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Agosto 18, 2026

La batalla de Lima

En mis años de estudiante universitario habré estado unas diez veces en la altiva Lima. Recorrí Perú desde Tumbes por el norte hasta Tacna por el sur. Lo hice por tierra, a bordo de unos infames buses que cruzaban de punta a punta el territorio inca. Ormeño, Tepsa, Roggero y Angelitos Negros. Estos últimos batían todos los récords de accidentes de carretera.

Guardo hermosos recuerdos de esa gran nación, orgullosa heredera del Tahuantinsuyo. Fue una época compleja. Internacionalismo y utopías, luchas heroicas y compromiso militante por una América libre y sin pobreza.  Uno de los hijos más grandes de Perú, José Carlos Mariategui,  el más potente de los teóricos marxistas de América Latina, fue fundamental en mi amor y conocimiento de la historia continental. Parte de mi formación política se la debo a su libro “Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana” Mariategui junto a Julio Antonio Mella y Luis Emilio Recabarren aterrizaron el socialismo científico en nuestro Continente.
 
Los destemplados dichos del Presidente peruano, el inefable Alan García, militante del APRA -partido que, junto al Partido Socialista de Chile, en el pasado tuvo una firme vocación antiimperialista, inculcada por Víctor Raúl Haya de la Torre- están fuera de todo tono. No debería asombrarme de la actitud de Alan García. Su primer gobierno fue un desastre, se alineó con el Imperio, violó los DDHH y agudizó la crisis económica en Perú. García es un político, uno de tantos,  que renegaron de sus convicciones de juventud.
 
Alan García como presidente electo vino a empaparse de la popularidad de nuestra presidenta. Llegó, literalmente, a la Capitanía del Reyno entre gallos y medianoche. En el II Juzgado del Crimen de Stgo. se había incoado una querella  por “Crímenes de Lesa Humanidad” en su primer Gobierno. Es la olvidada Matanza del 19 de Junio de 1986 en las cárceles de El Frontón, Lurigancho y Sta. Bárbara.
 
Aquellos, con domicilio político conocido, que en Chile optaron por “arroparlo” cuando García estaba de candidato hoy nos deberían dar explicaciones. El vecino presidente, fatuo y arrogante, vocifera desde Lima contra nuestro país, tratando de encender un nacionalismo trasnochado. Si con Ollanta Humala esta vieja treta no logró ecos, con Alan García resulta patética. No hay nada más ridículo que esgrimir el demonio del chovinismo en un mundo capitalista, unipolar, globalizado. ¿Puede García hablar de nacionalismo cuando abrió las puertas a la inversión extranjera? Esa que paga menos de un dólar por la mano de obra de niños y niñas peruanos y latinoamericanos menores de 14 años.
 
Al ver en televisión imágenes de Perú volví a recordar cuando llegué por primera vez a Lima. Tenía algo así como 20 años, lo hacía desde Ecuador. Por tanto me convertía en un chileno “doblemente sospechoso” Había una vieja herida que data de 1941, cuando Perú, apoyado por EEUU en la guerra por el petróleo, arrebató a Ecuador una importante porción de su territorio. Junto a un amigo –con los años un abogado de DDHH-  viajamos gracias a la caridad de un misionero alemán. Al llegar a Lima y no tener donde hospedarnos el cura hizo gestiones para quedarnos esa noche en un Monasterio de monjes alemanes, ubicado en el corazón de Miraflores, el barrio aristócrata, en esos años, de Lima.  Lo que en un principio era una noche se transformó en dos semanas. En el Monasterio trabajaban varios peruanos que venían del interior de su país, con los que no tardamos en establecer amistad. De día eran obreros y jardineros para los curas alemanes; por la noche estudiantes universitarios de Medicina, Literatura, Historia, Ingeniería. Me impresionó conocer en ellos una vocación bolivariana que no conocía en el Chile pinochetista. Con mi amigo los esperábamos que llegaran de la Universidad de San Marcos y sigilosamente tomábamos por asalto las bien abastecidas despensas de los monjes. Quesos redondos como lunas, chorizos y otros embutidos acompañados de Pilsen Callao o Cuzqueña ayudaban a amenizar nuestras largas conversaciones sobre Suramérica. Hablábamos de la poesía de Vallejos, Neruda, del poeta Javier Heraud, de Víctor Polay, del cine de Lombardi, y de Fidel y el Ché. Créanme que jamás, ni siquiera en los momentos más intensos del debate, sentimos en nuestros anfitriones un reproche, un acto de odiosidad, un secreto rencor hacia Chile. La Guerra del Pacifico nunca fue un escollo en nuestra naciente amistad.
 
Un día sin nubes caminando por las calles de Lima llegué a donde un grupo de turistas gringos, que esperaban ingresar al Convento de San Francisco. No podían hacerlo porque estaban filmando una película histórica. Quedé sin aire al ver a una hermosa joven peruana que actuaba como extra en la filmación de la película “Tupac Amaru”. Nos hicimos amigos y luego de filmar me acompañó en la visita guiada al Convento. Cuando caminábamos por el vetusto lugar Violeta me dijo suavemente al oído “pon atención y prepárate” Entramos a una amplia nave, bajo la cúpula estilo mudéjar se mostró deslumbrante el arte colonial. Lienzos de Zurbarán, cristos de la Escuela Cuzqueña, ¡rajados o quebrados! Un gringo, gordo como un lechón, preguntó por el daño a esas obras de arte, si el daño lo causó algún terremoto. La guía con un hermoso acento indicó que no, que muchas de esas obras fueron dañadas cuando en 1881 el ejército chileno, al mando de Patricio Lynch, bautizado como “el último Virrey del Perú” ocupó Lima. Sus palabras no tenían rencor ni insidia. Era un dato objetivo.
 

 Volví en varias oportunidades a Perú. En cada uno de mis viajes encontré amistad, solidaridad y aprecio. El pueblo peruano merece nuestro respeto, nuestra solidaridad. Como pueblo enfrentan los mismos problemas y desafíos que el pueblo chileno. Alan García es sólo parte de una historia que algún día nuestros pueblos dejarán atrás.