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Nadie imaginó que la crisis financiera y económica global pondría al euro en grave peligro. Pero hoy eso es evidente: la debacle de la economía en Grecia le ha colocado una gran piedra en el pescuezo.
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La semana pasada las principales economías de la eurozona llegaron a un acuerdo para el rescate de la economía griega. La ironía es que los términos de ese rescate permiten observar con mayor claridad las deficiencias y problemas estructurales de la divisa común europea. El salvamento está organizado alrededor de una idea peligrosa: si la economía griega llega a estar a punto de declararse en bancarrota, los países de la eurozona y el Fondo Monetario Internacional entrarán al rescate.
La canciller Angela Merkel quiere hacernos creer que es su triunfo, al mantener su oposición a un rescate a ultranza de la economía griega. Quiere que su electorado se lo agradezca. Merkel enfrenta elecciones delicadas en unas cuantas semanas y esta publicidad le va a ayudar. En Alemania la versión popular del asunto es que las deudas de los griegos no deben convertirse en el pasivo de Berlín. Así que el desplante de la Merkel tiene buenos resultados en los ratings de los políticos, pero está basado en una visión simplista y edulcorada de las cosas. Regresaremos sobre esto la semana que viene. Originalmente la oposición al rescate estuvo basada en el artículo 125 del Tratado para el Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE). Ese precepto establece que la Unión Europea no asumirá la responsabilidad de los compromisos financieros de un gobierno central, lo que equivale a prohibir el rescate de un país que como Grecia tiene dificultades para enfrentar vencimientos de deuda. Desde esta perspectiva, la posición dura de la canciller alemana podría interpretarse como una postura legalista. Sin embargo, esa es sólo una impresión. El acuerdo al que se llegó para sacar del agujero a Grecia de todos modos implicaría un compromiso financiero para Berlín (según el banco central europeo 26 por ciento del rescate para Atenas provendría de Alemania). Por otra parte, la inclusión del FMI en el rescate es un golpe a la credibilidad del euro, y abre la puerta a la injerencia de Washington en los asuntos de la política fiscal europea. Todo lo anterior pone en evidencia las debilidades del euro. Cuando nació el euro se pensaba que los países en la eurozona compartirían la misma política macroeconómica (de corte neoliberal). Ya es casi un lugar común señalar que Grecia disfrazó cifras y mintió para poder ingresar en la esfera del euro. La realidad es que muchos de los miembros de la eurozona recurrieron a tretas contables para ocultar la violación de las reglas sobre déficit presupuestario y deuda, y todos se hicieron los distraídos. En el baile de máscaras que siguió, todos los miembros de la eurozona aplicaron políticas fiscales distintas y habría sido demasiada coincidencia tener plena compatibilidad al final del camino.
Esa opción es un golpe para la unión monetaria, pues el efecto en cascada para los demás países en otros mercados financieros sería desastroso. En última instancia ese colapso debilitaría el euro, porque sería interpretado en los mercados financieros como el resultado de la incapacidad de los países de la eurozona para mantener una posición sana y consolidada para la divisa europea.
