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Empezando a disiparse – literalmente – un poco del polvo levantado por los edificios caídos o gravemente dañados por el terremoto, el pensamiento de los afectados empieza a dirigirse a las empresas responsables por las construcciones. Al mismo tiempo se hace interesante examinar la actitud de quienes, aun en la desgracia, ven como su prioridad la oportunidad de hacer negocios.
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En el excelente film documental The Corporation, de los directores Mark Achbar, Jennifer Abbott y Joel Bakan, se analizaba la conducta de la empresa en tanto pilar fundamental del sistema capitalista. Dado que la legislación en Estados Unidos fue la primera en reconocerle el carácter de “persona” a la corporación privada (“moral person” la llaman en inglés, “persona jurídica” se la llama en Chile), de un modo muy ingenioso los directores del film se propusieron analizar a esta “persona” como lo haría la psicología clínica. Al cabo de estudiar varias de sus conductas, la conclusión es que esta “persona” es en verdad una suerte de peligroso psicópata que desconoce todo límite moral, no muestra ninguna responsabilidad social y tiene una obsesión con obtener ganancias sin importar cómo.
En una de las escenas del film y a propósito del ataque contra las Torres Gemelas en Nueva York, se entrevista a un corredor de la bolsa que estaba en su trabajo en el momento del atentado y sus palabras retratan muy bien esa mentalidad psicopática del sistema mismo. Sin vacilar el entrevistado afirma con elocuente franqueza: “no conozco a ninguno de mis colegas que al momento de conocerse el atentado no haya tenido la misma inmediata reacción: ¿a qué precio se va a disparar el oro…?” No cabe duda que, quizás con más discreción, una buena parte de los empresarios chilenos haya tenido parecidas preocupaciones a poco de producirse el terremoto: “¿cómo esto va a afectar mi negocio?” “¿mmh, cómo voy a ir allí cuando comience la reconstrucción?” O en algunos casos (las constructoras e inmobiliarias responsables por los edificios colapsados): “¿cómo salimos de este tete sin que tengamos que pagarle a esta gente que nos va echar la culpa por lo que pasó…?”
No cabe duda que algunos saltaron a aprovecharse de la oportunidad de manera inmediata, casi con una visión obscena de los negocios, el caso de las empresas de buses interurbanos que al par de días del desastre, alzaron las tarifas aun cuando en muchos casos el estado de los caminos impedía a los buses completar su recorrido y dejaban a sus pasajeros a medio camino. La actitud de los empresarios de buses es ciertamente ramplona y vulgar: “¡Tsk, tsk!” habrán dicho otros empresarios con más prudencia en su accionar: “Así no se hace, hay que ser más recatado y al final se gana más…” A otros simplemente los traicionó la rapidez de su lengua que dejó atrás su capacidad de filtrar pensamientos estúpidos, como fue el caso del presidente de la Cámara Chilena de la Construcción al comparar uno de los edificios dañados a la Torre de Pisa.
Por supuesto esto no tiene nada que ver con las cualidades personales que muchos empresarios puedan tener en cuanto individuos, algunos donando generosamente en la Teletón organizada por Don Francisco (aunque como siempre en esas campañas, las contribuciones más generosas como totalidad son las que hace la gente más humilde) e incluso hasta sirviendo amablemente como telefonistas recibiendo las llamadas de la gente que quería donar (lo que no deja de tener cierto mérito considerando que probablemente estos empresarios no ha respondido llamados telefónicos en años, para eso tienen a sus secretarias…). El tema de fondo no es el de esas cualidades que estas personas puedan exhibir más otras tantas: auspiciadores de actividades artísticas, cariñosos con sus hijos y esposas (extendiendo en más de una ocasión ese cariño a sus amantes también, un pequeño aporte a la redistribución de ingresos…), sostenedores de alguna actividad deportiva y hasta afectuosos con sus perros y gatos. No, definitivamente el problema no es uno de personalidad sino uno de carácter consustancial al sistema económico, que hace que en definitiva, aunque muy pocos se atrevan a decirlo en todas sus letras, el terremoto (como los huracanes en el Caribe o las inundaciones en el trópico) es una buena oportunidad de negocios. Tan simple como eso.
Naturalmente a esa simple premisa del capitalismo súmese ahora el hecho que el gobierno de Chile está en manos de la derecha, esencialmente de hombres de negocio. Como lo describe ese chiste que circula profusamente por el Internet: “Se avisa a nuestra distinguida clientela que a partir del 11 de marzo Chile será atendido por sus propios dueños”. Muy cierto y lo suficientemente atractivo como para despertar los apetitos en gran escala. Al respecto algunas preguntas son muy pertinentes: ¿se va a permitir que las empresas constructoras eludan sus responsabilidades simplemente mediante la transferencia de sus bienes a otras nuevas recién inscritas para ese objeto (como fraudulentamente ha hecho al menos una empresa denunciada), o declarando bancarrota, o simplemente dilatando los juicios por años procurando agotar los recursos de los demandantes?
El caso de las constructoras e inmobiliarias es interesante como prueba para el gobierno de Sebastián Piñera porque de algún modo le presentará con un dilema: por un lado, un gobierno dominado por empresarios ciertamente tenderá a favorecer a los suyos (además en materia de negocios hay muchos entrelazamientos por lo que no sería raro que gente que aparece en el gabinete proviniendo de cierta esfera de los negocios, tenga también intereses en la ahora cuestionada área de la construcción), por otro lado sin embargo, una gran parte de los afectados por los edificios derrumbados (muchos condominios) son personas de la clase media, ese volátil segmento de la población que – por los resultados conocidos – la última vez se habría inclinado por el candidato de la derecha. Los estrategas políticos de la derecha naturalmente querrían que eso continuara siendo así, pero dejar libre de polvo y paja a las constructoras por cierto no va a ayudar a lograr ese objetivo. Una tercera posibilidad es que ese ente tan vilipendiado por el neoliberalismo sea quien venga al rescate: el Estado a través de alguna forma de subsidio, aliviando así a los que perdieron sus viviendas y al mismo tiempo minimizando el impacto a sus amigos de las empresas constructoras. Claro está, si el gobierno se mueve en esta dirección arriesgará una feroz denuncia por el uso de recursos fiscales para tapar las fallas de la empresa privada, pero en el orden cínico de las cosas puede ser la salida por la que Piñera opte que le traiga menor costo político.
Por cierto hay muchas otras interrogantes que surgen en relación a este riesgoso juego de intereses privados y públicos: ¿repararán las carreteras y puentes aquellos consorcios privados que las construyeron y que por contrato se benefician del cobro de su uso? ¿o tendrá que ser el Estado el que se ponga?
¿Y qué hay de los bienes propiedad del Estado mismo, como la vía férrea al sur? ¿Aprovecharán aquellos que quieren privatizar lo poco que queda como propiedad pública, la destrucción de esa línea para privatizarla a precio de huevo o simplemente liquidar el servicio de trenes al sur y de paso eliminar el último servicio de trenes de pasajeros existente en el país? Tanto los empresarios de buses (los mismos que alzaron las tarifas en la zona terremoteada, como mencioné al comienzo) como los empresarios camioneros estarían de plácemes si la pequeña competencia que el servicio de pasajeros y de carga que los ferrocarriles todavía mantiene desapareciera del todo.
En una de las escenas del film y a propósito del ataque contra las Torres Gemelas en Nueva York, se entrevista a un corredor de la bolsa que estaba en su trabajo en el momento del atentado y sus palabras retratan muy bien esa mentalidad psicopática del sistema mismo. Sin vacilar el entrevistado afirma con elocuente franqueza: “no conozco a ninguno de mis colegas que al momento de conocerse el atentado no haya tenido la misma inmediata reacción: ¿a qué precio se va a disparar el oro…?” No cabe duda que, quizás con más discreción, una buena parte de los empresarios chilenos haya tenido parecidas preocupaciones a poco de producirse el terremoto: “¿cómo esto va a afectar mi negocio?” “¿mmh, cómo voy a ir allí cuando comience la reconstrucción?” O en algunos casos (las constructoras e inmobiliarias responsables por los edificios colapsados): “¿cómo salimos de este tete sin que tengamos que pagarle a esta gente que nos va echar la culpa por lo que pasó…?”
No cabe duda que algunos saltaron a aprovecharse de la oportunidad de manera inmediata, casi con una visión obscena de los negocios, el caso de las empresas de buses interurbanos que al par de días del desastre, alzaron las tarifas aun cuando en muchos casos el estado de los caminos impedía a los buses completar su recorrido y dejaban a sus pasajeros a medio camino. La actitud de los empresarios de buses es ciertamente ramplona y vulgar: “¡Tsk, tsk!” habrán dicho otros empresarios con más prudencia en su accionar: “Así no se hace, hay que ser más recatado y al final se gana más…” A otros simplemente los traicionó la rapidez de su lengua que dejó atrás su capacidad de filtrar pensamientos estúpidos, como fue el caso del presidente de la Cámara Chilena de la Construcción al comparar uno de los edificios dañados a la Torre de Pisa.
Por supuesto esto no tiene nada que ver con las cualidades personales que muchos empresarios puedan tener en cuanto individuos, algunos donando generosamente en la Teletón organizada por Don Francisco (aunque como siempre en esas campañas, las contribuciones más generosas como totalidad son las que hace la gente más humilde) e incluso hasta sirviendo amablemente como telefonistas recibiendo las llamadas de la gente que quería donar (lo que no deja de tener cierto mérito considerando que probablemente estos empresarios no ha respondido llamados telefónicos en años, para eso tienen a sus secretarias…). El tema de fondo no es el de esas cualidades que estas personas puedan exhibir más otras tantas: auspiciadores de actividades artísticas, cariñosos con sus hijos y esposas (extendiendo en más de una ocasión ese cariño a sus amantes también, un pequeño aporte a la redistribución de ingresos…), sostenedores de alguna actividad deportiva y hasta afectuosos con sus perros y gatos. No, definitivamente el problema no es uno de personalidad sino uno de carácter consustancial al sistema económico, que hace que en definitiva, aunque muy pocos se atrevan a decirlo en todas sus letras, el terremoto (como los huracanes en el Caribe o las inundaciones en el trópico) es una buena oportunidad de negocios. Tan simple como eso.
Naturalmente a esa simple premisa del capitalismo súmese ahora el hecho que el gobierno de Chile está en manos de la derecha, esencialmente de hombres de negocio. Como lo describe ese chiste que circula profusamente por el Internet: “Se avisa a nuestra distinguida clientela que a partir del 11 de marzo Chile será atendido por sus propios dueños”. Muy cierto y lo suficientemente atractivo como para despertar los apetitos en gran escala. Al respecto algunas preguntas son muy pertinentes: ¿se va a permitir que las empresas constructoras eludan sus responsabilidades simplemente mediante la transferencia de sus bienes a otras nuevas recién inscritas para ese objeto (como fraudulentamente ha hecho al menos una empresa denunciada), o declarando bancarrota, o simplemente dilatando los juicios por años procurando agotar los recursos de los demandantes?
El caso de las constructoras e inmobiliarias es interesante como prueba para el gobierno de Sebastián Piñera porque de algún modo le presentará con un dilema: por un lado, un gobierno dominado por empresarios ciertamente tenderá a favorecer a los suyos (además en materia de negocios hay muchos entrelazamientos por lo que no sería raro que gente que aparece en el gabinete proviniendo de cierta esfera de los negocios, tenga también intereses en la ahora cuestionada área de la construcción), por otro lado sin embargo, una gran parte de los afectados por los edificios derrumbados (muchos condominios) son personas de la clase media, ese volátil segmento de la población que – por los resultados conocidos – la última vez se habría inclinado por el candidato de la derecha. Los estrategas políticos de la derecha naturalmente querrían que eso continuara siendo así, pero dejar libre de polvo y paja a las constructoras por cierto no va a ayudar a lograr ese objetivo. Una tercera posibilidad es que ese ente tan vilipendiado por el neoliberalismo sea quien venga al rescate: el Estado a través de alguna forma de subsidio, aliviando así a los que perdieron sus viviendas y al mismo tiempo minimizando el impacto a sus amigos de las empresas constructoras. Claro está, si el gobierno se mueve en esta dirección arriesgará una feroz denuncia por el uso de recursos fiscales para tapar las fallas de la empresa privada, pero en el orden cínico de las cosas puede ser la salida por la que Piñera opte que le traiga menor costo político.
Por cierto hay muchas otras interrogantes que surgen en relación a este riesgoso juego de intereses privados y públicos: ¿repararán las carreteras y puentes aquellos consorcios privados que las construyeron y que por contrato se benefician del cobro de su uso? ¿o tendrá que ser el Estado el que se ponga?
¿Y qué hay de los bienes propiedad del Estado mismo, como la vía férrea al sur? ¿Aprovecharán aquellos que quieren privatizar lo poco que queda como propiedad pública, la destrucción de esa línea para privatizarla a precio de huevo o simplemente liquidar el servicio de trenes al sur y de paso eliminar el último servicio de trenes de pasajeros existente en el país? Tanto los empresarios de buses (los mismos que alzaron las tarifas en la zona terremoteada, como mencioné al comienzo) como los empresarios camioneros estarían de plácemes si la pequeña competencia que el servicio de pasajeros y de carga que los ferrocarriles todavía mantiene desapareciera del todo.
“Los negocios son los negocios” la vieja frase seguirá dando vueltas, como los empresarios interesados en tener “a piece of the action” en las faenas de reconstrucción empezarán pronto a dar alrededor de los distintos ministerios y gobiernos regionales; “dar vueltas”, interesante expresión, como las aves de rapiña en torno a donde ha rondado la muerte. “Los negocios son los negocios”, qué duda cabe.
