google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

¿Progresista? ¡tú mismo!

Cada vez que alguna palabreja, algún término, un significado, un étimo, un vocablo, una expresión, un contenido semántico te deja dubitativo, hay pocas movidas más breves y productivas que ir a consultar un buen diccionario.

Ante  la avalancha de progresismo y de progresistas que nos ha caído encima de improviso, como una imparable crisis de sabañones, tuve el reflejo de abrir uno de los míos. Diccionarios, digo. Y encontré una definición que parece dar en el clavo: “Progresismo: Conjunto de ideas y doctrinas avanzadas o innovadoras 
 
Y me quedé pensando que ahora sólo me queda determinar qué diablos es una “idea avanzada”, o una “doctrina innovadora”. O si la quieres jugar fina, “idea innovadora” o “doctrina avanzada”, porque tengo para mí que “avanzada” no es sinónimo de “innovadora”, ni “innovadora” el equivalente de “avanzada”. Si la tarea es ardua, los patriotas que usan el “progresismo” no ayudan mucho en el esclarecimiento de su significado, como si quisieran aprovechar la mucha ambigüedad que rodea esta voz que deriva de “progreso” cuya etimología latina, progredi, quiere decir “caminar adelante”.
 
Una idea innovadora fue la que llevó a Frederic Winslow Taylor a proponer la detallada división de las tareas fabriles bautizada con su nombre. El Taylorismo trajo consigo las inhumanas cadenas de producción que Charles Chaplin describió tan acertadamente en su obra “Tiempos Modernos”. Otra idea innovadora fue la que permitió la invención, el desarrollo, la fabricación y la puesta en servicio de la ametralladora. Para bombardear Dresde los aliados utilizaron dos ideas extremadamente innovadoras para esa época: las bombas incendiarias de fósforo y las bombas que no explotaban al contacto del techo de un edificio sino cuando llegaban a los sótanos en que se protegía la población civil. No sé si me sigues. Ideas innovadoras sin duda. ¿Progresistas? Es otro cuento.
 
Como “doctrina avanzada” te propongo la Blitzkrieg alemana, innovadora donde las hubiese. Si no me crees, pregúntale al boludo que inventó la línea Maginot. En materia de “doctrinas avanzadas” los militares, -de Julio César a Hans von Seeckt o a Heinz Guderian-, son puro filete.
Como la tristemente célebre MAD (mutual assured destruction) que mantuvo un cierto equilibrio entre los EEUU y la URSS. Doctrinas avanzadas sin duda. ¿Progresistas? Se discute.
 
En materia laboral hubo quién inventó hacerte pagar por trabajar. Sin contrato. Y cobrándote una comisión. Si no me crees ve a preguntar al Jumbo o al Líder en Santiago. O al Easy de Valparaíso. Idea innovadora sin duda. ¿Progresista? Ya me dirás tú.
 
De modo que de cara a los numerosos “progresistas” que pululan en el patio, como hubiese dicho Jim Lovell “tenemos un problema”: saber de qué va su progresismo. Al respecto no me parece inútil destacar la rapidez con la que una cierta progresía adopta apelativos y nombres, para luego descartarlos más rápidamente aun, exactamente a la velocidad con la que sus innovadoras doctrinas van perdiendo su atractivo, quedándose obsoletas o simplemente perdiendo toda credibilidad.
 
En la década de los noventa se puso de moda lo “New”. El New Labour en Gran Bretaña, por ejemplo, que para justificar el “New” se despojó de todo lo que pudiese asociarlo a la larga historia de las luchas obreras, a los sindicatos y a los intereses populares, haciendo suyas las innovadoras doctrinas de Margaret Thatcher. No por nada la “Dama de Hierro”, consultada por la mayor de sus victorias políticas, no dudó en responder: “Tony Blair”.
 
Para ser “New” había que “renovar” y se renovó. Mucho. Lo que uno pudiese llamar “caminar adelante”, progredi. ¿Innovador? ¿Progresista?
 
Luego vino la “Tercera vía” y el estremecimiento de íntimo placer que provocó entre algunas almas ansiosas por distanciarse de todo lo que pudiese asociarles a las “dictaduras comunistas” que les pusieron la mesa y el cubierto durante el “régimen  autoritario” de Augusto Pinochet.
 
Mario Vargas Llosa, que tiene el mérito de la coherencia y la virtud de la perseverancia, describió aquello en los términos siguientes: “cuando Tony Blair y su equipo tomaron el control del partido, fue arrumbando la ideología socialista y adoptando, disimulada por razones tácticas bajo el disfraz de social democracia, y, últimamente de una fantasiosa Tercera Vía, una agenda inequívocamente liberal”.
 
Claro como el agua de roca.
 
De socialistas a social demócratas, de social demócratas a new algo, enseguida neoliberales, más adelante progresistas. ¿Luego qué?
 
Poco importa, si a lo largo de esta mutación conservan su adoración por el libre mercado, por los mercados auto-regulados, por la eficiencia del mercado en la asignación de los recursos, por la libre competencia, por la subsidiariedad del Estado, por los TLCs, por los mercados de capitales high yield, y por el jolgorio que los acompaña: los directorios de las multinacionales, las sinecuras públicas, los altos cargos en organismos internacionales financiados por el imperio y otras menudencias
 
¿Progresista? ¡Tú mismo!