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Agosto 18, 2026

Las raíces urbanas de la crisis económica actual

Ya a dos años de la aparición de sus síntomas más evidentes, conviene echar una mirada a las causas de la actual crisis económica global. Éstas han sido explicadas desde el pensamiento liberal dominante al menos de tres formas: especulación, codicia y exceso de circulante. El presente artículo intentará develar algunas falacias y  el reduccionismo de estas interpretaciones.

En primer lugar, mucho se habla de la especulación inmobiliaria. Se sabe que tanto banqueros como consumidores vieron una enorme posibilidad de enriquecimiento a través de inversiones en inmuebles que subían y subían de valor. Esto fue posibilitado en los EEUU y otros países europeos (España notablemente) por créditos bancarios con tasas de interés altas, orientados a hogares de estrato medio-pobre (mayormente de raza negra) que históricamente no calificaban como sujetos de crédito. Los bancos eran en extremo poco prolijos en el otorgamiento de estos créditos (en los EEUU, se supo de un préstamo otorgado a un señor de nombre M. Mouse, la historia es absurda pero real). Aquello generaba un aumento brutal de la demanda por vivienda y por ende un encarecimiento sostenido de las propiedades. El mercado inmobiliario respondía construyendo más y más viviendas, activando una serie de economías relacionadas – construcción, materiales, transporte, etc. – y generando empleo.

A mediados de 2007 un gran porcentaje de los así llamados deudores sub-prime, básicamente insolventes, dejaron de pagar a los bancos. La alerta roja ya estaba encendida por lo que el acceso a créditos se redujo drásticamente y las propiedades comenzaron a depreciarse por falta de demanda. El castillo de naipes se derrumbaba, los deudores dejaron de contar con el respaldo de sus viviendas depreciadas, aunque las tasas de interés (y por ende, sus dividendos) seguían subiendo. El número de deudores morosos aumentó exponencialmente por lo que los bancos procedieron a embargar sus propiedades, pero éstas ya tenían un escaso valor de mercado. La banca norteamericana se vio imposibilitada de cumplir con sus inversionistas extranjeros. La crisis contagió al Reino Unido, después Europa y de ahí a Latinoamérica. En el caso chileno, donde la mitad del capital financiero invertido en construcción es extranjero y la mayor parte español, las ventas en 2008 se derrumbaron a la mitad, contribuyendo al impresionante aumento del desempleo nacional, hoy alrededor del 11% según cifras oficiales.

Se ha explotado mucho, en tanto argumento para explicar la crisis sub-prime, el aparente exceso de dinero circulante. Se supuso que el problema fue la tendencia especulativa por parte de las personas que buscaban tasas rápidas y altas de ganancia a través de la adquisición de propiedades inmobiliarias urbanas. Aparentemente, muchos pequeños compradores supusieron que dichas propiedades seguirían subiendo de valor ad infinitum y, por ende, entraron al negocio especulativo sin reparar en los riesgos. Muy defendida desde la derecha mundial, esta explicación culpa a los segmentos de clase media-baja de irresponsabilidad financiera, codicia y de administrar mal ese circulante extra.

Pero hay un elemento de codicia a mayor escala que ha sido también muy utilizado como explicación de la crisis. Fueron los sectores financieros quienes se aseguraron ganancias superlativas y a la vez evadieron el control fiscal al inventar el aseguramiento (securitization), mezclando créditos riesgosos con créditos sanos en mismos paquetes. Estos paquetes de deudas, llamados vehículos de inversión estructurada (structured investment vehicles) eran vendidos en el mercado financiero a otras instituciones a un valor levemente superior. El banco o financiera que compraba estos paquetes se aseguraba un retorno importante en el tiempo, ya que suponía que los créditos sanos serían un colchón para absorber los créditos riesgosos, y por ende su inversión estaría siempre a salvo. Esto generó tasas de ganancia nunca antes vistas en la historia, porque se seguía irresponsablemente prestando plata, a tasas de interés muy altas, con el fin de revender los créditos y por ende conseguir mayor ganancia, al punto que hoy en los EEUU uno de cada cinco préstamos hipotecarios es sub-prime.

La desregulación de los mercados inmobiliarios y financieros fue una constante en los países más golpeados por la crisis. Estos vehículos de inversión eran invisibles para la regulación estatal, ya que no se sabía a ciencia cierta, y aún no se sabe, dónde están alojadas esas deudas. Cuando los deudores sub-prime dejaron de pagar, las agencias especializadas en créditos riesgosos comenzaron a quebrar, comprometiendo a bancos cada vez más importantes que se vieron sin capital para sus cuentas corrientes. El estallido social era inminente, por lo que los gobiernos del primer mundo tuvieron que invertir grandes sumas para mantener la banca funcionando y los bancos tuvieron que aceptar ser “nacionalizados”. En agosto del 2007, los gobiernos europeos pagaron 95 billones de euros a la banca,  lo que ni siquiera detuvo la secuencia posterior de quiebras bancarias. En octubre de 2008, en los EEUU, se estimaba que el valor de todas los créditos no pagos era de 45 trillones de dólares, dos veces el valor de lo transado en la bolsa de Nueva York y ¡tres veces el producto geográfico bruto de esa nación! En impacto económico, la quiebra de este modelo económico es comparable a la caída del bloque soviético a fines de la década del ochenta. Actualmente, la mayoría de los programas sociales europeos y norteamericanos se encuentran interrumpidos o desfinanciados por la disminución de recursos estatales. Este problema es especialmente agudo en el sector educacional.

En resumen, tres explicaciones muy en boga a la crisis actual son: la especulación inmobiliaria, la codicia y el exceso de circulante. La respuesta a estos males por parte de los gobiernos socialdemócratas mundiales – desde Obama a Brown, e incluso Bachelet – ha sido monocorde: regulación, regulación y más regulación de los mercados financieros, la banca y los seguros en específico. Se plantea generar verdaderas trabas a los vehículos estructurados de inversión para que no vuelvan a ocurrir. Poco se habla de regular los mercados inmobiliarios a nivel local, aunque sí se habla, y mucho, de revivir modelos “Keynesianos”, como si ello se tratara simplemente de establecer mayores controles a una economía global ya no basada en la industrialización y el empleo total sino en la precarización de la mano de obra y la creación de capital ficticio por un sistema financiero incontrolable. Lo de revivir el Keynesianismo fue más bien pura retórica y nadie se lo debe haber tomado realmente en serio. Hoy por hoy, pese a que desde el sector financiero mundial se oyen cantos de sirena que auguran un pronto término de la crisis, los efectos en la economía real llegaron para quedarse por mucho tiempo más, en lo que se ha denominado la peor crisis de los últimos ochenta años. El desempleo en los países continúa aumentando, así como lo hace el número de viviendas embargadas en los Estados Unidos, que crece a un ritmo de tres millones cada año. Para variar, los efectos más agudos del colapso económico son experimentados por quienes tienen menos.

Es aquí donde deben ensayar explicaciones más críticas a la naturaleza de la crisis, poniendo de manifiesto sus condicionantes sociales y geográficas, y las contradicciones inherentes al sistema capitalista. Pese a todas sus miserias, la debacle económica global actual es una buena oportunidad para superar el reduccionismo económico que desconoce que tanto las causas como los efectos de la crisis radican en el espacio urbano. Asimismo, la ceguera del enfoque liberal desconoce que el eje central de la crisis es la acumulación oligopólica de capital.

La especulación inmobiliaria responde a una forma de ganancia a partir de espacio en la ciudad, que es una de las mejores fuentes de producción y acumulación de capital ficticio per se. En los EEUU y Europa, mientras el conjunto de las propiedades urbanas se encarecían por una demanda inflada, los grupos sociales más vulnerables eran imposibilitados de habitar barrios anteriormente asequibles para ellos porque los valores de los arriendos estaban disparados. Esto es lo que se llama “desplazamiento social urbano”. Hace dos años atrás, en Londres, mientras un sueldo promedio era de dos a tres veces más alto que en Chile, el valor promedio de un arriendo era entre ocho y diez veces más alto. El valor de esos arriendos desangraba, y lo sigue haciendo, los presupuestos familiares.

Como se mencionó más arriba, con la crisis ya comenzada, los bancos tomaron control de sus hipotecas, la gente fue desalojada de sus casas y extensas áreas urbanas comenzaron a vaciarse. Actualmente, no hay ciudad en los EEUU que no exhiba el surrealista espectáculo de extensos barrios abandonados que hace tan sólo dos años atrás eran activos y florecientes. Hoy, estos barrios han sido convertidos en lugares de delito, decadencia, miseria y caos, con cientos y miles de viviendas abandonadas y vandalizadas. Se habla de recuperación económica, pero poco se dice del enorme impacto sufrido por los barrios y hogares que no será fácilmente recuperable en el mediano plazo.

Hay algo referido a la codicia que parece poco resuelto en las mentes de los analistas liberales: es imposible regular la codicia financiera. Quienes piden mayores regulaciones olvidan que éstas ya fueron producidas 10 y más años atrás, como reacción a otras crisis especulativas financieras a fines de los noventa, a mediados de los ochenta, y en prácticamente cada década anterior. Asimismo, los que claman por mayores regulaciones olvidan que la base natural del capital es la codicia, defendida por el liberalismo, desde Adam Smith en adelante, como una condición inherente al ser humano. El liberalismo supone que la codicia de todos conduce a un bien común final, una mano invisible que asegura el bienestar social. Esto no puede ser más teleológico y con menos base científica. El utópico (y eternamente frustrado) intento de regulación del mercado financiero mundial ha terminado por generar leyes y regulaciones de miles de páginas. Sin embargo, así como lo hicieron ayer, los inversionistas de mañana encontrarán los mecanismos para burlar esas leyes, incluso actuando dentro de los límites de lo legal y, cuando apenas los estados se los permiten, de lo ilegal.

¿Fue el exceso de circulante una causa de la especulación financiera-inmobiliaria y la crisis? Aquello implicaría culpar a los pobres de la debacle porque se endeudaron para comprar casas y porque sintieron que tenían recursos para hacerlo. Sin embargo, dicha apreciación está profundamente errada: lo que sobraba antes de la crisis no era dinero, sino capital. Capital y dinero son de muy distinta naturaleza. Capital es la ganancia generada en un ciclo productivo, parte del cual se reinvierte para obtener mayores ganancias. Dinero es lo que la gente obtiene para comprar. Lo que había antes de la crisis era exceso de capital, mucho capital. Fueron los dueños del capital quienes descubrieron la especulación con créditos inmobiliarios y los paraísos fiscales para esconder ese dinero sin invertir. Ese capital excesivo no habría existido si quienes lo poseen hubieran pagado mejores sueldos en su momento, si la clase trabajadora de los EEUU hubiera estado mejor pagada y los subsidios estatales hubieran aumentado el consumo social, y por ende, ese capital hubiera sido puesto en el sistema económico para crear una demanda real inmobiliaria. La crisis no se generó porque la gente tenía dinero para pagar, sino porque los sectores financieros descubrieron que podrían crear dinero de la nada, tan solo comprando y vendiendo deudas riesgosas ad infinitum. Si el capital de verdad se hubiera redistribuido en la economía real, y no hubiera sido acumulado en paraísos fiscales, la crisis no se hubiera generado de esta forma tan aguda, o quizá no se hubiera generado para nada. En esto, el estado norteamericano, así como el chileno, tuvo enorme responsabilidad al desconocer el impacto benéfico que habría tenido un aumento en el consumo social.

Todo esto es extremadamente revelador de las contradicciones inherentes al capitalismo y la necesidad de reemplazarlo en tanto modo de producción dominante. Una respuesta maciza a la especulación financiera debiera ser el transformar el régimen de propiedad urbana. Si en los EEUU al menos tres millones de hogares al año se están quedando en la calle producto de los embargos bancarios (esto es alrededor de 10 millones de personas al año), ese gobierno ha estado subsidiando con trillones de dólares a los bancos y empresas financieras para impedir la debacle del sistema. Al parecer, a casi nadie se le ha ocurrido sugerir que, a cambio de los inmensos salvavidas estatales al mercado financiero que utilizan fondos de todos los contribuyentes, los bancos devuelvan el total de las  propiedades urbanas que han sido embargadas a sus deudores morosos, con el fin de generar una cartera estatal de vivienda.

Para decirlo sin ambigüedades: lo que necesita el sistema no es sólo nacionalizar bancos (muchos de ellos quebrados) sino una NACIONALIZACIÓN DEL STOCK SOBRANTE DE VIVIENDA. Esto debiera ser de perogrullo hoy en día. Aquello tendría un efecto devastador contra la especulación inmobiliaria, y sería un paso gigante hacia la creación de un modelo de distribución de viviendas más justo en ese país. Seguramente John M. Keynes habría estado de acuerdo con esto. El estado puede, y debe, hacerse de suelo y propiedades de buena calidad y asequibles para los más pobres, en buenas localizaciones urbanas, no sólo en los EEUU, sino en todos aquellos países donde la crisis ha generado impactos económicos y sociales considerables, Chile incluido.

Si algo nos debiera hacer reflexionar esta crisis es acerca del tremendo impacto que el capitalismo financiero está generando no sólo en el agotamiento de la biósfera y los recursos naturales, sino también en la destrucción de las ciudades y los barrios en los que vivimos, y por ende, en la vida colectiva y privada de más de la mitad de los seres humanos. En las próximas semanas exploraré los alcances de este pensamiento a las realidades social, habitacional y urbana, actualmente en crisis en nuestro país.
 

 *Doctor en Planificación Urbana, University College London
Académico Departamento de Urbanismo, Universidad de Chile