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La historia comparativa es muy atractiva: pienso que, por ejemplo, si Plutarco publicara sus Vidas paralelas con base en personajes de la actualidad ocuparía el primer lugar en el ranking de libros de El Mercurio.
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Como es lógico, los políticos, encuestólogos y opinólogos tienen una seria dificultad para entender por qué el llamado “fenómeno Marco” se está convirtiendo en una seria probabilidad de que este candidato, de treinta y seis años, pase a la segunda vuelta y, por qué no, logre superar a Sebastián Piñera. En historia y en política el imaginario es muy importante; si pensamos bien, los más grandes presidentes contemporáneos de Estados Unidos – Kennedy y Obama- con cuarenta años apenas, ocuparon la Casa Blanca, es decir, cuatro años más que Marco; no veo por qué si elegimos una presidenta mujer, no podríamos tener ahora un joven en La Moneda. Desde el punto de vista etáreo, Marco sería la antípoda de Ramón Barros Luco, elegido a los ochenta años, en el año de la celebración del Centenario.
Esto de recurrir a las comparaciones, aun cuando no es muy serio científicamente, puede ser un muy buen instrumento de propaganda. En 1920 la derecha, aterrada en esos tiempos por el peligro de que fuera elegido el entonces revolucionario Arturo Alessandri Palma, utilizó el símil de la decadencia de la república romana para aterrar a la población respecto al candidato del “Cielito lindo”, comparándolo con el famoso Catilina – demagogo que incitó al pueblo a quemar las urnas en los Campos de Marte y asesinar a sus rivales; más de alguien recordará Las Catilinarias, de Cicerón-.
Siguiendo esta campaña de amedrentamiento, una serie de políticos, encuestólogos, opínologos y columnistas se han dedicado a buscar comparaciones del “fenómeno” Marco Enríquez-Ominami con personajes y sucesos del pasado: todo comenzó con el “ninguneo” del “excelso filósofo” Camilo Escalona, que le dio por llamarlo Marquito – no precisamente por cariño- para apendejarlo; después siguió Marta Lagos que, un poco exaltada ante las Cámaras, comparó al candidato independiente con el famoso “cura de Catapilco”; posteriormente el turno fue del ministro Viera-Gallo, quien compara el éxito de Marco con aquel de Francisco Javier Errázuriz; por último entre los más connotados y serios de los columnistas, el rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña termina, en su artículo del domingo 25 de octubre de 2009, comparando la candidatura de Marco E-O con la de Carlos Ibáñez (1952).
No tengo nada en contra con estas comparaciones – a mi modo de ver un tanto tiradas de las mechas-; es muy fácil asimilar un fenómeno histórico a otro si se dejan de considerar los elementos de contexto, que lo hacen muy diferente: por ejemplo, si el eje de nuestro análisis es la especulación en la Bolsa, serían iguales y similares personajes como Juan Luís Sanfuentes, Gustavo Ross Santamaría y Sebastián Piñera Echeñeque, sin embargo, los contextos históricos de estos tres personajes son completamente diferentes; los dos primeros serían estatistas si se les compara con Piñera. También, si uno recurriera a la simbología, podría comparar el Partido Liberal Democrático, de Sanfuentes, el Socialista, de Camilo Escalona, ambos traicionaron, desvirtuaron y corrompieron los ideales de los dos presidentes mártires- Balmaceda y Allende-.
La candidatura de Marco no tiene nada que ver con la del caudillo Carlos Ibáñez del Campo – el segundo tenía ochenta años y Marco treinta y seis-; Ibáñez y Alessandri ocuparon, desde los años 1924 hasta los años cincuenta, la escena histórico-política chilena; Ibáñez pasó por distintos avatares: dictador, 1927-1931; candidato del partido nazi, 1938; candidato de la derecha, 1941; finalmente, de Agrario Laborista y socialista popular, en 1952. Marco recién surge en la política, por consiguiente, no se puede comparar la biografía de uno y de otro. La crisis de los gobiernos radicales, que posibilitó el triunfo de “la escoba”, no me parece asimilable a la actual de la Concertación; por lo demás, Ibáñez respondía al populismo o una especie de bonapartismo, inspirado por el peronismo, que no tiene nada que ver con el programa de Marco Enríquez-Ominami – tiene poco de populista y menos bonapartista-; el candidato independiente, a diferencia de sus rivales, tiene plenamente financiado, con aumentos impositivos, su programa de reformas sociales; Carlos Ibáñez tenía bastante deterioradas sus capacidades mentales y quizás, lo único bueno que hizo fue dar urgencia a la reforma electoral y a la derogación de la Ley de Defensa de la Democracia.
La comparación con Francisco Javier Errázuriz es aún más absurda: en la primera elección democrática de 1990 todas las encuestas indicaban que Patricio Aylwin ganaría, de lejos, y la derecha pinochetista estaba dividida y en plena retirada; esta situación de fraccionamiento de la derecha permitió que Errázuriz obtuviera un 15% en los escrutinios. La situación actual es todo lo contrario: la derecha muestra unidad y, además, está primera en todas las encuestas; de la Concertación han surgido tres candidatos que encabezan posiciones diferentes; no veo en qué se puede parecer el “fenómeno” Marco con Errázuriz, pues los postulados de ambos son diferentes y el contexto histórico-político también; de una Concertación que despertaba esperanzas e ilusiones, a una combinación que sólo sirve para mantener el botín del Estado.
La comparación con el famoso “cura de Catapilco”, además de ser bastante manida y repetida, recuerdo que fue empleada en la elección anterior, nada menos que contra el candidato el candidato de Juntos Podemos, Tomás Hirsch, siendo el voto de los comunistas aseguró el triunfo de la actual presidenta. Además, comparar la candidatura de Marco con la de Catapilco es una soberana estupidez: el famoso cura, con sus 40.000 votos, permitió el triunfo de Jorge Alessandri sobre Salvador Allende, lo cual era posible porque en esa época existía sólo una vuelta; de haberse aplicado una segunda vuelta, Catapilco no tendría ninguna posibilidad de éxito. Por lo demás, democratacristianos y radicales hicieron posible el triunfo de Alessandri en el Congreso Pleno. En la actualidad, Marco aparece empatado, técnicamente, en las encuestas con Eduardo Frei, lo que muestra que el argumento de Catapilco es sólo una rabieta, provocada por el miedo de algunos concertacionistas.
Carlos Huneeus, director del CERC, cuya encuesta da un empate entre Marco y Frei, ahora pretende ser futurólogo al plantear la probabilidad de que Piñera gane en la primera vuelta, tratando de provocar pánico en algunos votantes de Marco o de Arrate que ante el virtual triunfo de la derecha, pasen sus votos al débil candidato de la Concertación. Si no fuera tan infantil tal pronóstico, lo dejaría de lado; por lo demás, cada día se prueba más que las ciencias sociales, “incluida la encuestología” han demostrado incapacidad para prever el porvenir. Alguien decía, con razón, refiriéndose a la economía, que hay dos tipos de economistas: aquellos que reconocen que todos sus pronósticos son erróneos, y los que se niegan a admitirlo; al parecer, don Carlos Hunneus pertenece, en politología, a la segunda categoría.
En resumen, todas estas críticas y comparaciones están impulsadas por el temor al avance de la candidatura de Marco Enríquez-Ominami, que hace seis meses estaba fuera de todos los cálculos de los analistas políticos. Nada peor que reemplazar la razón por el miedo.
Rafael Luís Gumucio Rivas
Esto de recurrir a las comparaciones, aun cuando no es muy serio científicamente, puede ser un muy buen instrumento de propaganda. En 1920 la derecha, aterrada en esos tiempos por el peligro de que fuera elegido el entonces revolucionario Arturo Alessandri Palma, utilizó el símil de la decadencia de la república romana para aterrar a la población respecto al candidato del “Cielito lindo”, comparándolo con el famoso Catilina – demagogo que incitó al pueblo a quemar las urnas en los Campos de Marte y asesinar a sus rivales; más de alguien recordará Las Catilinarias, de Cicerón-.
Siguiendo esta campaña de amedrentamiento, una serie de políticos, encuestólogos, opínologos y columnistas se han dedicado a buscar comparaciones del “fenómeno” Marco Enríquez-Ominami con personajes y sucesos del pasado: todo comenzó con el “ninguneo” del “excelso filósofo” Camilo Escalona, que le dio por llamarlo Marquito – no precisamente por cariño- para apendejarlo; después siguió Marta Lagos que, un poco exaltada ante las Cámaras, comparó al candidato independiente con el famoso “cura de Catapilco”; posteriormente el turno fue del ministro Viera-Gallo, quien compara el éxito de Marco con aquel de Francisco Javier Errázuriz; por último entre los más connotados y serios de los columnistas, el rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña termina, en su artículo del domingo 25 de octubre de 2009, comparando la candidatura de Marco E-O con la de Carlos Ibáñez (1952).
No tengo nada en contra con estas comparaciones – a mi modo de ver un tanto tiradas de las mechas-; es muy fácil asimilar un fenómeno histórico a otro si se dejan de considerar los elementos de contexto, que lo hacen muy diferente: por ejemplo, si el eje de nuestro análisis es la especulación en la Bolsa, serían iguales y similares personajes como Juan Luís Sanfuentes, Gustavo Ross Santamaría y Sebastián Piñera Echeñeque, sin embargo, los contextos históricos de estos tres personajes son completamente diferentes; los dos primeros serían estatistas si se les compara con Piñera. También, si uno recurriera a la simbología, podría comparar el Partido Liberal Democrático, de Sanfuentes, el Socialista, de Camilo Escalona, ambos traicionaron, desvirtuaron y corrompieron los ideales de los dos presidentes mártires- Balmaceda y Allende-.
La candidatura de Marco no tiene nada que ver con la del caudillo Carlos Ibáñez del Campo – el segundo tenía ochenta años y Marco treinta y seis-; Ibáñez y Alessandri ocuparon, desde los años 1924 hasta los años cincuenta, la escena histórico-política chilena; Ibáñez pasó por distintos avatares: dictador, 1927-1931; candidato del partido nazi, 1938; candidato de la derecha, 1941; finalmente, de Agrario Laborista y socialista popular, en 1952. Marco recién surge en la política, por consiguiente, no se puede comparar la biografía de uno y de otro. La crisis de los gobiernos radicales, que posibilitó el triunfo de “la escoba”, no me parece asimilable a la actual de la Concertación; por lo demás, Ibáñez respondía al populismo o una especie de bonapartismo, inspirado por el peronismo, que no tiene nada que ver con el programa de Marco Enríquez-Ominami – tiene poco de populista y menos bonapartista-; el candidato independiente, a diferencia de sus rivales, tiene plenamente financiado, con aumentos impositivos, su programa de reformas sociales; Carlos Ibáñez tenía bastante deterioradas sus capacidades mentales y quizás, lo único bueno que hizo fue dar urgencia a la reforma electoral y a la derogación de la Ley de Defensa de la Democracia.
La comparación con Francisco Javier Errázuriz es aún más absurda: en la primera elección democrática de 1990 todas las encuestas indicaban que Patricio Aylwin ganaría, de lejos, y la derecha pinochetista estaba dividida y en plena retirada; esta situación de fraccionamiento de la derecha permitió que Errázuriz obtuviera un 15% en los escrutinios. La situación actual es todo lo contrario: la derecha muestra unidad y, además, está primera en todas las encuestas; de la Concertación han surgido tres candidatos que encabezan posiciones diferentes; no veo en qué se puede parecer el “fenómeno” Marco con Errázuriz, pues los postulados de ambos son diferentes y el contexto histórico-político también; de una Concertación que despertaba esperanzas e ilusiones, a una combinación que sólo sirve para mantener el botín del Estado.
La comparación con el famoso “cura de Catapilco”, además de ser bastante manida y repetida, recuerdo que fue empleada en la elección anterior, nada menos que contra el candidato el candidato de Juntos Podemos, Tomás Hirsch, siendo el voto de los comunistas aseguró el triunfo de la actual presidenta. Además, comparar la candidatura de Marco con la de Catapilco es una soberana estupidez: el famoso cura, con sus 40.000 votos, permitió el triunfo de Jorge Alessandri sobre Salvador Allende, lo cual era posible porque en esa época existía sólo una vuelta; de haberse aplicado una segunda vuelta, Catapilco no tendría ninguna posibilidad de éxito. Por lo demás, democratacristianos y radicales hicieron posible el triunfo de Alessandri en el Congreso Pleno. En la actualidad, Marco aparece empatado, técnicamente, en las encuestas con Eduardo Frei, lo que muestra que el argumento de Catapilco es sólo una rabieta, provocada por el miedo de algunos concertacionistas.
Carlos Huneeus, director del CERC, cuya encuesta da un empate entre Marco y Frei, ahora pretende ser futurólogo al plantear la probabilidad de que Piñera gane en la primera vuelta, tratando de provocar pánico en algunos votantes de Marco o de Arrate que ante el virtual triunfo de la derecha, pasen sus votos al débil candidato de la Concertación. Si no fuera tan infantil tal pronóstico, lo dejaría de lado; por lo demás, cada día se prueba más que las ciencias sociales, “incluida la encuestología” han demostrado incapacidad para prever el porvenir. Alguien decía, con razón, refiriéndose a la economía, que hay dos tipos de economistas: aquellos que reconocen que todos sus pronósticos son erróneos, y los que se niegan a admitirlo; al parecer, don Carlos Hunneus pertenece, en politología, a la segunda categoría.
En resumen, todas estas críticas y comparaciones están impulsadas por el temor al avance de la candidatura de Marco Enríquez-Ominami, que hace seis meses estaba fuera de todos los cálculos de los analistas políticos. Nada peor que reemplazar la razón por el miedo.
Rafael Luís Gumucio Rivas
26/10/09
