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La Revolución Mexicana la ganó en los campos de batalla el pueblo de México: primero, con Francisco I. Madero, que la inició con su Plan de San Luis el 20 de noviembre de 1910 en contra de Porfirio Díaz, quien ya viejo, pero fuerte aún, prefirió desterrarse a Francia para evitar males mayores. La segunda revolución que ganó, contra Victoriano Huerta, estuvo encabezada por Venustiano Carranza y muchos de los que apoyaron a Madero.
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Los campesinos no son dueños de su tierra más que de nombre, están abandonados y para sobrevivir tienen que emigrar a las ciudades o al extranjero; somos dependientes en materia alimentaria porque no hemos sabido o no hemos podido hacer de los campesinos una clase social digna que pueda vivir de su trabajo y a la vez producir para todos. Durante años se usó la organización campesina como una de las diversas fuerzas políticas de apoyo al partido oficial, pero se les esquilmó y postergó sin piedad; hoy, en la época del retorno al liberalismo capitalista, simplemente se les desprecia y se les abandona; a lo más, los partidos los recuerdan cuando las elecciones están encima y buscan sus votos a cambio de pequeñas dádivas que atenúan su miseria por algunos días.
jusbbv@hotmail.com
El municipio no es libre, y si bien en los dos sexenios pasados ya no es el presidente el que controla a los ayuntamientos, éstos dependen o bien de los recursos y favores de la Federación, como se hizo durante muchos años, o como ahora: del poder de los gobernadores, quienes manipulan el presupuesto federal por conducto de los diputados federales de sus estados y condicionan las participaciones municipales al control político. El municipio, que debiera ser la escuela fundamental de democracia, la autoridad más cercana a los ciudadanos, una especie de prolongación del hogar, lamentablemente es un nido de arbitrariedades, injusticias y negocios para quienes lo controlan.
El municipio no es libre, y si bien en los dos sexenios pasados ya no es el presidente el que controla a los ayuntamientos, éstos dependen o bien de los recursos y favores de la Federación, como se hizo durante muchos años, o como ahora: del poder de los gobernadores, quienes manipulan el presupuesto federal por conducto de los diputados federales de sus estados y condicionan las participaciones municipales al control político. El municipio, que debiera ser la escuela fundamental de democracia, la autoridad más cercana a los ciudadanos, una especie de prolongación del hogar, lamentablemente es un nido de arbitrariedades, injusticias y negocios para quienes lo controlan.
El municipio no es libre, y si bien en los dos sexenios pasados ya no es el presidente el que controla a los ayuntamientos, éstos dependen o bien de los recursos y favores de la Federación, como se hizo durante muchos años, o como ahora: del poder de los gobernadores, quienes manipulan el presupuesto federal por conducto de los diputados federales de sus estados y condicionan las participaciones municipales al control político. El municipio, que debiera ser la escuela fundamental de democracia, la autoridad más cercana a los ciudadanos, una especie de prolongación del hogar, lamentablemente es un nido de arbitrariedades, injusticias y negocios para quienes lo controlan.
