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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: La política como juego de pocos

En los últimos tramos de la contienda electoral chilena, apunto mi telescopio para tratar de ver que sucede en las lejanas tierras de mi país de origen, y súbitamente me salta una extraña comparación. Digo extraña porque sin duda mis lectores quedarán un tanto sorprendidos de qué tiene que ver una cosa con la otra.

Bueno aquí va, como se ve la campaña desde lejos lo que me viene a la mente no es una contienda cívica de grandes movilizaciones de masas o más bien dicho, si tales movilizaciones se dan son más una escenografía que un real cometido de la gente en el quehacer político. Súbitamente entonces, la política chilena se empieza a parecer más y más a un juego de pocos. Para compararlo con algo, digamos como el deporte del polo. El deporte en general no es mi especialidad, ni ése ni los más populares. En los hechos no tengo nada contra el polo, una actividad de gran belleza plástica, estética: gráciles caballos corriendo sobre el césped mientras sus jinetes tratan de meter un gol usando una suerte de bates parecidos a martillos de madera. Un deporte por lo demás asociado con el buen vivir, un deporte practicado por reyes y príncipes. El príncipe Carlos era un ávido y más o menos diestro cultor del juego (su padre el príncipe Felipe también, pero al parecer menos hábil ya que muchas veces se cayó del caballo…)
 
La política chilena entonces se está pareciendo cada vez más al polo, un deporte contra el cual no tengo nada malo que decir, incluso entiendo que la selección chilena de ese deporte no lo ha hecho mal en encuentros internacionales. Pero evidentemente es un juego de pocos. Pocos son quienes lo practican y pocos sus seguidores. Al revés del tenis que hace unos años era también un deporte de élite, el polo es más caro: hay que tener caballos y establos para éstos, campos de juego bien tenidos y amplios, por lo tanto un deporte muy difícil de llegar a popularizar, de hacerlo “pasión de multitudes”. En los hechos ni siquiera en los países ricos es un deporte popular.
 
Veamos el punto que quiero dejar en claro: la política chilena se está haciendo como el polo: un juego de unos pocos, con más o menos los mismos jugadores y si no ellos, los hijos u otros parientes de los viejos jugadores. Como el polo, para jugar hay que ser miembro de “clubes” que cada vez parecen más exclusivos: los partidos políticos. Ah, como en el polo también, el requisito de tener plata, cuanta más tanto mejor, parece ser también esencial para entrar en el juego.
 
Bueno, así las cosas ¿cómo sorprenderse de que en verdad no haya un real entusiasmo ni genuino interés masivo en este juego de la política? Los jóvenes especialmente son lo que más manifiestan su desinterés en él. Por cierto es fácil apuntar al hecho que la mayor parte de los “jugadores” está demasiado repetida, pero no es sólo eso. Allende mismo fue candidato presidencial cuatro veces, es decir sobre un período de 18 años y si hay una cosa presente en esos años 70 es el entusiasmo que despertaba en todas las generaciones; Frei Montalva generó un proceso similar en los otros tantos años que estuvo en la primera línea del quehacer político. No, el problema no es solamente de “viejos políticos” eso sería injusto para viejos con mucha capacidad, el problema es más bien un discurso político viejo y una práctica política añeja.

            Uno de los peores males de que adolece la política chilena actual es que tiende a caer en esa práctica de “predicar para los convencidos”. Una manera de actuar que se subraya cada vez que se insiste majaderamente en una forma de publicidad negativa. Una práctica por lo demás muy común en Estados Unidos, pero que allí ya ha causado una considerable baja del interés popular en el quehacer político (excepto la última elección presidencial realzada por el fenómeno Obama, tradicionalmente la concurrencia de votantes para las presidenciales en ese país andaba alrededor de un 50%). Eso en parte por un fenómeno que la autora canadiense Judy Rebick destaca en su reciente libro Transforming Power: From the Personal to the Political (Poder transformador: de lo personal a lo político) esto es que cuando se cae en una política de ataques y de reiteración de consignas sin un real intercambio o diálogo, la gente común y corriente se aleja de la arena política y así, el discurso político termina siendo escuchado (y naturalmente aplaudido) por los ya convencidos. Viendo sus propias convicciones reafirmadas a fuerza de haber sido machacadas a la saciedad, esa gente se puede transformar incluso en fanáticos. Pero lo central en todo caso es que esos grupos de convencidos son cada vez menores. Naturalmente los que quedan fuera de ese conglomerado terminan alejándose de la acción política. De ahí las típicas caracterizaciones a veces caricaturescas sobre los “políticos”. “Todos los políticos son iguales” se empieza a repetir, lo cual por cierto es una falacia porque mientras algunos hacen de la política un modo de vida y a veces un negocio, hay unos cuantos que legítimamente tienen una vocación de servicio. Y si uno no va muy lejos, en Chile mismo hubo unos cuantos que en nombre de sus ideas políticas estuvieron dispuestos a morir, y algunos por cierto murieron por ello. Hay políticos y “políticos”, uno tendría que decir. Pero sin duda que esta reducción de la política a juego de unos pocos convencidos o iniciados, sólo desacredita el quehacer político, incluyendo aquel que se hace desde una perspectiva de cambio social.
 

Decía al comienzo que la política chilena se parece cada vez más a un juego de pocos, como el polo (con todo respeto a los jugadores y sus caballos, es sólo una comparación y no quiero que me den con el bate por la cabeza…), y eso hace que en definitiva una gran mayoría muestre indiferencia, apatía y a veces hasta hostilidad y desprecio por la política y sus actores. Al revés del polo sin embargo – y esto es lo grave – el hecho que la política sea un juego de pocos no impide que lo que se haga en política o resulte de ella, en última instancia afecte a todos, de ahí que esta creciente indiferencia es a la larga una tendencia que entraña muchos riesgos. Y como personalmente no me interesa que gane la derecha vaya pues una advertencia: más que publicidad negativa contra el candidato de la derecha, lo importante es destacar los programas, lo positivo que uno ofrece. Por cierto como táctica vale aprovechar situaciones como el escándalo del Banco de Talca u otras “caídas” del candidato derechista cuando ellas ocurren y son noticias, pero eso por un momento, hacer de ellas el foco de la campaña e inspiración de las consignas produce precisamente el efecto que señalaba de predicar a los convencidos, mientras se aleja al resto – la mayoría – de la gente.