Los restos de la más universal figura de las letras españolas, uno de los mejores poetas líricos y dramáticos del siglo XX, el símbolo de las atrocidades cometidas por el franquismo y el (ejecutado político) desaparecido más connotado de la historia de la humanidad, de una historia plagada las vilezas y villanías… luego de mes y medio de infructuosas excavaciones arqueológicos, simplemente, no yacen en la lugar donde se creía desde hace 73 años.
“No se ha encontrado ningún resto humano. A partir de ahora se tendrá que escribir la historia con datos científicos. Se acabaron las especulaciones”, señalaron las fuentes de la investigación. Con ello, la Junta de Andalucía daba por finalizada definitivamente la búsqueda, descartándose abrir nuevas fosas, señalando, no con menos sutileza: “No se trata de llenar Granada de agujeros (…) Los datos históricos que tenemos nos llevan al parque”, según recordó el comisario de la Memoria Histórica de Andalucía, Juan Gallo.
Una de las pocas certezas que se tienen es que Lorca fue en efecto fusilado en el paraje de Fuente Grande, en Alfacar y, bajo toda probabilidad, enterrado en algún otro lugar de la misma zona. Ahora, bien pudo haber sido enterrado donde se creyó y posteriormente trasladado o, simplemente, fue ajusticiado ahí, pero su cadáver fue inhumado definitivamente en otro sitio. Todo lo cual señala un nuevo punto de partida para seguir avanzando, luego del serio revés sufrido por la histórica investigación; porque es lógico que no se trata de agujeros más o de agujeros menos, sino de develar las claves funestas del más grande mito del fratricidio español y en ello se seguirá habiendo empeños y pidiéndose las responsabilidades públicas de alguna parte de la ciudadanía.
La noticia cayó como un baldón que lo cubrió todo, de modo rotundo y definitivo, con el manto de la impunidad y la desmemoria. Atrás quedaban desamparadas y huérfanas las ganas de certezas y de verdad respecto de los que fueron los últimos detalles de la muerte de Lorca, los íntimos secretos de tan cruel como inútil martirio, en manos de esos cobardes y desalmados fariseos. “Lo matamos por comunista y por maricón, si hasta le dimos dos tiros por el culo”, señaló uno de los más connotados de sus verdugos, Juan Luis Trescastro, “compadre” del diputado por Granada de la Confederación Española de Derechas Católicas (CEDA, 1933), Ramón Ruiz Alonso, considerado el principal responsable de su detención y fusilamiento, padre de la gran actriz Emma Penella, hoy fallecida. Oh! ironía del destino.
Hablamos de Lorca, “El Víctor Jara Español”, el personaje, el poeta, el hombre, del cual tal vez se ha escrito todo y más, pues son muchos los que han consagrado su vida en hurgar en la de él y en dar con las claves de los últimos instantes que le condujeron a la muerte. Ian Gibson, es el más vistoso de sus biógrafos, un “lorquiano” de corazón, a cuyo tesón e indicios (a instancias del testimonio que recogió de “El Manolillo”, supuestamente, uno de los enterradores del poeta) se respondió con las excavaciones en la legendaria fosa de Alfacar. Según Gabriel Pozo en su libro Lorca, el último paseo, la fosa de Lorca estaba mal ubicada, porque fue asesinado y enterrado en el barranco granadino de Víznar y, además, Manuel Castilla, “El Manolillo”, nunca estuvo en el lugar de los hechos, según le confesó años después de despistar a Gibson.
Pero uno de los episodios más lamentables de todo esta historia lo constituye el hecho de que a tejer este manto de impunidad no sólo ha contribuido un paleto mitómano, sino parte de la nefasta descendencia del poeta granadino, sus sobrinos y albaceas, que a la par de su burócrata enriquecimiento -arbitrando los dineros de la fundación que lleva el nombre- siempre se negaron tozuda e obsesivamente a que la fosa fuera abierta en busca de la mortaja de Federico. Precisamente, la junta andaluza financió los trabajos a petición de algunos familiares de el maestro Dióscoro Galindo, los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, el inspector de tributos Fermín Roldán y el restaurador Miguel Cobo, los compañeros del trayecto fatal de Lorca.
Ante la imposibilidad de negarles este legítimo derecho, accedieron, no sin antes, sometiendo a los profesionales encargados de la faena a suscribir un exhaustivo y riguroso protocolo/pacto de silencio de lo que allí encontrarían. Actitud que no sólo ha servido para ocultar los importantes detalles de su asesinato sino también para sumar las más variadas y desconcertantes – y no menos espeluznante- especulaciones sobre el caso, que no obstante acrecentar el morbo, obviamente, en nada contribuyen a la noble e importante tarea de recuperación de la memoria histórica.
Se ha dicho, por ejemplo, que se pretende ocultar la participación de su hermana Isabel en los hechos, que lo habría denunciado en un desesperado intento por proteger a su padre, don Federico. O derechamente tapar la conspiración de una parte (“falangista”) de la familia que acabó con la vida del poeta. Que sus restos fueron exhumados a posteriori en un intento de la dictadura por borrar los rastros imborrables de la barbarie de su crimen (una práctica que conocemos de cerca) o que la exhumación de los mismos corrió por cuenta de su mismo padre, llevándose el cadáver a un lugar seguro de su hacienda.
En fin, lo único claro es que la verdad parece que nunca la sabremos, que se ha perpetrado el manto de la impunidad y la desmemoria -una vez más en estas historias de atropellos e injustica- por complicidad, pragmatismo, megalomanía, burocracia, negligencia, pereza, obseso histerismo de sus familiares o, simplemente, porque el inexorable paso del tiempo se ha encargado de borrar todos las huellas de este simbólico magnicidio, símbolo de todo el horror y la tragedia del mito fundacional de la España moderna. Nunca sabremos cómo murió y cuánto sufrió. Un inmerecido final para una historia plagada de silencios, complicidades, de fosas cerradas con piedras, de desmemoria y vergüenza.
Pero esta historia tiene un parangón, no menos relevante, trágico y funesto, nada menos que en el viacrucis de Víctor Jara, “El Lorca Chileno”, que al igual que el vate español es la una de las más grandes figuras del arte nacional, un emblema del horror y la barbarie fascista que asoló Chile, pero que a diferencia de Federico, tuvo la oportunidad de hablarnos desde el más allá, gracias al tesón de su mujer, Joan (Turner) Jara y de un anónimo compañero de la legendaria “Jota”, funcionario de la morgue que identificó a tiempo su maltrecho cadáver.
Más o menos por la misma fecha en que se iniciaban los trabajos en Granada, los restos Víctor Jara fueron exhumados del nicho de la calle México, frente al patio 29, del Cementerio General de Santiago, y estudiados con minucia. Hoy sabemos categóricamente como acabó sus días, como fueron esos últimos minutos y pudimos concederle –los chilenos- finalmente una justa y merecida ceremonia fúnebre, cuya noticia recorrió el mundo.
Hoy sabemos también, a ciencia cierta, quienes están involucrados en su crimen, quienes estuvieron en ese lúgubre camarín del ex “Estadio Chile”, que sirvió para su inútil y despiadado sacrificio. El “campechano” comandante Manríquez lo sabía muy bien, se llevó el secreto a la tumba, era oficial de “intendencia”, del Comando de Apoyo Administrativo del Ejército (CAA), ubicado en Av. Alameda 260, frente al Edificio Diego Portales, cuando le tocó la misión de cancerbero del Víctor Jara.
En ese camarín hubo, seguramente, soldados –entre los cuales seguro el retractado ex saldado Paredes-, sub oficiales y clase, y “El Príncipe”, ese sádico y enigmático “oficial de apellido extranjero, italiano o alemán, sub teniente o teniente de un regimiento de la V Región, de Viña, Valparaíso, Los Andes, que mataba por deporte” y que fue quien identificó al Víctor, según me señaló un informante cualificado (hoy fallecido) al cual tuve acceso y pude entrevistar largamente, al poco tiempo de ocurrido los hechos. Todas, pistas más que suficiente, dadas las circunstancias, para su identificación, es por ello que resulta inexplicablemente que aún no se conozca la verdadera identidad de este criminal.
Queda claro en mi testimonio que el Víctor se manifestó desafiante y digno, que él seguramente dado el terror y el horror que lo inundaba todo, siempre estuvo “choro” –señaló mi fuente- y que repitió varias veces “ya me las van a pagar milicos culiáos cuando me saquen los compañeros del partido”, encarándoles altivo aún cuando le estaban golpeando brutalmente. “Nunca perdió la dignidad y el valor, nunca”. Qué “El Príncipe” le decía -luego de cada paliza- “¡Canta ahora poh conchetumadre! ¡Comunista culiáo!… Cántate una cancioncita de esas que cantái, poh wueón!”. Obviamente, en mi testimonio consta que Víctor no cantó. Luego, simplemente, le ajusticiaron e irónicamente su guitarra se la llevó como un anillo (o alianza) que portaba, se las quedó “El Príncipe”, arrebatándoselas al resto de los verdugos que las disputaban como botín de guerra, como era la costumbre con las pertenencias de las víctimas, luego de cada sacrificio cometido.
Al menos nos queda la estéril conformidad de que sobre el Víctor sabemos una parte importante de la verdad, de Lorca, tenemos menos, sólo nos queda para consuelo las placas, bustos y monumentos que adornan muchos plazas y jardines de toda España, al menos. Ayer recién, recién ayer, Barcelona le rindió un mereció – y no menos extemporáneo- homenaje poniendo una placa, más, en el Teatro Goya, en donde queda constancia del estreno de la obra Mariana Pineda un lejano día 24 de junio de 1927 y que protagonizó la gran diva del teatro español contemporáneo, Margarida Xirgu. Esta es una de sus más grandes obras (históricas) y, que para muchos, si no le costó la vida al menos encendió las iras de la Guardia Civil y de los poderosos contra él, de hecho un prominente vecino de Tarragona intentó evitar que se exhibiera en Cataluña, denunciándola incluso a los tribunales de justicia, por impropia.
Dicho sea de paso, la gran diva catalana pasó una estancia en Chile que no sólo significó que se transformase en la genuina santa patrona del mítico y legendario Teatro Experimental de la Universidad de Chile (TECH), sino que en definitiva en la gran impulsora y renovadora de la escena nacional chilena, tanto que bien merece la pena algo más que una placa en Santiago de Chile donde, además, vivió algún tiempo. Un documento desclasificado del archivo de Salamanca se refiere así: “Es persona de izquierda (…) En octubre de 1934 tuvo oculto en su casa [en Badalona] a Manuel Azaña, del que era íntima amiga, así como de Marcelino Domingo [ministro de Instrucción Pública]. Le cogió el Movimiento Nacional en el extranjero, no habiendo regresado a su patria, dedicándose a realizar propaganda roja en festivales, representaciones teatrales y giras. Protege a los elementos marxistas en una finca que ha adquirido en Chile.”