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La derrota de la derecha, y particularmente de Nicolas Sarkozy, ha sido grande pero no debe ser sobrestimada. En efecto, en primer lugar hay que tener en cuenta que ni los socialistas del PS ni los ecologistas dirigidos por Cohn-Bendit son de izquierda, es decir, alternativos al sistema.
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El primer balance del NPA nos habla de resultados decepcionantes, lo que indica que las esperanzas eran grandes e infundadas. Desgraciadamente, ese balance no reflexiona sobre el sectarismo. Sin embargo, el NPA aliado con el Frente de Izquierdas en el Limousin no sólo consiguió ahí 19 por ciento de los votos, dando un eje a los votantes de izquierda sueltos que podrían haberse abstenido, sino que también estableció una alianza principista con el Partido Comunista local, que se negó a romper con el NPA, como pedía el PS, para entrar en el gobierno con los socialistas y los verdes.
Las elecciones regionales, evidentemente, no cambian la situación social, que no se modifica en las urnas, aunque el resultado de las mismas tenga un peso político y moral y sin duda influencie las elecciones regionales italianas próximas. Lo esencial siempre ha sido y es dar en la vida cotidiana y en la lucha, un eje a la izquierda difusa –que es mucho más amplia que el estrecho círculo de los revolucionarios anticapitalistas– para así infundir una nueva confianza en la lucha política a muchos de los jóvenes que se abstuvieron y a los desocupados, hoy desesperados, que llegan incluso al suicidio. La movilización y politización del pueblo francés ha cerrado desde hace décadas a los sectores capitalistas la vía de una república parlamentaria y les ha hecho depender de una figura fuerte, una especie de Bonaparte, como De Gaulle, Mitterrand, el propio Chirac, que siempre fue más que un presidente. Ahora no tienen una personalidad de ese tipo y el cuerpo social vota NO a la Constitución europea o repudia al sarkozismo. Pero el estalinismo del Partido Comunista francés y la degeneración del Partido Socialista, así como el sectarismo de la extrema izquierda han impedido que los trabajadores y el pueblo se unan tras una alternativa al capitalismo. Se impone, pues, ahora una acción común, en las fábricas y localidades, entre los militantes de las diversas tendencias de izquierda (socialistas revolucionarios, comunistas, trotskistas, ecosocialistas) para construir una estrecha colaboración en torno a propuestas y políticas concretas, que formen parte de un programa anticapitalista contra la crisis para politizar a los jóvenes que hoy carecen de perspectivas. El balance del sectarismo y de las ilusiones es, para esto, condición indispensable.Otra conclusión, ésta para la izquierda que sostiene ser anticapitalista, es que el sectarismo conduce al suicidio. La secta electoralista-obrerista de Arlette Laguillier apenas pasó del uno por ciento de los votos en una situación marcada por la crisis extrema. Y el NPA, creado por la ex Liga Comunista Revolucionaria, obtuvo más o menos los votos que ésta tenía e incluso menos que los logrados en sus mejores momentos, y el efecto Besancenot –la promoción del joven cartero– no sacó al nuevo partido de los porcentajes ínfimos.
Otra conclusión, ésta para la izquierda que sostiene ser anticapitalista, es que el sectarismo conduce al suicidio. La secta electoralista-obrerista de Arlette Laguillier apenas pasó del uno por ciento de los votos en una situación marcada por la crisis extrema. Y el NPA, creado por la ex Liga Comunista Revolucionaria, obtuvo más o menos los votos que ésta tenía e incluso menos que los logrados en sus mejores momentos, y el efecto Besancenot –la promoción del joven cartero– no sacó al nuevo partido de los porcentajes ínfimos.
Otra conclusión, ésta para la izquierda que sostiene ser anticapitalista, es que el sectarismo conduce al suicidio. La secta electoralista-obrerista de Arlette Laguillier apenas pasó del uno por ciento de los votos en una situación marcada por la crisis extrema. Y el NPA, creado por la ex Liga Comunista Revolucionaria, obtuvo más o menos los votos que ésta tenía e incluso menos que los logrados en sus mejores momentos, y el efecto Besancenot –la promoción del joven cartero– no sacó al nuevo partido de los porcentajes ínfimos.
