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Los “fronterizos”, esa excepcional casta política, siempre permanecen –algunas veces disfrazados de “hombres de Estado”, otras de ejecutores de “una política de Estado” por “el bien sacrosanto de la patria” y “el prestigio de Chile”-, muy cerca del poder, al aguaite. Luego saltan.
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Los caracteriza una cierta arrogancia, dicen que fruto de la especialización, que los inmuniza frente a las decisiones de la ciudadanía.
Los “fronterizos” subestiman a sus antiguos camaradas y sobrestiman a los que ostentan el poder.
En las movidas por ser cooptados suelen engañar a sus más cercanos.
Los “fronterizos” no son cosa de hoy ni de los últimos años.
Los radicales fueron fronterizos con la derecha a partir de González Videla (gobernaron luego con Jorge Alessandri sin haber sido elegidos para ello). Los socialistas de Ampuero fueron fronterizos con Ibáñez en 1952. Los demócratas cristianos fueron fronterizos con la derecha en el último año de Allende (la Code) y en los primeros de la dictadura (Aylwin, Bardón, Cauas y otros).
Caracteriza a los “fronterizos” su cercanía con “el enemigo” cuando éste tiene el poder, su ideología de repente tan parecida a la del contrario, sus posturas que se tornan casi iguales a la del que está a su derecha.
El sistema capitalista moderno, en el que, como se ha demostrado, es relativamente fácil hacer fortuna en un dos por tres si uno tiene información privilegiada, buenos pitutos y mala conciencia, es el entorno que más favorece a los “fronterizos”, el mejor caldo de cultivo para esa etnia.
Andrés Navarro de Sonda es, por ejemplo, un típico fronterizo. Vota por la Concertación, hace gran negocio con el Transantiago y es brazo derecho de Sebastián.
Schaulson es otro fronterizo. Por cierto y desde hace algunos años Flores. Y para allá van, si no me equivoco, algunos concertacionistas amigos. Son “hombres de Estado” que han superado esas barreras molestas que marcan “las viejas ideologías” y la ciudadanía y que caracterizan a las democracias.
Ravinet ha probado, en los últimos días, que lo es. Tal vez lo fue también al inicio de la dictadura, no lo recuerdo.
¿Y José Miguel, que fue confirmado por Sebastián? El de José Miguel en la OEA no es un cargo relevante otorgado por el Presidente electo, como el de Ravinet, y lo que confirmó Sebastián es la candidatura, a un mes plazo, presentada por Bachelet, a un cargo internacional relevante, una candidatura que, con el apoyo de Brasil y posiblemente Venezuela (como la vez anterior) sería victoriosa con o sin el apoyo de Sebastián. ¿Qué habría hecho Sebastián con José Miguel en la OEA elegido por otros? El lío puede armarse porque Sebastián y José Miguel “leen” la política hemisférica de distinta manera, si Sebastián la lee y no sólo la intuye. Sebastián, por mandato, intereses e ideología, debe hacer un gobierno de derecha. Esto significa mejores relaciones con el Perú de Alan García y menos buenas con la Bolivia de Evo Morales, que pide una salida soberana al mar – cuestión ya rechazada por el Presidente electo- y que es parte del ALBA, asociación de naciones capitaneadas por Chávez y que han caído, según los expertos internacionales de derecha, en permanentes actitudes antidemocráticas y populistas. Significa también una aproximación mayor con Colombia, con gobierno de derecha dirigido por su amigo Uribe. Significa, además, un desconocimiento de la CARICOM, un distanciamiento aún mayor con Fidel y Raúl Castro y el visto bueno para el retorno pleno a la OEA del nuevo gobierno de Honduras. Finalmente el gobierno de Sebastián tenderá a debilitar el Grupo de Río y sobre todo a UNASUR, entidades de integración latinoamericana que ven como útiles al ALBA y a Chávez. José Miguel, para ser electo Secretario General y permanecer, debe seguir adelante con una política “centrista” y no de derecha: Equilibrarse entre Colombia y Venezuela, así como entre Colombia y Ecuador. Seguir siendo exigente con Honduras, para no aparecer legitimando golpes de Estado de derecha que pudieren repetirse en Bolivia, Venezuela o Ecuador. Mantener una política de puertas abiertas con Cuba. Fortalecer UNASUR y el Grupo de Río, entendiéndolas como instancias de coordinación distintas a la OEA. Equilibrarse entre ellos y los EEUU. Las concordancias declaradas, después del rápido encuentro entre Sebastián y José Miguel, en torno a “democratizar aún más la Carta Interamericana”, combatir la inseguridad al interior de “los queridos países de América Latina” y pugnar porque “la mayoría de ellos anhele el desarrollo” resultan adjetivas, demagógicas y casi ridículas. ¿Hay algún país que no quiera democracia (a su manera), seguridad y desarrollo? Cuando los políticos parecen vendedores de tiempo compartido o de pasajes Lan muestran que no dan el ancho para manejar la política internacional. ¿Quién, entonces, hizo a quién? ¿Serán “fronterizos”? Está por verse. Lo que no está por verse –ya se está viendo- es el apronte que ya están haciendo los “fronterizos” de segunda división que sueñan con subsecretarías.
¿Y José Miguel, que fue confirmado por Sebastián? El de José Miguel en la OEA no es un cargo relevante otorgado por el Presidente electo, como el de Ravinet, y lo que confirmó Sebastián es la candidatura, a un mes plazo, presentada por Bachelet, a un cargo internacional relevante, una candidatura que, con el apoyo de Brasil y posiblemente Venezuela (como la vez anterior) sería victoriosa con o sin el apoyo de Sebastián. ¿Qué habría hecho Sebastián con José Miguel en la OEA elegido por otros? El lío puede armarse porque Sebastián y José Miguel “leen” la política hemisférica de distinta manera, si Sebastián la lee y no sólo la intuye. Sebastián, por mandato, intereses e ideología, debe hacer un gobierno de derecha. Esto significa mejores relaciones con el Perú de Alan García y menos buenas con la Bolivia de Evo Morales, que pide una salida soberana al mar – cuestión ya rechazada por el Presidente electo- y que es parte del ALBA, asociación de naciones capitaneadas por Chávez y que han caído, según los expertos internacionales de derecha, en permanentes actitudes antidemocráticas y populistas. Significa también una aproximación mayor con Colombia, con gobierno de derecha dirigido por su amigo Uribe. Significa, además, un desconocimiento de la CARICOM, un distanciamiento aún mayor con Fidel y Raúl Castro y el visto bueno para el retorno pleno a la OEA del nuevo gobierno de Honduras. Finalmente el gobierno de Sebastián tenderá a debilitar el Grupo de Río y sobre todo a UNASUR, entidades de integración latinoamericana que ven como útiles al ALBA y a Chávez. José Miguel, para ser electo Secretario General y permanecer, debe seguir adelante con una política “centrista” y no de derecha: Equilibrarse entre Colombia y Venezuela, así como entre Colombia y Ecuador. Seguir siendo exigente con Honduras, para no aparecer legitimando golpes de Estado de derecha que pudieren repetirse en Bolivia, Venezuela o Ecuador. Mantener una política de puertas abiertas con Cuba. Fortalecer UNASUR y el Grupo de Río, entendiéndolas como instancias de coordinación distintas a la OEA. Equilibrarse entre ellos y los EEUU. Las concordancias declaradas, después del rápido encuentro entre Sebastián y José Miguel, en torno a “democratizar aún más la Carta Interamericana”, combatir la inseguridad al interior de “los queridos países de América Latina” y pugnar porque “la mayoría de ellos anhele el desarrollo” resultan adjetivas, demagógicas y casi ridículas. ¿Hay algún país que no quiera democracia (a su manera), seguridad y desarrollo? Cuando los políticos parecen vendedores de tiempo compartido o de pasajes Lan muestran que no dan el ancho para manejar la política internacional. ¿Quién, entonces, hizo a quién? ¿Serán “fronterizos”? Está por verse. Lo que no está por verse –ya se está viendo- es el apronte que ya están haciendo los “fronterizos” de segunda división que sueñan con subsecretarías.
