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En Chile continúa rigiendo la Constitución pinochetista que con el beneplácito de Washington moldeó la transición democrática para acorralar a la izquierda y criminalizar la protesta social, hay 200 exiliados políticos que no pueden regresar todavía a su país y cien presos políticos del pueblo mapuche, que es sometido a una dura represión y despojado de gran parte de sus territorios y muchos de los asesinos y torturadores continúan en libertad.
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La Concertación eludió la discusión a fondo con la derecha por la sencilla razón de su larga y profunda complicidad con aquella. Más importante aún, sus dos décadas de gobierno, dedicada a administrar el modelo heredado de Pinochet defraudaron las esperanzas de millones y era evidente que la alta popularidad de Michelle Bachelet –una golondrina no hace verano– no sería trasladada a su desangelado candidato Eduardo Frei. La victoria electoral del magnate responde en gran medida al voto de castigo de un gran sector de la población hastiado de las políticas neoliberales fraguadas por la dictadura y profundizadas por el apareamiento de una Democracia Cristiana que apoyó el golpe de Estado y un Partido Socialista que aceptó una transición acotada por las exigencias de Pinochet y de Washington. Eso es la Concertación.
