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Aproximándose a los tres meses desde que las fuerzas de la Concertación fueran derrotadas y justo en la semana en que los dirigentes de la coalición que gobernó Chile por veinte años realizan un cónclave en que analizarán a fondo las causas de su situación, las bases de aquel amplio sector de la sociedad chilena que se define como “no de Derecha” se hace inquietantes preguntas sobre su futuro.
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Para algunos hay incluso una interrogante más básica: ¿existe todavía la Concertación o es sólo una cáscara vacía? Otros incluso añadirán, y si aun existe ¿vale la pena que lo siga haciendo?
Enfoco mi telescopio desde estas tierras del norte, que ahora empiezan a tornarse más cálidas mientras el frío se traslada a las latitudes del sur, y tengo que constatar que luego que el terremoto dejara tal devastación, la actividad política como que había tomado un receso. Es evidente que para muchos hablar de otro tema que no fuera el de cómo enfrentar la situación creada por el sismo era de mal gusto. Pero ya no más, la política ya retornó, como es normal que suceda. Después de todo antes del terremoto real, el resultado de la segunda vuelta presidencial había sido también una suerte de terremoto en un sentido figurado. Y a ese “terremoto” también hay que darle respuesta, también allí hay mucho que reconstruir – si vale la pena hacerlo – o derechamente demoler para levantar un edificio nuevo.
Hace unos días el senador de Renovación Nacional Andrés Allamand ironizaba con respecto a la Concertación y su respuesta a la derrota diciendo que por efecto de ésta aun estaba “groggy”. Al menos en eso no deja de tener cierta razón el parlamentario derechista, y si uno juzga algunas de las primeras reacciones en el ahora conglomerado opositor la figura del boxeador golpeado y que sólo habla incoherencias es una adecuada figura. A este respecto creo que el que mejor representó esa imagen fue aquél que comentando sobre la composición del primer gabinete de Piñera no tuvo cosa mejor que decir que “todos son rubios” (me imagino los que aun les queda pelo). Sin dejar pasar la oportunidad, el presidente de la UDI replicó que hacer tal observación sobre el color del pelo no debe haberle caído muy bien la ex presidenta, ella misma de ese tono de cabello. Indudablemente ese tipo de comentarios aludiendo al color del pelo surge cuando gente – por lo demás no muy imaginativa – se ve presionada por los medios de comunicación a decir algo. Y como la lengua suele ser más rápida que el pensamiento, a veces salen esas sandeces. Por cierto espero que la oposición sea capaz de un mejor desempeño que estar fijándose en la cabellera del gabinete.
Con el correr de los días, en la medida que los sectores que ahora son oposición se sientan más cómodos en su nuevo rol, es de esperar que su desempeño mejore y que de una manera efectiva se vaya desarrollando un quehacer político que con alguna coherencia apunte a los objetivos de un sector opositor: fiscalizar la actuación de los agentes gubernamentales, emplear adecuadamente a su favor las fallas y debilidades – inevitables – que toda labor de administración tiene, combatir eficazmente en las diversas tribunas: parlamento, medios de comunicación y especialmente en la calle, entre la gente misma, aquellas políticas que obviamente son contrarias a su proyecto de país pero que por cierto responden al esquema programático de la Derecha y – por cierto – esforzarse en revertir la presente situación de derrota buscando reencontrar el camino adecuado para influir en las decisiones políticas del pueblo, idealmente no para retornar al punto donde se quedó con los gobiernos concertacionistas, sino para avanzar cualitativamente a niveles superiores de conciencia y reivindicaciones populares: nueva constitución; desmantelamiento del modelo neoliberal al menos en las áreas que más detrimento causan a la población: salud, educación, previsión social; revisión de las políticas mineras; revisión a fondo del carácter del estado chileno apuntando al reconocimiento de sus minorías étnicas o nacionales.
¿Puede la Concertación asumir tal rol? Esa es la pregunta del millón y que por más que algunos crean tener la respuesta mágica, la verdad es que no tiene una salida muy clara. Bueno, si es que uno quiere ser realista y actuar con los datos presentes en la política chilena de este momento, no con los deseos que uno pudiera tener. Si es por esto último uno puede decir muchas cosas pero sin asidero en la realidad. ¿Y cuál es esta realidad? Para empezar que la tradicional división de tres tercios existente desde décadas se ha quebrado, en los hechos ahora estamos con una derecha que cuenta con el apoyo de un 50 por ciento de la población mientras el otro 50 por ciento es ocupado por los partidos de centro e izquierda. Esa es una realidad ineludible y que no se la puede disfrazar ni adornar. En el plano continental puede ser hasta una aberración, he aquí que un conglomerado político en cuyo seno milita un sector abiertamente identificado con la más sanguinaria dictadura que tuvo el país tiene un apoyo de la mitad de su población (bueno, aun aceptando que no todos los que apoyan al gobierno son pinochetistas, calculando conservadoramente uno puede decir que al menos la mitad de ese conglomerado, es decir un 25 por ciento de la población, sí es pinochetista), lo cual habla muy mal de la capacidad de Chile de haber instalado una mentalidad democrática en su gente. Esto es como si después de la guerra los alemanes hubieran dado un 25 por ciento de apoyo a los nazis. Sin ir tan lejos en el tiempo, baste comparar con la situación en Argentina donde los que alguna vez tuvieron algo que ver con la dictadura tratan de negarlo y ocultarlo, y los que no pueden hacerlo sencillamente han desaparecido del mapa político, los antiguos represores no pueden circular por las calles (aquellos que están todavía libres) porque la gente los escupe. En Chile en cambio muchos de los que sirvieron en diversas capacidades durante la dictadura son “honorables” parlamentarios y otros cuantos ahora ocupan responsabilidades de gobierno.
Volviendo al tema de la Concertación y su rol, es evidente que ésta ha tenido un tal desastre que si subsiste tendrá que reinventarse, lo que sí es evidente es que el grado de retroceso de la conciencia política de la gente en Chile hoy coloca las tareas de las fuerzas políticas de izquierda en un plano mucho más elemental. En eso se está mucho más atrasado que en otras partes del continente donde el tema del socialismo – con diversas variantes – se plantea abiertamente en la esfera pública. En Chile las metas aun son mucho más modestas: recuperar en algún momento el gobierno para retomar la transición a la una democracia participativa y dinámica, eso sí, esta vez con más bríos, energía y determinación, con metas claras, como las mencionadas anteriormente.
Esto a su vez genera otras interrogantes que son a su vez legítimas: ¿puede esto hacerse a partir de la presente alianza de centro-izquierda, una alianza a la que eventualmente pudieran incorporarse los sectores que apoyaron a Marco Enríquez-Ominami y el Partido Comunista?
No es un misterio para nadie que en sectores de la izquierda siempre hay dudas respecto del grado de compromiso que la democracia cristiana tendría en una tal iniciativa: ¿hasta qué punto ese partido iría si la plataforma del llamado progresismo se radicalizara? No me refiero aquí a los atavismos arrastrados por algunos viejos militantes de la izquierda que aun no le perdonan a la DC haberse aliado con la derecha en el gobierno de Allende y el entusiasmo de algunos de sus próceres con el golpe de estado. Sin duda ese no fue el momento más glorioso de ese partido, pero caramba, tampoco fue un momento glorioso para el Partido Socialista el que algunos de sus miembros en 1948 apoyaran la ley que ilegalizó al Partido Comunista… No se trata de “borrón y cuenta nueva” pero sí de analizar de manera concreta la realidad concreta, cambiante, como dirían los marxistas de antaño.
En esto hay que ser realista, si se quiere levantar una alternativa a la Derecha con alguna posibilidad de éxito hay que construir una coalición que incluya a sectores más allá de lo que sería la Izquierda (concepto también vago en estos momentos ¿se trata de la vieja unidad de socialistas y comunistas? Eso nos daría algo así como un patético 16 por ciento del electorado. ¿Sumamos al PPD? Bueno eso nos sube a algo así como un 28%). Si hemos de poner el acento en sumar fuerzas evidentemente tenemos que contar con la presencia demócratacristiana. En esto no hay que andarse con viejos prejuicios. En definitiva lo verdaderamente importante es acordar un programa. Si los DC enganchan en un programa que contenga como ejes fundamentales una nueva constitución y las demás medidas que mencionaba en párrafos anteriores no veo problema alguno en reconstituir un frente amplio de fuerzas no derechistas. Si no, naturalmente habrá que hacerlo sin ellos.
En definitiva si el sumar fuerzas es la consigna del momento no se ve otro camino en el corto plazo sino el de reafinar y ampliar lo que fueron las fuerzas fundacionales de la Concertación. En otras palabras, a lo mejor podemos decretar su defunción y negarnos a pronunciar su nombre, pero lo que no va a desaparecer son los basamentos sociales de ese movimiento que la Concertación encarnó. O volviendo a la metáfora sísmica: después del terremoto político la Concertación se vino al suelo, pero cualquiera que sea lo que quiera reconstruirse tendrá que hacerse sobre el terreno que ese conglomerado ocupaba: la gente, las bases todavía están allí.
Admito sin embargo que alguien puede objetar a esta idea de sumar fuerzas, y que en política sumar no es como en la aritmética: a veces lo que parece ser una suma es en verdad una resta y viceversa. Algunos afirmarán que es mejor desentenderse completamente de la Concertación (básicamente desentenderse de los demócratacristianos) y en cambio levantar un movimiento puramente de izquierda que a la larga crecería y acumularía fuerzas como lo hizo el movimiento que culminó con la elección de Allende en 1970. El argumento para esta diferente interpretación de sumas y restas es que los sectores populares (clase obrera y sus aliados) verían esas alianzas pluriclasistas como componendas oportunistas que en definitiva dan la hegemonía de cualquiera sea la alianza que se forme, a los partidos burgueses. Tal argumento fue esgrimido precisamente al interior del Partido Socialista en los años 50 para repudiar el período de “colaboración de clases” en que había incurrido en la década anterior y hasta el momento en que apoyó a Ibáñez en 1952, y en cambio levantar como bandera la tesis del “frente de trabajadores” que fue la que se impuso en la formación del FRAP en 1957. En todo ese tiempo el PS se opuso a que se invitara a la coalición izquierdista a la entonces Falange Nacional (luego PDC) o a los radicales, tesis que se mantuvo hasta 1969 cuando la Unidad Popular sí extendió su invitación al Partido Radical (el PS entonces sostuvo que ello no interfería con el concepto de “frente de trabajadores” porque siendo las corrientes progresistas de corte burgués minoritarias – el PR era entonces mucho más débil que el gran partido que había sido hasta mediados de los 60 – en la UP ellas tendrían que estar supeditadas a la hegemonía de los dos partidos obreros, como efectivamente lo estuvieron). Quienes defienden esta posición dirán que al restarse los partidos burgueses al final se suma en términos del apoyo de las bases populares más combativas, y como consecuencia el movimiento crece y de nuevo mencionarán el caso del triunfo de la UP en 1970. Ojo que sin embargo ese triunfo de 1970 (no había segunda vuelta en ese entonces) se obtuvo con poco más de un tercio del apoyo popular. La UP aumentó su apoyo popular en el gobierno, es cierto, pero justamente por el hecho de estar en posesión del poder político. El punto que quiero dejar en claro aquí es que no es tan fácil – al menos en el contexto chileno – aplicar esa línea de “puros y duros” esperando que va a arrojar frutos de sumar fuerzas, en parte porque al revés de otros países en el continente, en Chile no hay una gran tradición de radicalización política que haga pensar que ante la presencia de un movimiento con una plataforma dura e intransigente, las masas vayan a responder plegándose a él. A lo más van a respetar y admirar su consecuencia – recuérdese la alta estima que en general el recuerdo del MIR y de gente como Miguel Enríquez y Bautista Van Schouwen aun generan – pero eso no se traduce necesariamente en un apoyo político sustancial.
Sumar y restar entonces nos ofrecen muchas posibilidades de discusión. En lo sustancial sin embargo, el camino no debe emprenderse poniendo la carreta delante de los bueyes, o en otras palabras, el tema de discusión no debe ser con quienes se debe reconstruir un amplio movimiento capaz de disputarle el poder político a la Derecha, sino hacia donde se quiere caminar. Y eso lo marcará el programa que se diseñe, eso es lo que debe estar en el centro del debate hoy al interior de las fuerzas no derechistas (las llamo así a falta de un mejor apelativo ya que el término “progresista” les causa urticaria a algunos y probablemente tengan razón, ocurre con palabras que se usan para un barrido y un fregado y que al final pierden todo significado).
Enfoco mi telescopio desde estas tierras del norte, que ahora empiezan a tornarse más cálidas mientras el frío se traslada a las latitudes del sur, y tengo que constatar que luego que el terremoto dejara tal devastación, la actividad política como que había tomado un receso. Es evidente que para muchos hablar de otro tema que no fuera el de cómo enfrentar la situación creada por el sismo era de mal gusto. Pero ya no más, la política ya retornó, como es normal que suceda. Después de todo antes del terremoto real, el resultado de la segunda vuelta presidencial había sido también una suerte de terremoto en un sentido figurado. Y a ese “terremoto” también hay que darle respuesta, también allí hay mucho que reconstruir – si vale la pena hacerlo – o derechamente demoler para levantar un edificio nuevo.
Hace unos días el senador de Renovación Nacional Andrés Allamand ironizaba con respecto a la Concertación y su respuesta a la derrota diciendo que por efecto de ésta aun estaba “groggy”. Al menos en eso no deja de tener cierta razón el parlamentario derechista, y si uno juzga algunas de las primeras reacciones en el ahora conglomerado opositor la figura del boxeador golpeado y que sólo habla incoherencias es una adecuada figura. A este respecto creo que el que mejor representó esa imagen fue aquél que comentando sobre la composición del primer gabinete de Piñera no tuvo cosa mejor que decir que “todos son rubios” (me imagino los que aun les queda pelo). Sin dejar pasar la oportunidad, el presidente de la UDI replicó que hacer tal observación sobre el color del pelo no debe haberle caído muy bien la ex presidenta, ella misma de ese tono de cabello. Indudablemente ese tipo de comentarios aludiendo al color del pelo surge cuando gente – por lo demás no muy imaginativa – se ve presionada por los medios de comunicación a decir algo. Y como la lengua suele ser más rápida que el pensamiento, a veces salen esas sandeces. Por cierto espero que la oposición sea capaz de un mejor desempeño que estar fijándose en la cabellera del gabinete.
Con el correr de los días, en la medida que los sectores que ahora son oposición se sientan más cómodos en su nuevo rol, es de esperar que su desempeño mejore y que de una manera efectiva se vaya desarrollando un quehacer político que con alguna coherencia apunte a los objetivos de un sector opositor: fiscalizar la actuación de los agentes gubernamentales, emplear adecuadamente a su favor las fallas y debilidades – inevitables – que toda labor de administración tiene, combatir eficazmente en las diversas tribunas: parlamento, medios de comunicación y especialmente en la calle, entre la gente misma, aquellas políticas que obviamente son contrarias a su proyecto de país pero que por cierto responden al esquema programático de la Derecha y – por cierto – esforzarse en revertir la presente situación de derrota buscando reencontrar el camino adecuado para influir en las decisiones políticas del pueblo, idealmente no para retornar al punto donde se quedó con los gobiernos concertacionistas, sino para avanzar cualitativamente a niveles superiores de conciencia y reivindicaciones populares: nueva constitución; desmantelamiento del modelo neoliberal al menos en las áreas que más detrimento causan a la población: salud, educación, previsión social; revisión de las políticas mineras; revisión a fondo del carácter del estado chileno apuntando al reconocimiento de sus minorías étnicas o nacionales.
¿Puede la Concertación asumir tal rol? Esa es la pregunta del millón y que por más que algunos crean tener la respuesta mágica, la verdad es que no tiene una salida muy clara. Bueno, si es que uno quiere ser realista y actuar con los datos presentes en la política chilena de este momento, no con los deseos que uno pudiera tener. Si es por esto último uno puede decir muchas cosas pero sin asidero en la realidad. ¿Y cuál es esta realidad? Para empezar que la tradicional división de tres tercios existente desde décadas se ha quebrado, en los hechos ahora estamos con una derecha que cuenta con el apoyo de un 50 por ciento de la población mientras el otro 50 por ciento es ocupado por los partidos de centro e izquierda. Esa es una realidad ineludible y que no se la puede disfrazar ni adornar. En el plano continental puede ser hasta una aberración, he aquí que un conglomerado político en cuyo seno milita un sector abiertamente identificado con la más sanguinaria dictadura que tuvo el país tiene un apoyo de la mitad de su población (bueno, aun aceptando que no todos los que apoyan al gobierno son pinochetistas, calculando conservadoramente uno puede decir que al menos la mitad de ese conglomerado, es decir un 25 por ciento de la población, sí es pinochetista), lo cual habla muy mal de la capacidad de Chile de haber instalado una mentalidad democrática en su gente. Esto es como si después de la guerra los alemanes hubieran dado un 25 por ciento de apoyo a los nazis. Sin ir tan lejos en el tiempo, baste comparar con la situación en Argentina donde los que alguna vez tuvieron algo que ver con la dictadura tratan de negarlo y ocultarlo, y los que no pueden hacerlo sencillamente han desaparecido del mapa político, los antiguos represores no pueden circular por las calles (aquellos que están todavía libres) porque la gente los escupe. En Chile en cambio muchos de los que sirvieron en diversas capacidades durante la dictadura son “honorables” parlamentarios y otros cuantos ahora ocupan responsabilidades de gobierno.
Volviendo al tema de la Concertación y su rol, es evidente que ésta ha tenido un tal desastre que si subsiste tendrá que reinventarse, lo que sí es evidente es que el grado de retroceso de la conciencia política de la gente en Chile hoy coloca las tareas de las fuerzas políticas de izquierda en un plano mucho más elemental. En eso se está mucho más atrasado que en otras partes del continente donde el tema del socialismo – con diversas variantes – se plantea abiertamente en la esfera pública. En Chile las metas aun son mucho más modestas: recuperar en algún momento el gobierno para retomar la transición a la una democracia participativa y dinámica, eso sí, esta vez con más bríos, energía y determinación, con metas claras, como las mencionadas anteriormente.
Esto a su vez genera otras interrogantes que son a su vez legítimas: ¿puede esto hacerse a partir de la presente alianza de centro-izquierda, una alianza a la que eventualmente pudieran incorporarse los sectores que apoyaron a Marco Enríquez-Ominami y el Partido Comunista?
No es un misterio para nadie que en sectores de la izquierda siempre hay dudas respecto del grado de compromiso que la democracia cristiana tendría en una tal iniciativa: ¿hasta qué punto ese partido iría si la plataforma del llamado progresismo se radicalizara? No me refiero aquí a los atavismos arrastrados por algunos viejos militantes de la izquierda que aun no le perdonan a la DC haberse aliado con la derecha en el gobierno de Allende y el entusiasmo de algunos de sus próceres con el golpe de estado. Sin duda ese no fue el momento más glorioso de ese partido, pero caramba, tampoco fue un momento glorioso para el Partido Socialista el que algunos de sus miembros en 1948 apoyaran la ley que ilegalizó al Partido Comunista… No se trata de “borrón y cuenta nueva” pero sí de analizar de manera concreta la realidad concreta, cambiante, como dirían los marxistas de antaño.
En esto hay que ser realista, si se quiere levantar una alternativa a la Derecha con alguna posibilidad de éxito hay que construir una coalición que incluya a sectores más allá de lo que sería la Izquierda (concepto también vago en estos momentos ¿se trata de la vieja unidad de socialistas y comunistas? Eso nos daría algo así como un patético 16 por ciento del electorado. ¿Sumamos al PPD? Bueno eso nos sube a algo así como un 28%). Si hemos de poner el acento en sumar fuerzas evidentemente tenemos que contar con la presencia demócratacristiana. En esto no hay que andarse con viejos prejuicios. En definitiva lo verdaderamente importante es acordar un programa. Si los DC enganchan en un programa que contenga como ejes fundamentales una nueva constitución y las demás medidas que mencionaba en párrafos anteriores no veo problema alguno en reconstituir un frente amplio de fuerzas no derechistas. Si no, naturalmente habrá que hacerlo sin ellos.
En definitiva si el sumar fuerzas es la consigna del momento no se ve otro camino en el corto plazo sino el de reafinar y ampliar lo que fueron las fuerzas fundacionales de la Concertación. En otras palabras, a lo mejor podemos decretar su defunción y negarnos a pronunciar su nombre, pero lo que no va a desaparecer son los basamentos sociales de ese movimiento que la Concertación encarnó. O volviendo a la metáfora sísmica: después del terremoto político la Concertación se vino al suelo, pero cualquiera que sea lo que quiera reconstruirse tendrá que hacerse sobre el terreno que ese conglomerado ocupaba: la gente, las bases todavía están allí.
Admito sin embargo que alguien puede objetar a esta idea de sumar fuerzas, y que en política sumar no es como en la aritmética: a veces lo que parece ser una suma es en verdad una resta y viceversa. Algunos afirmarán que es mejor desentenderse completamente de la Concertación (básicamente desentenderse de los demócratacristianos) y en cambio levantar un movimiento puramente de izquierda que a la larga crecería y acumularía fuerzas como lo hizo el movimiento que culminó con la elección de Allende en 1970. El argumento para esta diferente interpretación de sumas y restas es que los sectores populares (clase obrera y sus aliados) verían esas alianzas pluriclasistas como componendas oportunistas que en definitiva dan la hegemonía de cualquiera sea la alianza que se forme, a los partidos burgueses. Tal argumento fue esgrimido precisamente al interior del Partido Socialista en los años 50 para repudiar el período de “colaboración de clases” en que había incurrido en la década anterior y hasta el momento en que apoyó a Ibáñez en 1952, y en cambio levantar como bandera la tesis del “frente de trabajadores” que fue la que se impuso en la formación del FRAP en 1957. En todo ese tiempo el PS se opuso a que se invitara a la coalición izquierdista a la entonces Falange Nacional (luego PDC) o a los radicales, tesis que se mantuvo hasta 1969 cuando la Unidad Popular sí extendió su invitación al Partido Radical (el PS entonces sostuvo que ello no interfería con el concepto de “frente de trabajadores” porque siendo las corrientes progresistas de corte burgués minoritarias – el PR era entonces mucho más débil que el gran partido que había sido hasta mediados de los 60 – en la UP ellas tendrían que estar supeditadas a la hegemonía de los dos partidos obreros, como efectivamente lo estuvieron). Quienes defienden esta posición dirán que al restarse los partidos burgueses al final se suma en términos del apoyo de las bases populares más combativas, y como consecuencia el movimiento crece y de nuevo mencionarán el caso del triunfo de la UP en 1970. Ojo que sin embargo ese triunfo de 1970 (no había segunda vuelta en ese entonces) se obtuvo con poco más de un tercio del apoyo popular. La UP aumentó su apoyo popular en el gobierno, es cierto, pero justamente por el hecho de estar en posesión del poder político. El punto que quiero dejar en claro aquí es que no es tan fácil – al menos en el contexto chileno – aplicar esa línea de “puros y duros” esperando que va a arrojar frutos de sumar fuerzas, en parte porque al revés de otros países en el continente, en Chile no hay una gran tradición de radicalización política que haga pensar que ante la presencia de un movimiento con una plataforma dura e intransigente, las masas vayan a responder plegándose a él. A lo más van a respetar y admirar su consecuencia – recuérdese la alta estima que en general el recuerdo del MIR y de gente como Miguel Enríquez y Bautista Van Schouwen aun generan – pero eso no se traduce necesariamente en un apoyo político sustancial.
Sumar y restar entonces nos ofrecen muchas posibilidades de discusión. En lo sustancial sin embargo, el camino no debe emprenderse poniendo la carreta delante de los bueyes, o en otras palabras, el tema de discusión no debe ser con quienes se debe reconstruir un amplio movimiento capaz de disputarle el poder político a la Derecha, sino hacia donde se quiere caminar. Y eso lo marcará el programa que se diseñe, eso es lo que debe estar en el centro del debate hoy al interior de las fuerzas no derechistas (las llamo así a falta de un mejor apelativo ya que el término “progresista” les causa urticaria a algunos y probablemente tengan razón, ocurre con palabras que se usan para un barrido y un fregado y que al final pierden todo significado).
