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De uno en fondo, los liberales podrían dar una o varias vueltas a la línea ecuatorial. Algunos encandilan como el sol, otros transmiten su energía a millones de años-luz, y los más flotan a la deriva, en las nebulosas del cosmos social.
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Veamos la coyuntura política argentina, donde el gobierno de Cristina Fernández ha impulsado varias medidas en beneficio de los sectores medios, jubilados, trabajadores y desocupados, a más de recuperar la soberanía política del Estado en las decisiones económicas. Se entiende, por tanto, la reacción de los poderes oligárquicos. ¿Y la de los sectores medios que junto con la izquierda autorreferencial les hacen coro?
No existe en Argentina un proceso revolucionario como el de Bolivia o Venezuela. Sin embargo, los medios y la oposición, que Fernández califica de rejunte, imponen día tras día la agenda del día. Primer punto y final: destitución de la presidenta constitucional. ¡Esa mujer! Así nombraban a Eva Perón los liberales de la época (negándola), y así tituló el escritor Rodolfo Walsh un relato antológico de la literatura argentina. Cristina no es Eva Perón. No obstante, el rejunte opositor concita igual odio clasista y racial. En 1952, cuando Evita agonizaba presa del mal que el recatado periodismo de la época llamaba incurable, aparecieron en los barrios lindos de Buenos Aires grafitos que decían ¡Viva el cáncer! Exabrupto del odio que los expertos en ética y moral y los profesores del proletariado pasaron por alto. Un entendido en merengues ideológicos preguntaría ¿qué hacer? Un país culto, alfabetizado, blanquito, atiborrado de liberales talentosos y superrevolucionarios, y válgame Dios… ¡cautivo del peronismo desde 1945! En efecto: los liberales argentinos llevan 65 años recalentando el asado destinado a festejar la desaparición del mayor movimiento de masas de la historia argentina. Optimismo no les falta. El problema es que si Perón decía que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista, las clases medias, atizadas por la gran burguesía, están convencidas de que el mejor peronista es el peronista muerto. De modo que la noción de democracia defendida por la mitad más uno de los argentinos, colisiona con el resto de la sociedad. Con todo, el peronismo también supo de derrotas. En 1983 (desaparecidos mediante), Raúl Afonsín alcanzó la presidencia con un porcentaje importante de votos peronistas, y convocó a todos los argentinos de buena voluntad. Ahora bien: en política, el genérico todos sólo se entiende en Suiza o Dinamarca.
Frente al caos, el futurismo liberal propuso que se vayan todos, y los acordes de las ollas de teflón armonizaron con las de aluminio barato. Pero el pueblo (¡ups! excuse me, la gente…) se preguntó quiénes debían encabezar la retirada, pues por algo había que empezar. Hubo consenso: Menem & asociados al cadalso.
Los golpistas del mercado acorralaron a Alfonsín, y Carlos Menem, profeta de la revolución productiva, ganó las elecciones en 1989. Poco después, los gauchos del Consenso de Washington operaban tras bambalinas. En 2001, Argentina estaba en el hoyo: incautación masiva de cuentas corrientes, congelación de fondos, 300 por ciento de devaluación, y total desmantelamiento del sector productivo nacional.
Los golpistas del mercado acorralaron a Alfonsín, y Carlos Menem, profeta de la revolución productiva, ganó las elecciones en 1989. Poco después, los gauchos del Consenso de Washington operaban tras bambalinas. En 2001, Argentina estaba en el hoyo: incautación masiva de cuentas corrientes, congelación de fondos, 300 por ciento de devaluación, y total desmantelamiento del sector productivo nacional.
