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En un seminario, encuestólogos, opinólogos, politólogos, sociólogos e historiadores se propusieron nada menos que descifrar el enigma de los indecisos. ¿Quiénes son ellos? Cómo están distribuidos geográficamente? A qué grupo etario pertenecen? Son pobres o ricos? Son ácratas, destructores del Estado, o simples borregos que siguen a quienes les grite más fuerte?
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Lo que no admite duda, sostiene un encuestólogo, mago para jugar con las cábalas numéricas, que los indecisos suman más del 14% de las opiniones, en la encuesta CEP 1.200 000 electores.
Un sociólogo intenta sostener, doctoralmente, que la mayoría de los indecisos son personas individualistas, recatadas y tímidas, que no desean involucrarse respondiendo indiscretas preguntas de los encuestadores. Estos ciudadanos siempre han votado por la centro-derecha y constituyen su verdadero ejército de reserva.
Una hipótesis se basa en la idea de que los indecisos pertenecen a la centro-derecha y que se niegan a contestar las encuestas para castigar la débil política de oposición de la Alianza, . Sería algo así, pienso, como el látigo de la indiferencia de la derecha más dura, otrora ligada a los poderes fácticos, ante la traición de Sebastián.
Un historiador recuerda que los indecisos suelen provocar terremotos políticos: el de la “escoba”, de Carlos Ibáñez, en 1952, que barrió con los radicales, y el de 1997, donde los electores, indignados con toda la casta política, anularon sus votos enviándole mensajes a las madres de los candidatos. No faltó el sociólogo que, como Champollion , quiso descifrar estos criptogramas, no llegando a ninguna conclusión.
Un politólogo, antiguo “rogelio”, sostiene una hipótesis revolucionaria: los más pobres del estrato D no se atreven a dar su opinión a los encuestadores, ante el peligro de que sus respuestas no gusten a los gobernantes de turno y los priven del subsidio habitacional, por ejemplo. Recordando los tiempos en que este politólogo rendía culto al barbudo de Marx, dice que las encuestas son un medio más para controlar y engañar a los proletarios.
Llego al fin de estas líneas sin haber podido desentrañar el misterio de los inefables indecisos. Las encuestas, como los espejismos, pueden encantar y engañar a nuestros candidatos. No cabe duda de que la política es dinámica y endiablada, y nadie puede pretender predecir los resultados de la próxima elección. Nada peor que ufanarse, como Jorge Alessandri, en 1970, con un triunfo anticipado por las encuestas.
Rafael Luis Gumucio Rivas
Un sociólogo intenta sostener, doctoralmente, que la mayoría de los indecisos son personas individualistas, recatadas y tímidas, que no desean involucrarse respondiendo indiscretas preguntas de los encuestadores. Estos ciudadanos siempre han votado por la centro-derecha y constituyen su verdadero ejército de reserva.
Una hipótesis se basa en la idea de que los indecisos pertenecen a la centro-derecha y que se niegan a contestar las encuestas para castigar la débil política de oposición de la Alianza, . Sería algo así, pienso, como el látigo de la indiferencia de la derecha más dura, otrora ligada a los poderes fácticos, ante la traición de Sebastián.
Un historiador recuerda que los indecisos suelen provocar terremotos políticos: el de la “escoba”, de Carlos Ibáñez, en 1952, que barrió con los radicales, y el de 1997, donde los electores, indignados con toda la casta política, anularon sus votos enviándole mensajes a las madres de los candidatos. No faltó el sociólogo que, como Champollion , quiso descifrar estos criptogramas, no llegando a ninguna conclusión.
Un politólogo, antiguo “rogelio”, sostiene una hipótesis revolucionaria: los más pobres del estrato D no se atreven a dar su opinión a los encuestadores, ante el peligro de que sus respuestas no gusten a los gobernantes de turno y los priven del subsidio habitacional, por ejemplo. Recordando los tiempos en que este politólogo rendía culto al barbudo de Marx, dice que las encuestas son un medio más para controlar y engañar a los proletarios.
Llego al fin de estas líneas sin haber podido desentrañar el misterio de los inefables indecisos. Las encuestas, como los espejismos, pueden encantar y engañar a nuestros candidatos. No cabe duda de que la política es dinámica y endiablada, y nadie puede pretender predecir los resultados de la próxima elección. Nada peor que ufanarse, como Jorge Alessandri, en 1970, con un triunfo anticipado por las encuestas.
Rafael Luis Gumucio Rivas
