El colapso de las puntocom a comienzos del siglo derivó en un proceso de reconstitución sobre las más clásicas herramientas del mercado. No del libre mercado, sino en el trance aquel propio de la globalización: concentración de la propiedad y del capital. En nuestro caso, concentración también de los mensajes y densificación de los contenidos. Internet, de aquel territorio virtual ciudadano, de aquel medio propio para el ejercicio de la libertad de expresión, ha comenzado a mutar en un espacio digital estimulado por grandes especuladores que convierten a la red en un nuevo paradigma de la comunicación controlado por las grandes corporaciones. La diversidad inicial es hoy concentración, oligopolio, acaso monopolios. Una muestra puede verse en los buscadores. De los cientos que existen o subsisten, Google ha pasado a ser un estándar mundial con una ubicuidad similar a la pesadilla de Orwell: hoy canaliza más del 90 por ciento, o tal vez el 99 por ciento de las consultas en la web. Hoy casi todas las búsquedas nacionales, locales, regionales, acotadas a una u otra lengua, están filtradas por Google. Podría afirmarse que el software de esta máquina hoy modela en internet los rasgos culturales de una localidad.
Los grandes capitales están ya en internet. Google tiene 844 millones de visitantes por año. Le siguen los sitios de Microsoft –el oligopolio o monopolio de los sistemas operativos- con 691 millones, los de Yahoo, con 581 millones, la red social Facebook, con 340 millones, Wikipedia, con 303 millones, AOL, con 280 millones, y el sistema mundial de ventas online Ebay. De todos ellos, solo wikipedia no está abiertamente inspirado por el lucro.
Si revisamos el caso nacional, podemos hallar circunstancias similares. Los sitios más visitados son aquellos que pertenecen a los grandes conglomerados. Por cierto que la lista comienza por Google, Facebook, Yahoo, Microsoft, Youtube, seguidos por la web de Las Ultimas Noticias (que es también El Mercurio), Canal 13, el mismo Mercurio, La Tercera y Terra (de la transnacional Telefónica). Y entre ellos, también el portal de compras Mercado Libre (de Ebay), Falabella, Almacenes Paris. Esta es la internet “chilena”.
Porque hay una relación directa entre esta presencia ubicua en la red y la valoración de estos sitios. Google ha conseguido liderar el ranking de valor de todas las empresas del mundo, en cien mil millones de dólares, seguido por Microsoft, en 76 mil millones. Más lejos aparecen multinacionales clásicas, como Coca Cola, cuya marca está valorada en 67 mil millones de dólares, IBM y MacDonald’s.
Hace no muchos años la web se esbozó como un espacio abierto a las comunicaciones ciudadanas, a la multiplicidad de comunidades. No pocos teóricos elogiaron a internet como una gran red virtual que no hacía grandes diferencias entre productores y consumidores. La tecnología al alcance de la mano y del bolsillo permitiría, auguraban, que múltiples voces se amplificaran en la red. Pocos años más tarde, las iniciales sospechas derivadas del poder económico en la red han cumplido sus pronósticos: internet, pese a todas sus potencialidades tecnológicas, ha comenzado a seguir el mismo sendero que otros negocios de la comunicación.
En internet no hay censura, o prácticamente no la hay. No hay obstáculos para el ejercicio de la libertad de expresión. En teoría, están todos los elementos iniciales para la producción libre de contenidos. Pero la barrera se ha erguido, no como trinchera legal o abiertamente financiera, como puede haberla en otras áreas de las comunicaciones y el comercio controladas por las grandes corporaciones. El fenómeno es más complejo y surge del control de las corrientes de opinión, de los pensamientos dominantes. Surge, con especial énfasis en nuestro pequeño y pobre país, de la atomización de las organizaciones ciudadanas, de la falta de ideas propias. Internet es un medio que repite y amplifica las corrientes mayoritarias de opinión generadas por los medios tradicionales y los poderes económicos, comerciales y políticos.
Internet apunta a convertirse en un medio de comunicación de masas transnacional. De su inicial diversidad ha pasado a la concentración ya clásica de la globalización. Hoy gran parte de los contenidos de internet, de la producción de sentido, están mediados por compañías internacionales. Los grandes modelos de comunicación local, como Facebook, Google, Yahoo o Youtube, vienen precintados desde fuera. ¡Armelo, úselo y diviértase! Pero no piense. Haga suya esta ilusión de las comunicaciones.
En la red hemos desperdiciado la capacidad de producción de ideas. Somos simples usuarios, meros consumidores de contenidos generados, o mediados, por las grandes compañías. Es solo consumo de masas. La pesadilla del Gran Hermano, presente desde los concentrados e impermeables poderes político, económico y mediático, ha hallado una nueva cara.
PAUL WALDER
