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Agosto 18, 2026

El frenesí gitano

 Como muchos, a Roberto Sánchez lo descubrió una profesora de colegio. Una del sexto grado en la Escuela Brasil del populoso barrio de Lanús en Buenos Aires. Sabiendo sus inquietudes artísticas lo subió a un escenario a imitar a Elvis Presley motivándolo de por vida. Marcando su destino con un simple gesto.

Esa pequeña, íntima y exitosa performance hizo que Sandro encontrara su motivo de lucha. Su ley de vida. La que con los años lució casi como filosofía, la que quedará más allá de su fuego apagado el lunes tras la tesonera batalla que dio contra la muerte desde su lecho de enfermo en un hospital de Mendoza.

Al “Gitano”, como le llamaban por la sangre y verso Rom heredada de su abuelo húngaro, nunca le faltó actitud para sobreponerse a sus sueños de grandeza. Ni el “laburo” de tornero, ni la carnicería donde trabajó, ni su uniforme para los mandados en una farmacia lo despegaron de su rápido aprendizaje a punta de boleros y aventuras entre amigos. Allí aprendió del rigor y del rocanrol. Allí empezó a gestarse el mito inefable.

Poco tiempo pasó hasta que ya tocaba la guitarra en “Los del Fuego”. Bastó que el líder perdiera la voz y Sandro –como querían bautizarlo sus padres y no se los permitieron en el registro civil- empezó su carrera de frontman. Líder hasta los huesos, el joven admirador de Presley, Jerry Lee Lewis y Little Richard se empapó de las corrientes británicas.

Poco bastó para crear los primeros covers de The Beatles, para asumir una actitud rebelde como la de Jagger. Sus actuaciones eran apoteósicas, el delirio en sus seguidores era tal que escandalizó algunas cúpulas católicas del Gran Buenos Aires. El “Elvis Latino” cobraba fuerza y engordaba su fama.

No pasó demasiado para que sus compañeros de banda quedaran atrás sin poder seguirle el paso arrollador. A los 20 años y con tres discos a cuestas ya mostraba su veta más suave con una sublime versión del clásico “Unchained Melody” de Alex North. Fue “Alma y Fuego”, su cuarto trabajo, el que lo sacó de las fronteras argentinas y rápidamente expande el fenómeno hasta Estados Unidos, aunque fue con “Quiero Llenarme de Ti”, dos años más tarde que consolidaría su creciente sitial en Latinoamérica. Ya con “ La Magia de Sandro” en el ‘68, su disco más notable, estampó su obra perfecta.

De ahí en más, la historia es conocida. Chile, Venezuela, México y EE.UU se rindieron a  sus pies. La canción romántica como veta explorada se mezcló con su exacerbante masculinidad. Nunca un imitador en ciernes lograba tal fama mundial sin despegarse de la sombra de un ídolo ausente. Porque las canciones de Sandro también susurraban al oído como las de Elvis. Porque los movimientos de Sandro también conmocionaban a las féminas como Presley en sus tantas películas. Y ese paralelo nunca fue problema. Alcanzaba para hermanarlos en la impronta y separarlos en la puesta de escena. Para distinguirlos y apreciarlos cada uno en su sitial de ídolos incombustibles, con el frenesí como lugar común.

El viejo cantante que todos lloran hoy no es el que esperó años por un transplante incierto que pudo salvarle la vida, no tan tarde como el que le practicaron en diciembre. Ni aquél abrumado tipo que cada 19 de agosto, para su cumpleaños, salía en bata a saludar a “sus viejas incondicionales” desde un balconcito y con su sonrisa imborrable. Jamás el hombre de efisema pulmonar avanzado e irreversible.

El Sandro que  lloramos hoy es el referente de una generación riquísima, que sigue creando con una guitarra, una copa y un poco de humo alrededor. Una camada que ve el en rock una formalidad de expresión total. Que entendió el empaparse de las corrientes foráneas no como algo impropio, ni que atenta contra la identidad. Apenas la muta, la adecua y la perfecciona.  Un puñado de idealistas que vive para y por la música. Y que finalmente, muere por ella condenándose a quedar grabado en la memoria colectiva del pueblo. Tal como “El Gitano”…