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Agosto 18, 2026

El paquete chileno

En el extranjero, los chilenos tenemos fama de estafadores, de ahí viene el término “el paquete chileno”: se trata de engañar al prójimo con la misma habilidad con que actuaba el personaje popular Pedro Urdemales. Acaba de aparecer en los Diarios que ocho de cada diez estafas telefónicas son perpetradas por presos de las cárceles, incluso, tienen un horario que va de 7:00 a 12 M; de cada veinte intentos resulta uno, y el promedio que puede conseguir una banda es de $400.000 diarios.

Me parece lógico que en estas universidades del delito los reos se entretengan en engañar a las nanas y a una que otra ingenua dueña de casa haciéndose pasar por carabineros que quieren “salvar a un familiar” de ir a la capitan Yavar. El cuento de Cherstenton – en que los bandidos son policías y viceversa-“ el hombre que fue Jueves “es parte permanente del reality chileno.
 
Me puse a pensar qué ocurriría si el especulador Sebastián Piñera, como presidente de la república, aplicara aquello de “ponerle candado a la puerta giratoria”; doblaríamos la población de las cárceles, con el agravante de que el primero y segundo cursos se duplicaría en personas y perfeccionamiento en las técnicas de comunicación. Afortunadamente, en Chile no hay prisión, sino condecoración para los directores de farmacias que utilizan la colusión para subir los precios a sus productos, menos para aquellos accionistas que se aprovechan de información privilegiada, tampoco para los dueños de monopolios y, mucho menos, para las Eléctricas, como Gener, que expanden el cáncer en poblaciones rurales, por ejemplo. Piensen ustedes cómo serías de eficientes las cárceles como universidades del delito si contaran, entre sus profesores, con estos excelsos doctores de la estafa.
 
            Como el “paquete chileno” sólo es penalizado cuando lo ejecutan los pobres, en acciones similares a la Picaresca española”, mientras que los estafadores de cuello y corbata no sólo no se les castiga, sino que se les condecora, incluso, pueden conformar asociaciones ante las cuales rinden cuenta los parlamentarios, los candidatos presidenciales, los ministros y los presidentes de la república, en la famosa Casa de Piedra. Algo similar ocurrió en Italia con la mafia antes que terminaran por hundirse los históricos partidos políticos.
 
            Creo que sería una injuria acusar a los diputados que propusieron otorgar la “nacionalidad por gracia” al lacónico Marcelo Bielsa, de querer vender a los ciudadanos el famoso “paquete chileno”; pienso que estos tres diputados son unos grandes “patriotas” y quieren sólo reparar la deuda histórica que Chile siempre a tenido con José de San Martín, nuestro verdadero libertador. Recuérdese que O´Higgins sólo hacía el “Mendocita” en el Ejército Libertador; sin los argentinos, hubiéramos tardado mucho en liberarnos del yugo español. El técnico Bielsa es bastante inteligente para caer en la trampa de los diputados, sobretodo si hay un precedente de cuya estupidez más vale no acordarse.
 
            Sería una injuria también acusar a los comités parlamentarios y a la Mesa de la Cámara de querer engañarnos con el paquete chileno, cuando muy frescos y orondos, por sí y ante sí, se decretaron un mes de vacaciones, nada menos que con una suculenta dieta. Es que la gente no “comprende” a estos “obreros de las leyes”, que trabajan de sol a sol pensando en nuestro bienestar. No es la misma plusvalía la que roba el Estado al trabajador común y corriente, que aquella que sustrae a los diputados – piensen ustedes que un trabajador del Ministerio de Educación, por ejemplo, debe saber sólo sobre un tema específico, mientras que los diputados tienen que ser casi igual a Pico de la Mirandola (lamentablemente, alguna vez un lector me regañó por usar garabatos: Pico fue un gran humanista del Renacimiento que escribió el Discurso sobre la dignidad humana)-. No hay materia que nuestros parlamentarios puedan ignorar: desde las Constituciones políticas, hasta los recovecos profundos de la economía.
 
            Si toda universidad que se respecte da un año sabático a sus académicos, “no puedo entender por qué los ciudadanos los ciudadanos se enojan y critican a tan excelsas y honorables personas que, durante largos períodos nos deleitado con su genialidad y estricto cumplimiento de sus deberes, y que ahora necesitan un tiempo mínimo, apenas un mes de “licencia” para volver a visitar a sus mandantes, es decir, sus patrones, a quienes tenían abandonados para dedicarse a servir al país, a ellos mismos y a sus familias”.
 
            Al menos, unos pocos empleados públicos tiene lo que se denomina inamovilidad administrativa: pueden meter la pata a su gusto, pero si no cometen un delito o son objeto de un sumario, nadie los puede echar de la pega; hasta hace poco tiempo, los generales de las Fuerzas Armadas gozaban también de este privilegio. La mayoría de los empleados públicos en Chile son a contrata y los pueden despedir cuando el jefe quiera; hay, por cierto, una forma de inamovilidad basta útil, que consiste en pertenecer a las mafias o a los estados mayores de los presidentes de partido de la Concertación: si tú eres amigo de Latorre, Gómez, Auth y Escalona, está seguro en tu “trabajo”.
 
            Compadezco a los pobres diputados y senadores: a diferencia de los comunes mortales, tiene miles de jefes, de cuyo voto depende su “sacrificada permanencia en la torta de moka “donde se fabrican las leyes para joderlo a uno”, como el humorista colombiano El Indio Rómulo. Es cierto que los electores son unos jefes bastante borregos y, a veces, forman catervas de vencejos; en la mayoría de los casos, por obra y gracia del binominal, terminan eligiendo a los mismos diputados y senadores en cada distrito y circunscripción, a pesar de que los ven cada cuatro u ocho años, solamente en períodos electorales – algo así como los ciclos menstruales de las mujeres-.
 
            Llamar democracia representativa a la chilena es una gran falacia o una tremenda miopía, pues los parlamentarios no representan a nadie más que a sí mismos y a sus familias. Patricia Navia introdujo un término que me gustó, algo así como la democracia fiduciaria, en que los ciudadanos le entregan, durante un período de cuatro o de ocho años, todo el poder al parlamentario, sin derecho a pedirles cuenta , parecido a un “fideicomiso ciego político”.
 
            Lo bueno es que, producto “del peso de la noche” – y porque en Chile no hay hombres o mujeres inquietos, rebeldes, inteligentes, cuestionadotes, sino viejos “gotosos”, borregos, ovejas obedientes, matones y mandones de segunda clase, más una pareja de santos milagrosos como Marcelo Bielsa y Michelle Bachellet – las instituciones perviven a pesar del creciente desprestigio y rechazo de la opinión pública. En fondo, como en La pérgola de las flores, en este Chile aún de democracia incipiente nunca pasa nada. Todos estamos de acuerdo en que darle un buen puntapié al duoplio no sería una mala idea, pero al, de puros cobardes, terminamos votando por el mal menor.
 
Rafael Luís Gumucio Rivas

16/10/09