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El día 17 recién pasado, con el título “La izquierda: un partido, un proyecto”, Clarín publica la colaboración de Luis Casado en que el autor nos informa de la creación de un nuevo referente político de izquierda.
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En ningún momento, Casado se atribuye la iniciativa, puesto que, creo entender en su artículo, sólo da a conocer algunos principios que sustentarían al PAIZ, de reciente formación.
Sin embargo, -obviamente no podía ser de otro modo- le llovieron los comentarios negativos, especialmente denostando su persona y culpándolo por ser burgués, y no proletario; por lo tanto, imposibilitado de crear un partido de izquierda. Por supuesto, que en estas críticas no hay ni una sola idea o propuesta alternativa. Por suerte, también hay comentarios que, junto con aplaudir tamaña osadía, hacen sus propias contribuciones.
Cuando Eugenio Matte, Oscar Schnake, Marmaduque Grove y Eugenio González (todos burgueses o pequeñoburgueses y no proletarios) crearon el Partido Socialista de Chile, lo hicieron porque la coyuntura política, social y económica, ameritaba una fuerza de izquierda amplia, que aglutinara a trabajadores intelectuales y manuales. Es así que Eugenio Matte declara: “…la unión de todos los trabajadores manuales e intelectuales conducirá a satisfacer los anhelos de redención del proletariado”.
Por su parte, Oscar Schnake plantea: “No se viene a nuestro partido porque se sea intelectual u obrero, se viene porque se ha adquirido la conciencia revolucionaria del actual momento histórico. Es una mentira el hacer creer que sólo los intelectuales podrán salvarnos, o que sólo los obreros son los revolucionarios”.
Y Eugenio González en una sesión del Senado en 1933: “Al fundarse el Partido Socialista se daban condiciones objetivas para que los trabajadores intelectuales y manuales actuaran de consuno en una colectividad política propia”.
Este partido, unido a otras colectividades de izquierda, que agrupaban tanto a obreros como a intelectuales (pequeñoburgueses), llevan a la Presidencia de la República al socialista Salvador Allende, con el voto de un amplio espectro del tejido social.
Al igual que en 1933, cuando se crea el Partido Socialista, las condiciones objetivas del actual momento histórico de nuestro país, amerita la creación de un partido que se dé a la urgente tarea de llenar el vacío dejado por el hoy fallecido Partido Socialista, aglutinando las fuerzas y personas que deseen encontrar un referente de izquierda donde plantear sus ideas e inquietudes dentro de un ambiente democrático.
Nadie podría negar que lo ideal es que en la creación de un partido de izquierda y socialista, confluyan pobladores, obreros, dirigentes sindicales, campesinos, etc., pero tampoco podemos negar que en la realidad política de Chile no se avizora, por el momento, y hasta donde yo conozco, iniciativas en tal sentido. Existen sí, varios movimientos que luchan por sus reivindicaciones y por soluciones inmediatas, pero, por esto mismo, no pueden abocarse a iniciativas de largo plazo. En todo caso, sería dable solicitar al mismo Casado o algún otro personero del PAIZ, informarnos sobre qué tan avanzada está la creación de este partido y qué estamentos de la sociedad se encuentran representados en él, si no es que, incluso, hayan participado en su formación.
Es preocupante que cada cierto tiempo se vuelva, en el seno de los que se dicen de izquierda, a la vieja discusión ideológica de diferenciación entre intelectuales y obreros, lo que impide llevar adelante iniciativas que logren cambiar el orden establecido y, por el contrario, nos lleva a un inmovilismo, éste sí, totalmente reaccionario. Gramsci nos entrega un excelente aporte para dilucidar esta antigua controversia. Parte de la premisa que todos los hombres son intelectuales, pero que no todos tienen en la sociedad la función de intelectuales: “No existe humana facultad de obrar de la que quepa excluir toda intervención intelectual; no se puede separar l’homo faber del homo sapiens. En fin, todos los hombres, al margen de su profesión, manifiestan alguna actividad intelectual, y ya sea como filósofo o artesano, participa de una concepción del mundo, observa una consecuente línea de conducta moral y, por consiguiente, contribuye a mantener o a modificar un concepto universal, a suscitar nuevas ideas”. (El subrayado es nuestro).
Al referirse a la formación del partido político, Gramsci acota: “Desde el ángulo relacionado con el partido político moderno, la cuestión más interesante es la que atañe a su verdadero origen, a su forma y desarrollo. ¿Qué dependencia tiene el partido político con el problema de los intelectuales? Es preciso tener presente algunas consideraciones. En primer lugar, para algunos grupos sociales, el partido político no es más que el modo peculiar de crear su propia categoría de intelectuales orgánicos –y así se forman, y no pueden por menos de hacerlo dadas las características y condiciones generales del surgimiento, vida y desarrollo del grupo social determinado- en el campo político y filosófico y no en el de la técnica de producción. Y, luego, porque el partido político, para cualquier grupo, es justamente el mecanismo que en la sociedad civil cumple similar función a la más vasta y sintetizada que practica el Estado en la sociedad política” (*)
(*) Antonio Gramsci, Quaderni del carcere, Einaudi Editore, Torino, 1975.
Sin embargo, -obviamente no podía ser de otro modo- le llovieron los comentarios negativos, especialmente denostando su persona y culpándolo por ser burgués, y no proletario; por lo tanto, imposibilitado de crear un partido de izquierda. Por supuesto, que en estas críticas no hay ni una sola idea o propuesta alternativa. Por suerte, también hay comentarios que, junto con aplaudir tamaña osadía, hacen sus propias contribuciones.
Cuando Eugenio Matte, Oscar Schnake, Marmaduque Grove y Eugenio González (todos burgueses o pequeñoburgueses y no proletarios) crearon el Partido Socialista de Chile, lo hicieron porque la coyuntura política, social y económica, ameritaba una fuerza de izquierda amplia, que aglutinara a trabajadores intelectuales y manuales. Es así que Eugenio Matte declara: “…la unión de todos los trabajadores manuales e intelectuales conducirá a satisfacer los anhelos de redención del proletariado”.
Por su parte, Oscar Schnake plantea: “No se viene a nuestro partido porque se sea intelectual u obrero, se viene porque se ha adquirido la conciencia revolucionaria del actual momento histórico. Es una mentira el hacer creer que sólo los intelectuales podrán salvarnos, o que sólo los obreros son los revolucionarios”.
Y Eugenio González en una sesión del Senado en 1933: “Al fundarse el Partido Socialista se daban condiciones objetivas para que los trabajadores intelectuales y manuales actuaran de consuno en una colectividad política propia”.
Este partido, unido a otras colectividades de izquierda, que agrupaban tanto a obreros como a intelectuales (pequeñoburgueses), llevan a la Presidencia de la República al socialista Salvador Allende, con el voto de un amplio espectro del tejido social.
Al igual que en 1933, cuando se crea el Partido Socialista, las condiciones objetivas del actual momento histórico de nuestro país, amerita la creación de un partido que se dé a la urgente tarea de llenar el vacío dejado por el hoy fallecido Partido Socialista, aglutinando las fuerzas y personas que deseen encontrar un referente de izquierda donde plantear sus ideas e inquietudes dentro de un ambiente democrático.
Nadie podría negar que lo ideal es que en la creación de un partido de izquierda y socialista, confluyan pobladores, obreros, dirigentes sindicales, campesinos, etc., pero tampoco podemos negar que en la realidad política de Chile no se avizora, por el momento, y hasta donde yo conozco, iniciativas en tal sentido. Existen sí, varios movimientos que luchan por sus reivindicaciones y por soluciones inmediatas, pero, por esto mismo, no pueden abocarse a iniciativas de largo plazo. En todo caso, sería dable solicitar al mismo Casado o algún otro personero del PAIZ, informarnos sobre qué tan avanzada está la creación de este partido y qué estamentos de la sociedad se encuentran representados en él, si no es que, incluso, hayan participado en su formación.
Es preocupante que cada cierto tiempo se vuelva, en el seno de los que se dicen de izquierda, a la vieja discusión ideológica de diferenciación entre intelectuales y obreros, lo que impide llevar adelante iniciativas que logren cambiar el orden establecido y, por el contrario, nos lleva a un inmovilismo, éste sí, totalmente reaccionario. Gramsci nos entrega un excelente aporte para dilucidar esta antigua controversia. Parte de la premisa que todos los hombres son intelectuales, pero que no todos tienen en la sociedad la función de intelectuales: “No existe humana facultad de obrar de la que quepa excluir toda intervención intelectual; no se puede separar l’homo faber del homo sapiens. En fin, todos los hombres, al margen de su profesión, manifiestan alguna actividad intelectual, y ya sea como filósofo o artesano, participa de una concepción del mundo, observa una consecuente línea de conducta moral y, por consiguiente, contribuye a mantener o a modificar un concepto universal, a suscitar nuevas ideas”. (El subrayado es nuestro).
Al referirse a la formación del partido político, Gramsci acota: “Desde el ángulo relacionado con el partido político moderno, la cuestión más interesante es la que atañe a su verdadero origen, a su forma y desarrollo. ¿Qué dependencia tiene el partido político con el problema de los intelectuales? Es preciso tener presente algunas consideraciones. En primer lugar, para algunos grupos sociales, el partido político no es más que el modo peculiar de crear su propia categoría de intelectuales orgánicos –y así se forman, y no pueden por menos de hacerlo dadas las características y condiciones generales del surgimiento, vida y desarrollo del grupo social determinado- en el campo político y filosófico y no en el de la técnica de producción. Y, luego, porque el partido político, para cualquier grupo, es justamente el mecanismo que en la sociedad civil cumple similar función a la más vasta y sintetizada que practica el Estado en la sociedad política” (*)
(*) Antonio Gramsci, Quaderni del carcere, Einaudi Editore, Torino, 1975.
