La derecha, bajo el nuevo referente llamado Coalición por el Cambio, aspira gobernar Chile por lo menos durante ocho años. Las metas trazadas ya apuntan al 2018, fecha en la que Chile celebrará “el Bicentenario de nuestra verdadera independencia”, según palabras de Sebastián Piñera, que es la transformación, ha dicho, en un país desarrollado. Una meta, que es también un sueño, diríamos, ancestral, compartido por todos los ciudadanos.
Para lograr este objetivo el programa de Piñera no difiere en gran cosa de las propuestas y políticas de los últimos veinte años llevadas a cabo por los gobiernos de la Concertación: altas tasas de crecimiento, altos niveles de inversión, producción, exportaciones, consumo, y, por cierto, empleo. Una serie de variables económicas que pese a todos los deseos han venido decayendo durante los últimos años.
Piñera ha establecido algunos mecanismos y precisado algunas variables para alcanzar esa meta. “Nuestro compromiso –ha dicho- es lograr una tasa de crecimiento promedio en el período del seis por ciento, para que así aumenten las oportunidades de trabajo y los ingresos de todas las familias chilenas” y elevar la inversión en cinco puntos porcentuales, desde un 23 por ciento a un 28 por ciento del PIB. Como consecuencia de ello, en los próximos cinco años se creará un millón de nuevos empleos “con salarios justos”.
“Un gasto fiscal moderado”
La fórmula propuesta por el nuevo presidente está entregada una vez más a las fuerzas del mercado. Si por un lado invoca al alto crecimiento y a una fuerte inversión, por otro frena la intervención estatal en la economía: “el gasto público debe crecer moderadamente en el futuro. Así, se proyecta un incremento promedio en torno al 4 a 5% real en el período 2010-2013, en tanto los ingresos fiscales para financiarlo provendrán del aumento de recursos generados por el mayor crecimiento económico”.
Entre estas propuestas económicas y las históricas de la Concertación hay numerosas similitudes. Tienen la misma inspiración y apuntan a los mismos objetivos. Durante los últimos veinte años también oímos tantas veces sobre el inminente ingreso al Primer Mundo, el salto al desarrollo, como también las invocaciones al crecimiento económico como fórmula mágica para la creación de empleo y buenos salarios. Una invocación levantada desde los primeros años de la década pasada y mantenida como plegaria hasta hoy en día. Entretanto, el crecimiento económico decayó, las altas tasas de desempleo pasaron a ser estructurales y la distancia entre ricos y pobres de ensanchó como nunca en la reciente historia económica.
Pero no han sido estos los motivos que siembran las mayores dudas sobre la continuidad de las bases de la actual y neoliberal institucionalidad económica. Desde la instalación del modelo de libre mercado durante la década de los ochentas y su profundización y perfección a partir de los noventas, es mucha el agua turbia que ha corrido bajo este puente. Porque la crisis financiera mundial desatada hacia finales del 2008 no da señales de acabar. Y un país, como es Chile, cuya economía depende de las oscilaciones de los mercados internacionales, está enfrentado a un futuro lleno de incertidumbres. Un nuevo periodo recesivo mundial –que es un escenario bastante probable- puede reeditar desempeños económicos como los sufridos el año pasado, con un declive del producto cercano al dos por ciento, tasas de desempleo que superaron los dos dígitos y fuertes caídas en la producción, el consumo y las exportaciones. Todo ello sin considerar la catástrofe del 27 de febrero, que, como veremos más adelante, será también un terremoto para el programa económico de Sebastián Piñera.
La inspiración económica del gobierno entrante está apoyada en el comportamiento del mercado. Y no al revés. Se hace política sobre la economía, a partir de los mercados, sobre un supuesto crecimiento económico. Neoliberalismo clásico. Pero en un escenario similar al 2009 de qué sombrero sacará Sebastián Piñera el millón de empleos.
Más y más mercado
Piñera ha vuelto a invocar al mercado como tantas veces lo hicieron los gobiernos de la Concertación. Lo ha hecho con nuevos bríos, con la pasión de un oficiante mayor de esta fe. Como si su historia, o la de sus pares, fuera traspasable. Y en este arrebato, su discurso se muta en pura retórica. Cae en el vacío, porque su gobierno, o su país de emprendedores, es un eufemismo. Porque los llamados al éxito no son a los pequeños productores, ni los micro empresarios, ni tampoco los pequeños. Tal como lo hemos observado durante décadas del mismo modelo económico, bajo el nombre de los emprendedores han estado y seguirán estando los grandes empresarios, los grandes grupos, los pares de Piñera.
Al observar los párrafos del programa dedicados a las pymes no es mucho lo que hallamos de “cambio”. Las propuestas parecen un borrador de las políticas de la concertación hacia este extenso sector de la producción y los servicios. Frases como “más financiamiento”, o una “reingeniería” de los instrumentos y programas que “hoy existen” en las diversas instituciones del Estado, se han venido oyendo desde hace veinte años con muy magros resultados. En los hechos, no habido y ahora tampoco hay una política que empodere a las pymes frente a los grandes grupos económicos y financieros que controlan los mercados.
El paso al desarrollo es un proceso, generalmente empujado con persistencia por los gobiernos. Es un proyecto de largo aliento, una creación y el resultado de largas luchas. No es un acto espontáneo provocado por la liturgia del mercado, que es siempre un ente manejado por las grandes fortunas. Porque al hablar del “mercado” no nos referimos a los pequeños productores ni pequeños accionistas. El “mercado” está compuesto por los grandes bancos de inversión y las grandes riquezas, las que velan siempre por sí mismas. Si los “mercados”, en su delirante ambición y egolatría derribaron hace tan poco la economía estadounidense, qué puede llevar a pensar que conducirán a un pequeño país al desarrollo. ¿Ilusión, obsesión? ¿Fundamentalismo neoliberal? Tal vez todo ello, pero, en especial, intereses compartidos. Cuando observamos el perfil empresarial de Piñera o la composición de su gabinete de tecnócratas ligados a la gran empresa, es evidente reconocer una sociedad de clases inspiradas por intereses muy compartimentados que la institucionalidad heredada de la dictadura ha cristalizado. Si a ello agregamos el perfil, biografía y relaciones de la clase que compone el nuevo gobierno es evidente concluir que la segregación propia de esta institucionalidad de libre mercado se reforzará.
Los nuevos gobernantes y sus electores esperan hacerlo bien y por un largo periodo, que no es otra cosa que mantener los equilibrios macroeconómicos para mantener al país a la máxima velocidad de crucero. Y desde allí, con un ilusorio alto crecimiento como carta de navegación, crear empleos, aumentar salarios y el consumo. Esperan reforzar y amplificar la vieja política económica caritativa del chorreo. Pero se trata de una hipótesis que no se sostiene bajo un modelo económico que depende de factores externos. Pese a todos los deseos de la Concertación, la economía chilena, tras el auge de los noventas, nunca más ha podido crecer a tasas superiores al seis por ciento. Que Piñera ahora lo proponga es pura retórica.
Hace más de veinte años asesores del presidente Reagan proclamaron, tras la caída del Muro de Berlín, el fin de la Historia, que es también el fin de la lucha de clases. Una consigna que a poco andar se estrelló con las enormes contradicciones del modelo de mercado proclamado por aquellos próceres que habían derrotado a la Guerra Fría. Pero el nuevo paradigma neoliberal no sólo revivió la Historia, sino que ha sido incapaz de sostenerse por sí mismo. A más de veinte años de la caída del Muro lo que tenemos es escenario mundial caracterizado por la inestabilidad y debilidad económica. Sostener en Chile a rajatabla un modelo en franco deterioro es obstinarse a mantener una sociedad de clases. Y sujetarla sin políticas redistributivas y tributarias, sostenerla bajo la premisa de más y más mercado, es apostar hoy por hoy y de manera muy arriesgada a los designios de la suerte. Sin un alto crecimiento económico y enfrentado a un recrudecimiento de la crisis, Piñera gobernará con un creciente, y tal vez inédito para los últimos veinte años, malestar social.
El 27 de febrero
El 27 de febrero a las 3:34 horas la mala suerte se ensañó con Chile y de paso también con el gobierno entrante de Piñera. A las pocas horas de haber ocurrido el terremoto, el nuevo presidente anunció que recurrirá al dos por ciento constitucional para echar mano sin mayores trámites a la cartera fiscal. Por cierto que este gesto es necesario dada la magnitud de la catástrofe y el daño público y privado constatado –estimados entre 30 mil y 50 mil millones de dólares-, pero también es cierto que redundará en algo que Piñera había criticado días antes: ante el mayor gasto fiscal que realizó el gobierno de Bachelet para amortiguar los efectos de la crisis, Piñera había anunciado un año austero. Tras la magnitud de los daños del terremoto, se ha visto obligado a rectificar esas intenciones.
Es posible que la reconstrucción de la infraestructura e inmuebles públicos y privados se conviertan en un incentivo a la producción y, en consecuencia, a la creación de empleo. Pero estas inversiones no sólo vendrán del sector privado. El fisco tendrá que reparar los numerosos bienes públicos destruidos –el MOP ya ha anunciado que sólo en infraestructura los daños ascienden a 1.200 millones de dólares- y se verá presionado a entregar ingentes subsidios para la recuperación de industrias, talleres, comercios y viviendas de los varios millones de damnificados, lo que sin duda significará un aumento sin precedentes en los últimos años del gasto fiscal.
Si consideramos las palabras del nuevo gobernante en cuanto a un aumento del gasto según la tasa de crecimiento del PIB, es probable que la fórmula inicial de un equilibrio fiscal quede sólo en la letra. Sólo resultaría si la reconstrucción del país es lo suficientemente dinámica para empujar el crecimiento del producto a las tasas deseadas, tarea que también recaerá necesariamente en el sector público.
Piñera probablemente se verá obligado a olvidar su fórmula inicial. De hecho parece que ya lo ha hecho al anunciar un gobierno de “reconstrucción nacional”. Porque tendrá que hacer una “reingeniería” a su programa, se verá presionado a aplicar una especie de keynesianismo forzado, lo que necesariamente redundará en un fuerte aumento del gasto fiscal y, tal vez, en un nuevo déficit fiscal pese a los ahorros que deja el actual gobierno por los ingresos del cobre. El clásico modelo de no intervención pública propio del modelo neoliberal deberá esperar. Y si a la catástrofe le agregamos la gran incertidumbre respecto al desempeño este año de la economía mundial, Piñera podría comenzar a pensar en un programa económico alternativo con una participación más activa del Estado y nuevas fuentes de financiamiento. ¿Será éste su gobierno de “reconstrucción nacional”? ¿O será la oportunidad de aplicar más mercado a la manera de una doctrina del shock neoliberal?
El terreno que pisa la economía mundial en estos momentos es extremadamente frágil. Hoy no sólo Estados Unidos está sumido en una precaria situación, sino que también la Unión Europea. La crisis económica que padece Grecia provocada, entre otras variables, por un alto endeudamiento público, se reproduce también en España –por factores diferentes-, Italia, Irlanda y Portugal con efectos sobre la estabilidad del euro. Una caída de estos países de la UE, han pronosticado diversos analistas, sería varias veces mayor a la quiebra de los bancos estadounidenses.
Los oficiantes del mercado anunciaron de forma muy prematura e interesada una fase de recuperación, que ha resultado ser falsa. Y no solamente por los efectos de la gran catástrofe nacional, sino también por el escenario internacional: con la crisis de Grecia y otros países europeos, lo que ha quedado demostrado es la teoría de una larga crisis e inestabilidades futuras, la que podría prolongarse durante unos diez años.
Es éste el mundo y la realidad, con una cruel naturaleza incluida, que enfrentará el gobierno de Piñera. Nuestro futuro está bastante nublado.
PAUL WALDER
Artículo publicado en la revista Punto Final
