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Catilina fue un famoso tribuno de la plebe el año 64 a.C, en plena decadencia de la “virtud” que caracterizaba a la república romana – cualquier parecido con el imperio de Julio César, profesor Lagos, es pura casualidad-.
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El enemigo de Catilina era el famoso orador Cicerón, admirado por nuestro conde, Gabriel Valdés. Catilina se caracterizaba por ser un gran demagogo que adecuaba sus discursos a las pasiones de los electores romanos, jugaba futbol con los niños pobres y asesoraba a los apostadores de la bolsa; si ganaba, prometía abolir todas las deudas de los mezquinos agricultores de la república romana.
Los comicios romanos se caracterizaron, en el año 69 a.C., por las amenazas a los vocales de mesa y robo de las urnas por parte de los jóvenes envalentonados por las prédicas demagógicas de este famoso tribuno de la plebe.
Lúculo era un legionario afortunado del imperio que se hizo millonario en base a la acumulación de los botines de guerra. A Lúculo le gustaba hacer alarde de sus riquezas y lo manifestaba en grandes bacanales, con vomitorio y todo lo demás. Para poder ganar Sebastián Piñera tendrá, necesariamente, que mezclar las características personales del legionario Lúculo y el tribuno de la plebe, Catilina.
Por cierto, que está mucho más cercado del legionario adinerado: es dueño de Lan-Chile, empresa mucho más poderosa que las alas de Ícaro; además, posee un canal de televisión que entretiene a los súbditos romanos con crímenes monstruosos, que dominan los principales noticieros; también posee innumerables acciones en las principales compañías que se transan en el capitolio (la bolsa de comercio).
Los millones de Lúculo – me refiero a los romanos -, pueden llenar la Vía Apia de palomas publicitarias, tener el monopolio de los mensajeros, comprar páginas completas en los Diarios y Gacetas y llevar regalos a los esclavos que han invadido el imperio.
La república chilena, al igual que la romana, hace ya tiempo que murió: en nuestro caso, su fallecimiento se produjo con el bombardeo de La Moneda y el suicidio heroico de Salvador Allende, por consiguiente, las elecciones que en la república romana eran tragedia y lucha de clases entre patricios y plebeyos hoy, en nuestro imperio, son un verdadero sainete farandulero..
Lúculo Piñera podría ser adorado por los accionistas de la Bolsa, por los servidores del becerro de oro y por los ilusos borregos que sueñan con ser ricos por el solo hacho de votar por nuestro legionario; pero en Roma, como en todas partes del mundo, hay leprosos, mendigos y, sobretodo, envidiosos a quienes no les gusta nada que el mando del imperio esté en manos de un empresario, aunque la verdad, es que hace mucho tiempo, los tribunos de la plebe se olvidaron de los Gracos: ya nadie habla de reforma agraria, ni de la distribución equitativa del ingreso, ni de la salud , ni de educación de calidad; se ha comprobado que los socialdemócratas son mucho mejores administradores del capital que los famosos patricios romanos.
Sebastián, como Catilina, es un gran proyectista: quiere transformar el Tíber, es decir, el Mapocho, de un receptáculo de mierda, en el Támesis o el Sena, con barcos para la esparcimiento de los proletarios, más refinado que el otrora playa y centro de sky del famoso actor jubilado. Chiloé será un gran parque, donde los turistas extranjeros podrán solazarse mirando auténticos indios, vivitos y coleando y no embalsamados .
¿Terminará Sebastián siendo Lúculo o Catilina? Dejo la respuesta a la creatividad y buen juicio del lector. Como en el imperio hay muchos tontos, estas locas comparaciones son pura fantasía y no tiene nada que ver con la realidad: cualquier parecido con personas vivas es mera coincidencia. La comedia ha terminado, perdonad sus muchas faltas.
Los comicios romanos se caracterizaron, en el año 69 a.C., por las amenazas a los vocales de mesa y robo de las urnas por parte de los jóvenes envalentonados por las prédicas demagógicas de este famoso tribuno de la plebe.
Lúculo era un legionario afortunado del imperio que se hizo millonario en base a la acumulación de los botines de guerra. A Lúculo le gustaba hacer alarde de sus riquezas y lo manifestaba en grandes bacanales, con vomitorio y todo lo demás. Para poder ganar Sebastián Piñera tendrá, necesariamente, que mezclar las características personales del legionario Lúculo y el tribuno de la plebe, Catilina.
Por cierto, que está mucho más cercado del legionario adinerado: es dueño de Lan-Chile, empresa mucho más poderosa que las alas de Ícaro; además, posee un canal de televisión que entretiene a los súbditos romanos con crímenes monstruosos, que dominan los principales noticieros; también posee innumerables acciones en las principales compañías que se transan en el capitolio (la bolsa de comercio).
Los millones de Lúculo – me refiero a los romanos -, pueden llenar la Vía Apia de palomas publicitarias, tener el monopolio de los mensajeros, comprar páginas completas en los Diarios y Gacetas y llevar regalos a los esclavos que han invadido el imperio.
La república chilena, al igual que la romana, hace ya tiempo que murió: en nuestro caso, su fallecimiento se produjo con el bombardeo de La Moneda y el suicidio heroico de Salvador Allende, por consiguiente, las elecciones que en la república romana eran tragedia y lucha de clases entre patricios y plebeyos hoy, en nuestro imperio, son un verdadero sainete farandulero..
Lúculo Piñera podría ser adorado por los accionistas de la Bolsa, por los servidores del becerro de oro y por los ilusos borregos que sueñan con ser ricos por el solo hacho de votar por nuestro legionario; pero en Roma, como en todas partes del mundo, hay leprosos, mendigos y, sobretodo, envidiosos a quienes no les gusta nada que el mando del imperio esté en manos de un empresario, aunque la verdad, es que hace mucho tiempo, los tribunos de la plebe se olvidaron de los Gracos: ya nadie habla de reforma agraria, ni de la distribución equitativa del ingreso, ni de la salud , ni de educación de calidad; se ha comprobado que los socialdemócratas son mucho mejores administradores del capital que los famosos patricios romanos.
Sebastián, como Catilina, es un gran proyectista: quiere transformar el Tíber, es decir, el Mapocho, de un receptáculo de mierda, en el Támesis o el Sena, con barcos para la esparcimiento de los proletarios, más refinado que el otrora playa y centro de sky del famoso actor jubilado. Chiloé será un gran parque, donde los turistas extranjeros podrán solazarse mirando auténticos indios, vivitos y coleando y no embalsamados .
¿Terminará Sebastián siendo Lúculo o Catilina? Dejo la respuesta a la creatividad y buen juicio del lector. Como en el imperio hay muchos tontos, estas locas comparaciones son pura fantasía y no tiene nada que ver con la realidad: cualquier parecido con personas vivas es mera coincidencia. La comedia ha terminado, perdonad sus muchas faltas.
Rafael Luis Gumucio Rivas
