trabajo movilizador podría – eventualmente – llevar a que se pasara de reivindicaciones concretas o inmediatas como mejoras salariales o cambios en el sistema educativo, a demandas de mayor fondo político como el de una nueva constitución política.
 
Naturalmente nada de eso sería posible bajo un régimen fascista, por eso es necesario precisar que el sistema actual en Chile es el de una imperfecta (¿restringida, limitada? No voy a discutir por el calificativo) democracia liberal, pero que permite un cierto accionar que hay que aprovechar. Al menos la precisión semántica puede ayudar a esclarecer el accionar a seguir.
 
Pero no sólo la caracterización de nuestros enemigos es a veces confusa, aspectos programáticos que forman parte del bagage cultural de la Izquierda a nivel global suelen ser objeto de interpretaciones erróneas o al menos incompletas. En otro sitio de debates en el Internet veía como se enrostraba a los marxistas el tener entre sus aspiraciones programáticas la “dictadura del proletariado”. ¿Quién en su sano juicio puede aparecer públicamente abogando por la instalación de un sistema dictatorial? La famosa frase de Marx sigue penando sin que en muchos casos tengan cómo replicar, algunos se aferran porfiadamente al término por cuestionable e indeseable que la idea de una dictadura, cualquiera sea sus calificativos, pueda parecer; otros tratan de descartarla y aplican un cierto relativismo para en última instancia admitir que el concepto es erróneo y que por más que haya sido acuñado por Marx, sus seguidores del siglo 21 no tienen por qué considerarlo, el concepto estaría sencillamente obsoleto. Algunos, obnubilados por un afán de parecer objetivos o al menos equilibrados, van más lejos y enganchan ese rechazo al concepto de dictadura del proletariado como excusa para atacar a Cuba y hasta llegar a pedir que sus dirigentes convoquen a “elecciones libres”.
 
Pocos se dedican a desentrañar el misterio del término (¿cuánta gente lee a  Marx hoy día? ¿cuánta gente lee, punto?). Para empezar habría que decir que sí, Marx ciertamente eligió un término que se presta a interpretaciones ambiguas y se puede afirmar que no fue un término muy feliz. Pero al respecto – ya que hablamos aquí de semántica – hay que señalar que no es raro que ciertas palabras evolucionen en un cierto sentido diferente al usado originalmente. El término “tirano” originalmente simplemente significó rey o gobernante (término acuñado en la antigua Grecia) y que con ese significado aun se usa por ejemplo en Chile en la famosa fiesta a la Virgen de la Tirana (la Virgen Reina como se le presenta en el imaginario católico). Otro ejemplo es “imperialismo” hoy con una connotación negativa que no requiere mayor explicación, pero que hasta el siglo 19 fue utilizado por los británicos con un connotación positiva (para ellos naturalmente) ya que se consideraba la expansión imperial británica no sólo como beneficiosa económicamente para ellos, sino beneficiosa incluso para los pueblos conquistados que así recibían los favores de la civilización (evidentemente no todos se tragaban esa chapucera interpretación, pero la mayoría sí, no muy diferentemente de cómo la mayoría de los estadounidenses se tragaron la historia de que Sadam tenía armas de destrucción masiva y era una amenaza para Estados Unidos).
 
El término “dictadura del proletariado” fue introducido por Marx en una carta a J. Wedemeyer de 1852, pero es en su Crítica al Programa de Gotha más tarde y en su escrito sobre la Comuna de París que se extiende un poco más sobre esta noción, pero nunca tanto como para haberlo precisado mucho tampoco.
 
Básicamente lo que Marx sostiene en la Crítica al Programa de Gotha, en un período en que el tema de la transición del capitalismo al comunismo se había estado debatiendo, es que en esa etapa intermedia la clase obrera se hará cargo del aparato del estado con el específico propósito de desmantelarlo para revertir sus atribuciones al pueblo organizado mismo. Marx más tarde fue testigo de las simientes de tal proceso en la frustrada revolución de la Comuna de París. Por otro lado, hay que situar la idea de dictadura del proletariado en el contexto de la formulación política de Marx, en el cual toda forma de estado era un instrumento de la clase dominante. En ese momento esa clase dominante era la burguesía, por lo que se entiende que una vez que el proletariado desplazara a la burguesía del poder, éste pasaría a controlar el estado el que – siempre en la concepción de Marx y Engels – seguiría siendo un instrumento de la clase dominante que ahora en las nuevas condiciones pasaba a ser el proletariado. Uno bien puede inferir que para Marx toda forma de estado era opresivo y estaba al interés de la clase dominante, no importaba que este fuera un régimen brutal como el zarismo ruso en ese tiempo o democracias liberales como la británica, en la que el propio Marx podía cotidianamente sentarse en la sala de lectura del Museo Británico para investigar y escribir sus textos de demoledora crítica al sistema capitalista. ¿Es este un concepto válido hoy o como algunos partidos marxistas han hecho simplemente debe dejárselo de lado? El problema aquí es que – principalmente por desconocimiento –  no se entiende lo que dictadura del proletariado realmente significa. Por cierto no ayuda para nada que los países del ahora caído “socialismo real” empezando por la propia ex Unión Soviética hayan hecho una interpretación del tema que puso las cosas aun peor. En efecto, se entendía o más bien dicho se creía, que la Unión Soviética encarnaba esa dictadura del proletariado. En los hechos sin embargo, era más bien la dictadura de un partido, y peor aun, la dictadura de una capa burocrática la que allí se dio. Esto hace las cosas aun más confusas que ya lo son con el hecho que se hable de “países comunistas”, cuando, en los hechos ninguna de esas sociedades alcanzó jamás esa etapa de desarrollo.
 
El hecho que haya poca literatura sobre este controvertido concepto de dictadura del proletariado, al menos por parte de Marx, Engels y Lenin (aunque este último fue el que más desarrolló el tema del estado) deja al final a muchos en una actitud defensiva frente a las acusaciones de que se buscaría la instauración de una dictadura. En los hechos, y tal como la visualizaba Marx, tal “dictadura” debería haber sido el más libre de los sistemas políticos modernos ya que su función sería precisamente la de iniciar el proceso de extinción del estado. Naturalmente Marx como muchos de los revolucionarios de esa época pensaban que la revolución proletaria estaba relativamente cerca y más aun, creía que este sería un fenómeno mundial (la idea de la revolución mundial atribuido a Trotsky en verdad era compartido por prácticamente la totalidad de los pensadores revolucionarios en el siglo 19 y comienzos del 20). Naturalmente por “mundial” en este caso se debe entender Europea (es decir en Alemania, Gran Bretaña y Francia, los países capitalistas más desarrollados, cuyas revoluciones “arrastrarían” a las de otros estados más pequeños) y en Estados Unidos. La revolución en potencias como Gran Bretaña a su vez se creía que arrastraría un proceso similar en estados capitalistas entonces nacientes como Canadá y Australia entonces parte del Imperio, el resto de sus colonias no entraba mucho en el radar de los intelectuales revolucionarios de entonces, en tanto que el peso de Estados Unidos y Gran Bretaña, potencias dominantes en América Latina, tendría el mismo efecto en estos países (Marx la verdad dedicó muy pocos pensamiento a nuestro continente, y cuando comentó positivamente la conquista de territorios mejicanos por parte de Estados Unidos lo hizo nuevamente aplicando su modelo de que mientras más se desarrollaba el capitalismo, más sus contradicciones llevarían a su inminente colapso y reemplazo por la nueva sociedad que él postulaba).
 
Por cierto las cosas no se dieron así, pero ello no invalida su análisis de los sistemas políticos. Lo que Marx no pudo anticipar fue el extraordinario peso ideológico del modo de producción capitalista, sumado al hecho que contrariamente a lo esperado en el siglo 19, no hubo tal revolución mundial sino a lo más avances puntuales en países que, forzados a construir el socialismo con sus propios (escasos) recursos, lejos de desmantelar el estado lo fortalecieron y le dieron nuevas funciones que en última instancia crearon una capa dirigente que se instalaría en contradicción con su pueblo, como fue la burocracia stalinista. Por otro lado, hostigados por las fuerzas del capitalismo y acicateados por una manera de pensar imbuida en gran medida de capitalismo al interior de sus propias fronteras, estados que tratan de construir su propio modelo socialista como Cuba y ahora otros como Venezuela y Bolivia, se enfrentan con gigantescas dificultades donde muchas veces medidas represivas tienen que ser tomadas para asegurar la supervivencia del modelo. El socialismo levantado país por país, paso a paso resulta así en grandes sacrificios para los ciudadanos de esos estados, que si se les dieran todas las posibilidades de decidir, a lo mejor decidirían por abandonar el intento. (En parte debido a fallas de los propios conductores de esos procesos, pero en parte también debido al enorme peso ideológico y mediático del capitalismo a nivel mundial). La dictadura del proletariado (aun cuando en un estricto sentido marxista sería el más democrático de los estados) es pues un concepto aun sujeto a cuestionamientos por todos lados. Pero por lo menos tratemos de entenderlo en su verdadero contexto, antes de descartarlo o defenderlo de un modo dogmático. Más bien lo que correspondería en este momento es tratar de aclararlo en su significado en el contexto de Marx y su tiempo, y tratar en seguida de ver cómo ese concepto sirve o no como planteamiento programático hoy para quienes se plantean una transformación revolucionaria de la sociedad capitalista.