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Agosto 19, 2026

TELESCOPIO: Ahora, algunas preguntas

La distancia física le da a uno cierta perspectiva para mirar los inmediatos efectos del terremoto que ha afectado a Chile. Una vez resueltas las dudas que lo pueden afectar emocionalmente más de cerca – la supervivencia de sus familiares – el tiempo también llega para hacerse importantes preguntas que trascienden su círculo inmediato e importan a toda la sociedad chilena.

La primera interrogante, al mismo tiempo la más obvia, es por qué la gran mayoría de las construcciones que se han venido al suelo, edificios residenciales y comerciales, así como carreteras y puentes, habían sido construidos muy recientemente (digamos en los últimos cinco a diez años). Por cierto alguien puede inmediatamente replicar que dada la magnitud del sismo era muy difícil para un edificio, resistir sus embates. Bueno, uno podría aceptar tal argumento si en los hechos el 100 o al menos el 80 por ciento de las construcciones estuvieran en el suelo, pero ese no es el caso tampoco. No he sabido que por ejemplo los edificios del área comercial del centro de Santiago en el Paseo Ahumada o la Alameda, levantados entre los años 30 y 60 se hayan derrumbado. Debo insistir entonces, el problema es con las construcciones de los últimos años.
 
En un reportaje desde Concepción el periodista de TVN Santiago Pavlovic, apuntaba a la respuesta de un modo muy franco: la codicia de las empresas constructoras que movidas por el deseo de maximizar ganancias, simplemente han estado haciendo ahorros utilizando material de calidad inferior o dejando de cumplir con las estrictas exigencias de construcción antisísmica vigentes en Chile desde comienzos del siglo 20. Esta “codicia” que se ha visto de manera clara en numerosos edificios tanto en la ciudad de Concepción como en Santiago, no sería sino la extensión lógica de la mentalidad que genera el modelo económico neoliberal: “aquí las están dando” pareció ser el lema de las constructoras, por un lado embarcadas en un boom de inversiones residenciales sin precedentes y por otro, estimuladas por un ambiente socioeconómico en el que la idea de regular de manera exigente y severa parece ver visto con sospecha, como una rémora de un pasado que sólo unos cuantos nostálgicos del socialismo añorarían, un tiempo en que el estado efectivamente ejercía un rol activo en la economía del país y el mercado no era el único determinante de la calidad de un producto.
 
Si la gran cantidad de edificios dañados ha sido una imagen persistente, por otro lado los numerosos puentes y carreteras y otras instalaciones de uso público por el suelo dan una visión impresionante especialmente por el alto costo que va a suponer su reemplazo y por  los efectos que su destrucción tendrá sobre la actividad productiva del país. Esto de nuevo pone en cuestión el modelo de partenariado público-privado que se ha utilizado para la construcción de carreteras y puentes. Las carreteras concesionadas que traerían beneficio público a un mínimo costo para el estado, pueden ahora ocasionar un enorme gasto ¿o alguien piensa que las concesionarias van a venir solícitas a ponerse ellas con el dinero que la reconstrucción de la estructura vial va a suponer? (La imagen más ilustrativa de la mentalidad “de mercado” de estas concesionarias fue mostrada por la propia televisión cuando en la tarde del día del siniestro, sus puestos de peaje sí estaban en su lugar, cobrando los peajes en una carretera que kilómetros más adelante estaba colapsada…)
 
El día o más bien dicho esa mañana aquí en Montreal, cuando me enteré del sismo y encendí el televisor,  la primera imagen que vi fue la del edificio del terminal del aeropuerto de Santiago completamente inutilizado. Ahí mismo me dije que ciertamente se trataba de un terremoto en grande. Cada cierto tiempo el canal televisivo recordaba que el principal aeropuerto de la capital chilena estaba cerrado. Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que una ciudad de la envergadura de Santiago no tenga un aeropuerto alternativo para casos como estos? Toronto o Montreal, ambas con una población que es la mitad de la que tiene la capital chilena tienen ambas un aeropuerto de reserva. Buenos Aires tiene Ezeiza y Aeroparque. Lo peor es que cuando hace unos años se decidió terminar con el antiguo aeropuerto de Los Cerrillos, los que se oponían a la idea hicieron exactamente este argumento que ahora reitero: en caso de emergencia una ciudad grande debe siempre contar con otro aeropuerto capaz de recibir aviones de gran tamaño (el pequeño aeródromo de Tobalaba en el oriente de la ciudad o la base aérea de El Bosque en el sur de la misma no reúnen tales requisitos). ¿Qué llevó a los “genios” de ese entonces a destruir Cerrillos? Más aun, podría apostar a que el entonces edificio terminal de ese aeropuerto construido en los años 40 ó 50 hubiera resistido mejor que el moderno terminal de Pudahuel.
 
Lo más irónico de todo esto es que Cerrillos, ahora llamado Proyecto Bicentenario, aparte de haber construido un parque, hasta este momento no ha despertado un gran entusiasmo inmobiliario. El público al que apuntaba – sectores de clase media – no tiene mayor interés en instalarse en medio de lo que continúa siendo básicamente una zona industrial, un barrio no particularmente atractivo y para peor, en el vecindario de poblaciones de bajos ingresos como José María Caro y La Feria, no el tipo de gente con la que los miembros de la clase media chilena gustan codearse. Lo más probable es que el ambicioso proyecto termine siendo convertido en un área de poblaciones para sectores de bajos ingresos. El problema es que además de que el Proyecto Bicentenario resultó un fiasco, de paso se destruyó el único aeropuerto alternativo que cuando Pudahuel quedó inutilizable pudo haber sido de gran ayuda.
 
El problema creado por los saqueos especialmente en la zona de Concepción produce otra interrogante de gran complejidad ¿es la declaración del estado de emergencia por catástrofe la mejor manera de bregar con este problema? El asunto es delicado porque se ha tratado de la primera ocasión en que un gobierno democrático ha designado a  jefes de plaza militares con amplias atribuciones, incluida la facultad de suspender garantías constitucionales. Puede que se trate de un vacío legal en Chile que aparentemente no haya un mecanismo que permita el uso de personal militar para ayudar en situaciones como estas sin tener que darle amplias atribuciones a sus mandos militares. En Estados Unidos durante el desastre causado por el huracán Katrina la guardia nacional y fuerzas navales operaron bajo las órdenes del gobernador del estado de Louisiana, aquí mismo en Canadá, cuando en 1998 una tempestad de hielo dejó sin electricidad a la provincia de Quebec por varias semanas los militares efectivamente fueron llamados tanto a tareas de apoyo como en mantención del orden ya que algunos actos de saqueo se habían registrado (para mí fue una experiencia inédita ver patrullas militares en el centro de Montreal), pero su accionar – más que nada por presencia – estuvo siempre sujeto a la autoridad civil. Al fin de cuentas ¿de dónde sale esa idea de que sólo mandos militares pueden entender qué hacer en una situación de emergencia?
 
Y por cierto la pregunta del millón: ¿por qué el saqueo? O más bien dicho ¿por qué un saqueo de una magnitud tan grande? Como mencionaba en el caso de Montreal en 1998 y por cierto el de Nueva Orleans en Estados Unidos después de Katrina, actos de saqueo o pillaje siempre se van a dar. También se dieron en Chile en el gran sismo de 1960. El problema esta vez ha sido la envergadura de este fenómeno. No considero verdaderamente como acto de saqueo el hecho que pobladores, especialmente mujeres, en estado de desesperación por la falta de alimento para sus hijos procedieran a apropiarse de alimentos almacenados en una bodega de una de las mayores cadenas de supermercados; a lo que realmente me refiero aquí es a actos que envolvían la apropiación de televisores de plasma, computadoras y hasta refrigeradores. Ciertamente no artículos de primera necesidad.
 
Para algunos quizás la respuesta más fácil es que simplemente la gente “se ha vuelto más mala”. Pero esa es una explicación sumamente incompleta y que surge más de interpretaciones a un nivel emocional que de la consideración de todos los factores que han llegado a determinar este tipo de conductas antisociales. Por cierto también es fácil atribuir estos actos a elementos del lumpen, que como sabemos tienen una presencia como segmento marginal en prácticamente todas las sociedades del mundo. Pero si bien es cierto el lumpen tiene mucho que ver con esos actos de saqueo, por otro lado el carácter muy masivo que por momentos el fenómeno ha tomado lo hace a uno preguntarse si es que la sociedad chilena o al menos ciertas comunidades se han “lumpenizado” o si este segmento de la población ha tenido un crecimiento insospechado. La respuesta no es sencilla, por cierto hay gente lumpen en estos episodios pero también parecía haber muchos que no caen necesariamente en esa categoría, gente que en otras circunstancias no haría estas cosas pero que ahora, cuando la oportunidad se dio no vacilaron en lanzarse al pillaje. En parte puede ser gente muy normal, pero que ha sido llevada a circunstancias de resentimiento y odio irracional porque ellos mismos han sufrido un “saqueo” por parte de negocios que les ofrecen crédito fácil que los amarra de por vida, o que simplemente han sido saqueados por los abismantes intereses que deben pagar en esos mismos créditos. O simplemente gente dejada de lado, incapaz de participar de la orgía consumista. Naturalmente a esta situación han sido llevados por el afán consumista instalado en Chile desde los tiempos de la dictadura y que no sólo no se modificó sino se exacerbó en los años de gobierno concertacionista. Para muchos que saquearon y luego incluso vandalizaron los locales comerciales en Concepción y otras ciudades, su irracional acción era su manera de responder a la marginalización a la que el sistema neoliberal los arrojó, una manera de decir “nos ofrecen bienes a precios baratos y con créditos que nunca terminamos de pagar, se nos dice que todo es ‘llegar y llevar’ bueno chúpense esa: mejor que precios bajos por las mercaderías son las mercaderías sin tener que pagarlas…” En cierto modo la consigna de una sociedad de consumo llevada a su máxima (y absurda) expresión.  Pero que conste que ese es una mentalidad que ha sido el resultado lógico de una sociedad que ofrece bienes de manera provocativa que una gran cantidad de gente simplemente no puede adquirir, como no sea en el acto de saqueo, la consecuencia de un consumismo seductor.
 

El consumismo crea consumidores, pero también marginaliza a los que no pueden disfrutar de él y que bajo ciertas circunstancias como la anomia que una catástrofe genera, van a buscar su revancha, por destructiva e irracional que sea. Pero el saqueo comenzó antes y no fue sólo el saqueo de sus dineros en créditos impagables, también fue el saqueo de sus conciencias, al habérseles hecho creer que la felicidad se alcanzaba por la posesión de bienes materiales.