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La lectura en los diarios como El Mercurio y la escucha de radios como la Radio Bio Bio, de noticias acerca de la masiva epidemia de gastroenteritis que afecta la ciudad de Antofagasta producen asombro, perplejidad y por supuesto aprensión.
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La presencia de una epidemia de enfermedad gastrointestinal de esta dimensión es un indicador de fracasos serios de los sistemas sanitarios para controlar y evaluar permanentemente la calidad microbiológica del agua y de los alimentos consumidos por la población. Además, el aumento sostenido de los casos en un periodo de tres semanas indica también una ausencia o un quiebre importante de los mecanismos de inteligencia epidemiológica destinados a investigar e identificar las causas de la epidemia. Esta información es necesaria para corregir drásticamente las causas que la originan, y para evitar prontamente con ello la innecesaria morbilidad que su continuada evolución provoca. Esenciales métodos en situaciones como esta son la recolección rápida de información estadística y clínica acerca de los casos y la confirmación del diagnóstico clínico con las adecuadas y exactas herramientas del laboratorio. Esto es fundamental para identificar con precisión al agente microbiano responsable de la epidemia y para detectar su similitud con aquellos agentes encontrados en los potenciales vehículos infecciosos como el agua y los alimentos. Este ultimo paso es también básico para establecer cuales son los vehículos infecciosos portadores de los gérmenes, las rutas de la infección y para implementar las medidas sanitarias necesarias para contener la epidemia. Este conocimiento es igualmente necesario para adecuar el funcionamiento de los sistemas epidemiológicos, de tal modo que prevengan y eviten futuro eventos de esta naturaleza. Las metodologías a seguir en el estudio de estos procesos fueron desarrollados a fines del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX y desde aquella época la introducción de nuevos y modernos métodos de laboratorio le han dado a estas disciplinas gran sensibilidad, exactitud y en algunos casos rapidez.
En esta epidemia el diagnostico del probable agente causal de los casos de diarrea, el Norovirus, demoro de acuerdo a las informaciones de prensa aproximadamente tres semanas, cuando este es un diagnostico que con las herramientas de laboratorio actuales podría efectuarse en horas. Este diagnostico fue además hecho en un laboratorio de investigación de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile y no en un laboratorio del gobierno local, regional o nacional, que debieran ser los mas indicados para llevar a cabo estas tareas epidemiológicas de manera expedita y rutinaria. De acuerdo a la prensa, este diagnostico de laboratorio, ha sido hecho solamente en 16 de los aproximadamente 26 000 pacientes de esta epidemia. De ser así, esto apunta a tremendas deficiencias y limitaciones de los recursos y de las capacidades organizativas de los servicios estatales encargados de estos problemas. Este mínimo número de casos estudiados con herramientas de laboratorio, también plantea dudas acerca de que el Norovirus sea el único agente causante de esta epidemia y levanta la incógnita de que otros agentes microbianos puedan estar envueltos en ella, lo cual le agrega complejidad epidemiológica a esta grave situación. El hecho, de que también de acuerdo a la prensa, a más de un mes de evolución de esta epidemia todavía subsistan cuatro hipótesis, en vez de una o dos respecto del origen de ella, señala también las dificultades y las limitaciones de los organismos del Estado para enfrentar estos problemas de salud publica de manera racional, rápida y moderna. Especialmente porque algunas de estas hipótesis parecen estar fuera del canon del conocimiento acerca de la manera que los Norovirus se diseminan en poblaciones humanas. Al analizar la evolución de esta epidemia de aparente origen viral, y la anacrónica, confusa e inefectiva reacción de los organismos del Estado chileno encargados de proteger la salud de la población frente a ella, viene a la memoria un día aciago de Septiembre de 1973.
En aquel día vergonzoso, una importante parte de la crema y nata de la medicina y de las ciencias biomédicas chilenas fue obligada a marchar y estar por horas al sol con las manos en alto, bajos los amenazantes cañones de una grosera y violenta soldadesca que había invadido la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile. Entre los médicos y científicos vejados de tan siniestra forma estaban el Dr. Guillermo Contreras y sus colaboradores. El Dr. Contreras, quien estudiara virologia en la Universidad de Yale, fue uno de los científicos que primero comenzó a introducir la virología moderna al estudio de la enfermedad infecciosa en Chile. El, quien fuera también becario Guggenheim, ya había tomado parte en uno de los éxitos más importantes de la salud publica chilena como fuera la introducción de la vacuna Sabin al país los años 1961-62. El Dr. Contreras con la ayuda de la Fundación Rockefeller y el plan Chile California y el apoyo de las autoridades universitarias de la época había creado un núcleo dinámico de virologos cuyo quehacer comenzaba a ser dirigido hacia el estudio de los problemas virológicos de la salud humana y animal en el país. El agravio violento que recibiera el Dr. Contreras y otros aquel día, fue el inicio de un cerco y de un hostigamiento continuo que sufriera la Universidad de Chile, y que en el caso del grupo del Dr. Contreras incluso terminara con algunos de sus colaboradores en la cárcel. Esta situación, de constante peligro de su integridad física que interfería a diario con el trabajo científico, provoco la migración del Dr. Contreras y de un grupo importante de sus colaboradores. Con esto perdió, el grupo de virologia, descrito gran parte de su consistencia y de su dinamismo y de su habilidad para desarrollar e influenciar positivamente las políticas públicas respecto de la epidemiología de las enfermedades infecciosas en Chile. El Dr. Contreras y sus colaboradores pasaron a ocupar posiciones de gran responsabilidad laboral en los gobiernos, universidades e industrias de los países en que continuaron su trabajo. Tampoco es casualidad que el laboratorio que hiciera el diagnostico de Norovirus en esta epidemia fuera el laboratorio que el Dr. Contreras fundara y en el cual colaboradores de el han continuado trabajando con ejemplar dedicación, remontando vicisitudes e indolencias de todo tipo.
Los hechos señalados mas arriba, constituyeron junto a múltiples otros de la misma índole provocados por la dictadura militar, el comienzo de una espiral descendente en el uso de la racionalidad, del espíritu crítico y de la metodología actual en los procedimientos destinados a lidiar con la epidemiología de la enfermedades infecciosas en Chile. Esta regresión tenebrosa en el tratamiento de estos problemas, acompañados del deterioro económico, educacional y social provocados por las políticas de la dictadura, además influenciaron negativamente la evolución epidemiológica de la enfermedades infecciosas en el país. Esto fue hecho patente por las grandes epidemias de fiebre tifoidea, shigellosis, escarlatina, sarampión y tos convulsiva que afectaran a Chile durante esos 17 años, y cuya existencia fuera generalmente ignorada por las autoridades de la época. Probablemente porque su presencia destruía la falsedad de la benevolencia y de la eficiencia administrativa del Estado dictatorial. Estas abandonadas epidemias provocaron mayor mortalidad que la violencia política a la cual la población fuera expuesta durante esa época. También, fueron en parte las responsables, de que la palabra epidemia desapareciera hasta hoy día del vocabulario de las autoridades sanitarias siendo esta reemplazada por eufemismos vacíos tales como “brotes”, “casos excesivos” e “hiperendemia”. Porque el uso de la palabra epidemia para describir a estos fenómenos biológicos y sociales decrece de forma importante la legitimidad política del Estado moderno y democrático. Porque históricamente una de las funciones que ayudara al surgimiento político del Estado y a su legitimación fueron aquellas de salud publica, dirigidas a proteger y a fomentar la salud de los gobernados, con el objetivo de evitar la aparición de epidemias. La presencia de una epidemia como la de Antofagasta, indica claramente como lo hemos discutido, la manifiesta inhabilidad de los organismos sanitarios del Estado chileno para cumplir su función protectora de la salud de la población. Esta epidemia también indica que los gobiernos llamados de la transición democrática fueron incapaces de modificar esta situación dejando pendiente una tremenda deuda con la salud pública de la población.
Esto no podría haber sido de otra manera ya que algunos de los autodenominados influyentes pensadores de la transición comos los Srs. A. Foxley, E. Tironi y J. J. Brunner a menudo en sus picarescas intervenciones dirigen como guaripolas el coro que canta loas a los logros económicos de la dictadura militar. Ignorando deliberadamente en su ideológicamente constreñido y adulador frenesí los aspectos sombríos de ella; tan co sustanciales y necesarios para explicar este éxito que cada día se demuestra mas aparente que real. Aspectos negativos que afectan de múltiples formas a la gran mayoría de la población chilena, que continua siendo por ejemplo victima de una salud publica que tiene visos de corresponder mas bien a fines del Siglo XIX o comienzos del Siglo XX que a una del Siglo XXI , como la que se merecen. El advenimiento una vez mas de un medico a la primera magistratura de la Nación sin dudas que estimulo el optimismo acerca del comienzo de la solución de algunos de estos serios problemas, porque el éxito de la actividad medica esta basada en diagnosticar y modificar la realidad yendo mas allá de las apariencias. Sin embargo a poco andar quedo de manifiesto que en el gobierno que recién termina, tal como en los anteriores había más preocupación por operar con las formas y con la iconografía, que de modificar de manera efectiva la sustancia de los problemas como esta masiva epidemia tan bien lo demuestra. Indudablemente que lo que se necesita para comenzar a corregir de una vez por todas los vetustos mecanismos y la carencia de métodos para lidiar con estos problemas en Chile, es un cambio drástico de mentalidad y de actitud frente a ellos y a la realidad, como el planteado por Salvador Allende hace ya 70 años atrás. Quien además definiera meridianamente esta manera adecuada de ver la realidad en salud publica con las siguientes frases. “Estamos muy distantes de aquellos días en que se consideraba impolítico y antipatriótico mostrar a los conciudadanos la verdad descarnada de los hechos. Ni tal debiera ser el pensamiento que hoy informa la mentalidad publica, ni hay otra manera de conocer y examinar las realidades biológicas de un pueblo. En materias como estas no puede haber subterfugios ni simulaciones”
