La Europa unificada y de la post caída del “Muro del Berlín”, celebró de manera inusitada los cincuenta años de la trágica y absurda muerte de Albert Camus. La vigencia y actualidad del pensamiento del filósofo francés de origen argelino es una clave sonora en estos días.En efecto, su obra que recorrió parte importante de los vertiginosos vericuetos del siglo XX resulta una verdadera “Piedra Roseta” a la hora de inteligibilizar los inicios del siglo XXI, coincidiendo con Bernard-Henri Lévy, el controvertido filósofo exponente de los nouveaux philosophes y descípulo de Althusser y de Derrida.
De hecho Francia ha calificado este 2010 como el “Año Camus” y Sarkozy, con su olfato y oportunismo acostumbrado, ha realizado gestiones para trasladar sus restos a Le Panthéon de París para que descansen definitivamente junto a los hijos pródigos de la France, léase Voltaire, Víctor Hugo, Rousseau, etcétera, les enfants de la Patrie.
El malogrado Camus, unos años después de recibir el premio nobel y terminando unas breves vacaciones navideñas en Lourmarin en compañía de su esposa Francine y sus hijos gemelos, Jean y Catherine, encontró la muerte en una intempestiva colisión que protagonizó en su coche, un flamante Facel Vega (comprado seguramente con los dineros del ansiado premio), con el único árbol existente (un plátano oriental) en la recta que mostraba la carretera dirección París, entre Champigny-sur-Yonne y Villeneuve-la-Guyard.
Conducía su amigo y editor, Michel Gallimard, atrás la hija de éste y la mujer de Camus. Camus murió instantáneamente, Gallimard, unos días después, en cambio ambas féminas, ocupantes traseras del coche, resultaron ilesas. El nobel autor de El Extranjero y La Peste tenía tan sólo 47 años y portaba un ejemplar de El primer hombre y La gaya ciencia en su cartera. ¡Ah! ironía del destino se encontraba, además, redactando unas reflexiones sobre el absurdo y, precisamente, ejemplificaba con la muerte en un accidente de automóvil al absurdo mismo, para inaugurar, nada más y nada menos con un gesto vital, la absurdidad.
En fin, huía, de este modo y para siempre, de una de las cuestiones que le persiguieron, el gran debate del momento, el único: la guerra de Argelia. Al cual sugerentemente le hubiera seguido respondiendo con un inquietante y no menos irónico recuerdo a su madre “Ninguna causa, aunque sea inocente y justa, me separará jamás de mi madre, que es la causa más importante”. Frase que no sólo escribió por ahí, alguna vez, sino que la elevó a la posteridad como la más sonora de las frases pronunciadas en el gélido Estocolmo, cuando La Academia Sueca le entregó el Premio Nobel de Literatura, aquel frío otoño del 57’, porque su obra “…aclara con seriedad penetrante los problemas planteados en nuestros días a las conciencias humanas”. Tenía un obra breve pero intensa y apenas 44 años de edad.
Camus, en realidad era muy joven y más aún, murió demasiado joven en realidad; en un 1960 en que aún le quedaba por vivir el triunfo y la agonía del gaullismo y “El Mayo del 68”. Habría tenido tan sólo 55 años para entonces y toda la oportunidad de asistir a la venganza completa de las tesis de El hombre rebelde. Planteaba que rebeldía le da la grandeza a la vida.
En efecto, fue efímero y fugaz el paso por este mundo de uno de los más grandes intelectuales del siglo XX, amante de las bellas mujeres, del teatro y del futbol, que hizo sentir su voz en medio de la pasividad dura de la inmediata postguerra. Se declaraba antes que nada como un artista que apreciaba el valor de las disciplinas de esfuerzo colectivo, como las que demandan las artes y los deportes. Dirá, “crear, es vivir dos veces”.
Tanto “moros y cristianos” terminaran odiándole, igualmente como lo hizo uno de sus mejores amigos y mentor, el visco y genial Jean Paul Sartre, pues fustigó, no sin razón, el sometimiento del hombre, del individuo y su libertad, ya sea por la explotación del hombre por el hombre del capitalista rapaz como por la entelequia revolucionaria del pueblo y los trabajadores. Así, derechas e izquierdas “tradicionales”, representadas en plena era de la “Cortina de Hierro” por los nefastos poderes imperiales de la ex URSS y del Tío Sam, fueron duramente fustigadas con su ácida y lacerante reflexión. También cuestionó la violencia revolucionaria, dirá al respecto: “No sólo se vive de lucha y de odio. No siempre se muere con las armas en la mano. Existe la historia y existe otra cosa: la simple felicidad… la belleza”
Pero lo que constata este cincuenta aniversario de la desaparición de este gran intelectual es que, precisamente, ya no es tiempo de intelectuales, los que había o sospechosos de serlo, fueron cooptados por el gran capital o se han extinguido enredados en la defensa a ultranza la cultura de masas y/o sus mezquinos intereses personales. Es que se ha desestimado tanto la relevancia que tienen los imperativos morales en la esfera pública, que no pinta nada su eventual existencia. Es más, todo lo que huele a intelectual, diríamos, está demodé, completa y absolutamente extemporáneo y offside. Muy pocas veces en la historia de la humanidad se había apreciado este lacerante alejamiento entre pensamiento crítico y esfera pública.
Será que ya no hacen falta las mentes abiertas y críticas, en medio de las verdades a medias o parciales asumidas como absolutas, el influjo de mentes entrenadas para problematizar, con lo mejor del espíritu crítico, dentro de cierto marco moral y atendiendo a ciertos valores transcendentes/universales… Lejos, muy lejos, de la contingencia política, pues aquí ya no alojan los grandes temas, los grandes anhelos de justicia, de transformación y cambio social, suelen brillar por su ausencia, especialmente, en las peroratas y programas electoralistas.
Es que ya no hace falta pensar en lo perfectible que es nuestra sociedad y su tiempo o centrarse en la alfabetización y educación cívica de los ciudadanos para el ejercicio de la auto-gobernanza democrática. Tampoco hace falta pensar en el perfeccionamiento/ profundización de la democracia, en cualquiera de sus formas y en donde quiera que sea, como de asumir la función de contrapoderes que deben ser ejercidos en toda democracia que precie de tal.
En cambio, a faltan de intelectuales son muchos los que se hacen escuchar, tantas en verdad que a ratos abruma, que nos hacen oír, inmerecidamente, sus no menos entusiastas, inútiles/estériles guturaciones. Es que no alcanzan ni siquiera constituir una mera provocación al intelecto o un simple insulto a la inteligencia. Pero dañan, pues contaminan y son sempiternos amigos de la mentira y la idiotez.
Para muestra un botón, el podrido “debate” que se ha instalado en la opinión pública chilena, en medio de una de las mayores crisis de su sistema político. Cuyas causas apuntan nítidamente, en el imaginario colectivo y en la percepción ciudadana, a la carencia de ideas, valores y principios por parte de una corrupta, cobarde y traidora clase política tradicional; la que al mismo tiempo que se anquilosa se ha vuelto oligárquica y nepótica, ha transformado a su medida el sistema “democrático” (así, bien entrecomillado) en una partidocracia, que ahuyenta a la ciudadanía al islote de la abulia y el desencanto, que sólo se condice con mezquinos/turbios intereses y afanes personales.
Vemos ad portas de una segunda vuelta presidencial, el ballotage del domingo 17 de enero, instalado un nauseabundo debate. Seguramente de los peores de todos los tiempos, no sólo porque avizora esta grave y profunda crisis del sistema político, sino que deja al descubierto y delata la pobreza de ideas, la calaña, la descomposición y deterioro de sus interlocutores, sean éstos del pelaje y del bando que sean. Es que no se pueden olvidar que la política es una actividad que involucra una cierta abstracción intelectual, a la par de cierta grandeza moral y espiritual, especialmente, si le mira con un profundo sentido de la historia.
Falta la enjundia imprescindible de los grandes discursos, faltan las mentes brillantes de los liderazgos de otrora, las mentes abiertas, creativas y críticas. Falta el coraje, la honestidad y la valentía moral para asumir compromisos y responsabilidades atendiendo a los intereses colectivos y a los valores universales (valores trascendentes) porque de que existen, existen. Ahí está la nutrición imprescindible de la esfera pública que vendría a motivar a la inmensa mayoría de los chilenos sumidos en el desencanto y la desesperanza. Completamente ignorada por los consabidos y sempiternos extorsionistas y traficantes de las necesidades y de los sueños e ilusiones de los pobres, por las traiciones y las fatigas de materiales valóricos y de derrumbes ideológicos.
Si hasta los sonados comunipólogos yerran en los tiros, intentando justificar sus mezquinas e intrascendentes traiciones (oportunismo), invocando a la libertad como valor fundamental de la democracia ¡Qué duda cabe que la libertad es un valor consustancial a la democracia! La libertad no puede ser reducida tendenciosa e intencionalmente al acto volitivo de “elegir” (irrisorios y vergonzosos ofertones mediante) entre una opción y otra (aunque mortalmente parecidas fruto del travestismo del discurso político) por legítimas que sean.
Camus nos enseña que la libertad y la búsqueda de la verdad son pilares esenciales en donde descansa un principio fundamental de la democracia, el COMPROMISO. Por ello es que resulta enteramente inaceptable que se pretenda esconder tras el ideal de libertad, una ostensible falta de consecuencia, de coherencia y honestidad. Tampoco se puede tapar con ella el oportunismo y la confusión política, pues definitivamente, la democracia es amiga de la verdad y no lo es de la estupidez humana.
Será por ello, entonces, que hay quienes a lo largo de la historia de la humanidad -como hizo el mejor de todos nosotros- han honrado su COMPROMISO incluso con la vida, su COMPROMISO con la verdad y la libertad, con los grandes anhelos de justicia y transformación social, su COMPROMISO con los más necesitados, su COMPROMISO por la construcción de un mundo y una sociedad mejor. Y hace falta algo más que honradez y valentía moral para honrar los compromisos y enfrentarse a las responsabilidades que impone la esfera pública y la manera de protegerse contra toda tentación de colaboración con el mal es interrogarse y reflexionar con sentido crítico, pero ello también demanda una cierta abstracción intelectual y determinada grandeza moral.
Fco-Javier Alvear, investigador y especialista/analista en comunicación política y electoral, doctorando en Antropología en la URV de Tarragona. Catador de saberes, con formación en humanidades, estética, artes y ciencias sociales. Es miembro del “Club Internacional de la Prensa” y de “Reporteros sin Fronteras”, colaborador de “Clarín”, de la “Revista Mà” de Amic-UGT y diversas ONGs. Además de cantor de tango y bolero, y chef aficionado.
